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Solo se requieren dos actitudes para proporcionar una educación sensible acerca de los niños pequeños: paciencia y respeto. Paciencia en el sentido de tolerancia al comportamiento aparentemente absurdo del niño y el respeto como una forma de consideración a la existencia del niño como individuo. Los padres siempre deben ayudar a sus hijos a discriminar entre un aspecto propio de él, como su comportamiento, y él mismo como un todo, capaz de aprender de sus errores. Las reprimendas o castigos serios deben dirigirse principalmente hacia aquellas acciones realizadas por los niños, que podrían poner en peligro su salud o su vida. Sin embargo, independientemente de la razón, siempre debe haber un intento de ayudar al niño a comprender el propósito y la razón de la reprimenda y, si es posible, ayudarlo a participar en la decisión final. Tener en cuenta al niño, es decir, hacerlo presente como un participante activo, lo ayudará a darse cuenta de que “existe” como ser humano, algo esencial para el futuro bienestar emocional del adulto, lo cual me recuerda lo dicho por Osho: “La pregunta no es tanto si hay vida después de la muerte, sino más bien, si hay vida antes de la muerte.”
Un padre me refirió que sus hijos, de 7 y 4 años, habían acumulado demasiados juguetes, por tanto, él y su esposa estaban planeando vender muchos de ellos. Le pregunté si había discutido esa decisión con ellos, quienes obviamente eran los “dueños” de los juguetes; dijo que no, que no siempre podía consultar sus decisiones con los hijos, que le dijo a su esposa y ella estuvo de acuerdo. En el mundo de los adultos, cuando alguien actúa arbitrariamente, siempre hay muchas opciones para activar y apelar; sin embargo, en la temprana infancia solo están los padres y el niño y cuando los primeros actúan arbitrariamente, el niño no tiene a nadie a quien recurrir. Esto estimula la sensación natural de impotencia del niño, al punto de la soledad absoluta y la desesperación total. Los niños lidian con esta situación con negación; separan la emoción de la circunstancia que la ha producido y la reprimen. Más tarde, cuando crecen y se enfrenten a nuevas situaciones traumáticas, las circunstancias del presente provocarán inconscientemente la emoción reprimida del pasado, produciendo estados de depresión o ansiedad, para lo cual, generalmente, no poseen una explicación lógica; anteriormente me he referido a esta confusión como el “entrelazamiento traumático” 6.
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La mayoría de los padres tienen grandes dificultades para comprender el razonamiento de sus hijos y luchan por lograr una comunicación real con ellos, en virtud que los adultos han reprimido y olvidado su propia infancia, y por lo tanto, la forma como se sentían y pensaban entonces. Esta condición a menudo resulta en la creación de dos mundos diferentes que corren paralelos, y con poca frecuencia se superponen y es lo que lleva a los padres a recurrir al menos a tres modos de reacción: i) ignorar a los niños, ii) tratar de convertirlos en adultos, o iii) impacientarse y a menudo tornarse violentos. Desde el vértice del niño, estas reacciones equivalen a sentimientos de trato injusto, inexistencia, pero, sobre todo una profunda sensación de soledad. Girzone (1989), refiriéndose a este asunto, había dicho lo siguiente:
Los niños viven en su propio pequeño mundo donde todo es un asunto serio y en sus mentes todo tiene sentido [...] pero ya no podemos entrar en ese mundo. Es un período perdido por siempre. Una vez estuvimos allí, pero en algún lugar del camino de la vida hemos perdido la llave de esa puerta que abre ese mundo para nosotros. [p. 5]
No hace mucho, sentado en un café, observé a un hombre en la mesa de al lado, muy concentrado trabajando en su computadora. Unos minutos más tarde, una mujer joven, posiblemente su esposa, entró llevando en sus brazos a un niño pequeño no mayor de tres años que la abrazaba con fuerza. Después de besarlo varias veces, colocó al niño en el suelo, luego se dio la vuelta, abrazó y besó al hombre y por unos minutos miró la pantalla de su computadora. Se volvió hacia el niño, sacó un pequeño auto de su bolso y se lo pasó al niño, él lo sostuvo por unos segundos y luego lo arrojó furioso al piso; ella lo recogió y se lo devolvió y éste inmediatamente lo arrojó nuevamente; ella, muy enojada, lo regañó por no comportarse correctamente. El hombre, que permanecía concentrado en su trabajo, la llamó; ella rodeó la mesa y amorosamente colocó su mejilla muy cerca de la de él y miró la pantalla de la computadora sobre su hombro. Luego de esto, el niño se acercó a su padre y comenzó a golpearlo en la pierna y éste en un tono enojado le gritó: “¡Basta ya! ¡No hagas eso! Pórtate bien.”
