Meltzer (1978), destacó que Bion no discriminó entre la parte psicótica de la personalidad y la psicosis clínica, quizás debido a la influencia de Klein y su consideración de la posición esquizo-paranoide, como representación del punto de fijación para la esquizofrenia. También añadió que no estaba claro si Bion pensaba que esa parte de la personalidad es ubicua o sólo está presente en la persona, quien actualmente presente un desorden esquizofrénico. [p. 26]
Basado en estas afirmaciones y en la experiencia de muchas otras investigaciones psicoanalíticas, al igual que la mía propia, he considerado que la referencia de Bion a “psicótico” y “no psicótico” es una dinámica presente en todos los seres humanos, resultado de eventos traumáticos tempranos no contenidos. A fin de evitar la confusión –como también lo consideró Meltzer– he preferido cambiar el término de “la parte psicótica y no psicótica de la personalidad”, utilizada por Bion, por el de estados traumatizado y no-traumatiza do de la personalidad .El estado traumatizado está estructurado por la presencia de emociones inconscientes organizadas acorde a una lógica específica basada en el pensamiento infantil. Este raciocinio estará determinado acorde al tiempo –punto de fijación–, es decir, cuando el trauma pre-conceptual particular se estableció. En otras palabras, el trabajo cognitivo de Piaget representa no sólo el lenguaje del niño, sino también el lenguaje de todas las formas de psicopatología tal como están presentes en el estado traumatizado de todas las mentes; memorias inconscientes no recordadas, a las que Bion se ha referido como elementos beta. La estructura epistemológica del pensamiento emocional en los adultos con frecuencia sigue una lógica parecida a la del niño; en otras palabras, “el lamento de un niño incomprendido, se repetirá a sí mismo, eterna e inconscientemente, dentro de la mente del adulto” . Sin embargo, la diatriba entre cognición y afecto no es una preocupación actual; estaba ya presente en la mente de Platón cuando éste, a través de Timeo, sostenía que en el concepto del cosmos había una interacción dialéctica entre dos supuestos elementos: “Intelecto” ( Nous = nouσ) y “Necesidad” o Destino [ Ananké = Anankh]. Platón aseguraba lo siguiente: “Este mundo (cosmos) organizado, es producto de un nacimiento mixto: es el hijo de la unión entre la Necesidad y el Intelecto. El Intelecto prevalece sobre la Necesidad mediante la persuasión de ésta, (Peito, diosa de la persuasión), conminar a la mayoría de las cosas a convertirse en algo mejor y el resultado de esta subyugación de la Necesidad a la sabia persuasión fue la formación inicial del Universo” 2.
Podemos encontrar alguna semblanza entre esta afirmación hecha por Platón sobre el “universo externo” y la descripción de Bion acerca de la interacción dialéctica entre los mundos beta y alfa, relacionados al “cosmos interno”, donde el predominio de beta podría ser equivalente a la “necesidad”, expresada a través de la repetición a la compulsión, mientras que el mundo alfa correspondería al predominio del intelecto mediante el uso de la función alfa. Una diferencia interesante entre Platón y Bion radica en el uso del término persuasión por parte de Platón y digestión por parte de Bion, para explicar cómo el “intelecto” contiene a la “necesidad”, acorde a Platón y la función alpha a los elementos beta, según Bion.
Previamente he descrito a los traumas como el resultado de un evento temporal que se hace permanente, similar al modo como las antiguas huellas de los dinosaurios quedaron labradas para la eternidad. Imaginemos a un dinosaurio sediento, quizás un tiranosaurio, que un día cualquiera caminaba lentamente hacia la orilla de un lago a fin de calmar su sed; 180 millones de años más tarde, tormentosos aguaceros revelaron huellas estampadas en la piedra caliza que develaron los pasos de este inmenso cuadrúpedo en aquel particular paseo matinal. Podría haber sido un evento regular, un acto repetido por el tiranosaurio, aunque esta vez la conjunción de una serie de variables se conjuraron para preservar sus huellas. Quizás el peso enorme del animal junto a las condiciones del tiempo –temperatura, grado de humedad, cualidad de la arena, etcétera– se congregaron para preservar aquel rastro para siempre. Hoy día, cuando el lago no existe más y los dinosaurios han desaparecido de la faz de la Tierra, esas huellas, producto de un instante rutinario, se han preservado para la eternidad; en otras palabras, aquello que pudo haber sido un evento temporal se convirtió en un hecho permanente ; una ausencia abrumadora se transformó en una presencia indeleble .He considerado (López-Corvo, 2013, 2014) la existencia de dos diferentes formas de trauma: 1) una universal, a la que he denominado trauma pre-conceptual , presente en la mente de todo ser humano, que acontece en los primeros años de la vida. 2) La otra forma la he denominado trauma conceptual , el cual es particular, individual, accidental y tiene lugar en un periodo más tardío, cuando hay una mente que falla en contener los hechos provenientes de una realidad traumática sobrecogedora 3. Debido a la falla del mecanismo de “prueba de realidad”, siempre existe un entrelazamiento emocional continuo entre el trauma conceptual y el pre-conceptual.
He definido al trauma pre-conceptual (López-Corvo, 2014), como un hecho que tiene lugar en todos los individuos, durante los primeros años de sus vidas, cuando la “ausencia” de un objeto primario esencial –la madre, por ejemplo– se transforma en una “presencia permanente”, cuando la mente rudimentaria del niño y la capacidad de la madre de entender intuitivamente la angustia de su hijo ( rêverie, como Bion lo ha definido), fallan en contener la ausencia. Similar a las huellas del dinosaurio, la posibilidad que esta ausencia del objeto se transforme en una presencia crónica y duradera, dependería de una ecuación imaginaria entre el impacto en particular de la experiencia traumática y la capacidad del ambiente para contener tal pérdida y ser capaz de transformarlo en un incidente inofensivo e insignificante, o lo contrario.
Los traumas pre-conceptuales son consecuencia de tres factores principales: i) la discrepancia entre la superioridad de los padres y la indefensión del niño; ii) los padres son gente común, no “escogidos por Dios” para ser padres, aunque el mecanismo de idealización que los niños proyectan en sus padres, les induce a tal creencia; iii) la soledad e impotencia, inducida muchas veces por la incapacidad del adulto para seguir la lógica infantil y no poder comprender su particular idiosincrasia y su forma de razonar. Un ejemplo clínico podría aclarar este argumento: Una joven consultó porque su pequeño hijo de tres años había comenzado a orinarse por todas partes después de que su padre “desapareció”; quien había salido repentinamente de la ciudad por motivos de negocios, sin darle al niño ninguna explicación; éste, frustrado y lleno de ira, pensaba que su padre lo había abandonado porque él no era bueno. En estos casos, la madre debe decidir si ella desea que esta conducta indeseable del niño desaparezca o que, por el contrario, se haga crónica. Si ella fuera solidaria con la necesidad del niño y no reaccionara confrontándolo con ira, dicha conducta eventualmente se extinguiría; pero si, por el contrario, se instala en una constante batalla con el niño, éste, de manera terca, podría quedarse enganchado a tal comportamiento por largo tiempo, e incluso convertirlo en un síntoma.
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