¿Eran estos padres capaces de comprender el significado detrás del comportamiento de este niño? Si la madre, por ejemplo, se hubiera ido a otra mesa y hubiera abrazado y besado a un extraño con el mismo ardor que hizo con su esposo, es muy posible que su cónyuge hubiese sido dominado por los celos y los hubiese atacado a ambos. Obviamente, si otros hubieran podido observar esta escena, es posible que no le hayan gritado al marido: “Detente y compórtate bien”, sino que podrían haber entendido y respaldado la ira y la reacción de él. La única diferencia entre los celos del niño y los del padre, es que cualquier adulto que haya sido testigo de la situación habría entendido y justificado las acciones de los padres, ¡pero cuestionarían la agresión del niño hacia su padre pensando que es de mala educación! Sin embargo, volviendo a la situación del niño con sus padres, desde el vértice del niño, su reacción fue lógica y las emociones de los padres hacia él fueron absurdas.
Cuando la incomprensión de los adultos hacia los niños se repite continuamente, se convierte en un patrón permanente que persiste dentro de nosotros por el resto de nuestra vida. Proporciona una eterna e inconsciente “vitalidad” a las emociones presentes del niño solitario e injustamente incomprendido, que todos los humanos llevamos dentro de nosotros; después de todo, el significado etimológico de “emociones” se origina en “ex” que significa “fuera” y “moción” que significa “movimiento”; en otras palabras, algo que es muy rápido y está allí, adelantándose a nosotros. Las emociones provocadas por hechos significativos que tuvieron lugar durante la primera infancia son escindidas y proyectadas en los otros, por la mente del niño, para lidiar con el dolor. Estas emociones permanecen reprimidas, pero completamente separadas del hecho particular que originalmente las ha moldeado; más tarde, sin embargo, otros hechos ocurridos durante la edad adulta podrían inducir lo que acabo de referir como “entrelazamiento traumático”, es decir, cuando un trauma actual dispara inconscientemente al trauma original, o pre-conceptual, como le he llamado.
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Como dije anteriormente, cuando los padres no pueden seguir la forma de pensar de sus hijos, a menudo recurren a la violencia o a la “adultización” de estos, esperando así que el niño se comporte como un pseudo-adulto o que muestre una actitud imitadora o “personalidad como si.” 7
Como consecuencia, esta actitud de los padres inducirá, en la mente rudimentaria del niño, sentimientos traumáticos de injusticia, inexistencia, impotencia y emociones significativas de desolación. Tales sentimientos constituyen la base de un aspecto relevante del trauma pre-conceptual: un tipo de trauma temprano presente de manera ubicua en todos los seres humanos. Los traumas pre-conceptuales, al mismo tiempo, dividen la mente de todos, en dos estados diferentes, a los cuales me he referido previamente y siguiendo a Bion: i) una parte infantil o “estado traumatizado”, ii) otra, capaz de razonar con lógica o sentido común, a la que me refiero como “estado no-traumatizado” (López-Corvo, 2014). Este aspecto se describe en detalle en el Capítulo I.
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