Weiss, Peplau y Rotenberg & Hymel (1999), por ejemplo, basaron sus estudios en la interacción entre el individuo y otras personas, como una especie de consecuencia social, que podríamos llamar “social-ismo”, si usáramos la terminología de Bion 3. El tipo de desolación a la que me estoy refiriendo ahora está en desacuerdo con estos autores, por cuanto estoy describiendo una estructura “narcisista”, lo que significa que se basa en lo intra-psíquico, entre elementos internos dentro del yo; algo a lo cual Klein (1963) llamó “la soledad interna”. En 1958, Winnicott, refiriéndose a la soledad, había expresado que la capacidad de estar solo era “una de las señales más importantes de la madurez emocional “; y agregó “[...] después de pensar en términos de relaciones de tres o dos cuerpos, qué natural que uno vaya más allá y hable de la relación de un solo cuerpo”. La soledad, creo, está presente en los niños porque dependen totalmente de sus padres adultos para cuidarlos. No pueden confiar en sí mismos, por lo que siempre están necesitados y generalmente de-solados; no pueden discriminar entre la realidad intra-psíquica y la externa, carecen de autonomía y existen sólo en relación al otro. Los adultos, por otro lado, se poseen a sí mismos, pueden discriminar entre la realidad intra-psíquica y la realidad externa, tienen autonomía, pueden confiar y vivir en relación a ellos mismos. Los niños sienten desolación mientras que los adultos se sienten solos, pero no necesariamente desolados, a menos que el elemento infantil, que siempre llevamos dentro, al que me he referido como el “estado traumatizado”, tenga un control total de la mente. Estos aspectos se describen en detalle en los capítulos I, V y IX.
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Cuando los indios de América fueron traídos a Francia en el año de 1562, Michel de Montaigne, un joven magistrado y escritor, les preguntó sobre su impresión del país. Respondieron en términos simples: lo inusual que hubieran personas viviendo en abundancia, mientras otros se morían de hambre; además, que “tantos hombres altos, barbudos, fuertes y bien armados [...] estuviesen dispuestos a obedecer a un niño”; (Harvey, 2008, p. 47) refiriéndose al rey Carlos IX, quien contaba con solo 12 años en ese momento. Montaigne comparó esta forma de razonar de los indios, ingenua, simple e impoluta, con la avaricia y la carnicería religiosa presente en la cultura europea, como por ejemplo, la masacre de San Bartolomé, donde 20,000 protestantes (hugonotes) fueron asesinados en el nombre ¡de Dios! 4. También cuestionaba sobre cómo los indios podían ser considerados bárbaros, si “[...] las palabras que denotan mentira, traición, engaño, avaricia, envidia, calumnia y perdón, nunca se le han escuchado [...] no hay nada bárbaro o salvaje en ellos; llamamos bárbaros a todo lo que resulta contrario a nuestros propios hábitos”. Son salvajes, consideró, “en la misma escala que decimos que las frutas son silvestres” (Ibid). Basado en esta convicción, Montaigne revivió el viejo concepto del “noble salvaje” jugando con la probabilidad, que el arrogante europeo pudiese más bien haber aprendido de la mente simple pero natural del salvaje.
Podríamos aplicar esta noción del “noble salvaje”, a la ingenuidad y simplicidad que caracteriza a todos los niños que nacen sin contaminación alguna; como una hoja de papel blanco, sin nada escrito y hacer reflexionar a los padres, que son como los europeos, que imaginan a los niños como seres sin educación, bárbaros y suelen recomendar restricciones, castigos y control total para “educarlos”. Tampoco creo que los niños sean “perversos polimorfos”, como Freud alguna vez los consideró, prefiero pensar que son “insaturados”, y al ser así, mentalmente virginales, están completamente abiertos a cualquier cosa que no duela, incluso si es perversa. En otras palabras, la naturaleza se expresa a través de los niños 5; los niños para sobrevivir usan mecanismos de defensa basados en la omnipotencia y la imitación. Estas defensas son consecuencia de los sentimientos de impotencia, soledad e indefensión de los niños, y las usan como garantía de fuerza con el propósito de tranquilizarse a sí mismos, haciendo uso de la magia, y así creer que están en “control total”, que son completamente aceptados por sus poderosos padres. Los niños, al no estar saturados, están abiertos y dispuestos a explorar cualquier cosa, siempre que no duela. Aprenden imitando y al mismo tiempo carecen de la capacidad para medir consecuencias, lo que significa que, si los padres son perversos, ¡los niños también lo serán!
La humanidad progresa por tres razones principales: i) los descubrimientos de los secretos de la vida, que se traducen en una mejor y más larga calidad de vida; ii) la tecnología, que al acortar distancias y acelerar el tiempo produce más seguridad y confort; iii) las mujeres, quienes a medida que se convierten en mejores madres, cosechan mejores hijos. Para producir niños más sanos se requerirá más tolerancia y respeto por el niño, lo que significa que debemos descender al mundo del niño y aprender de ellos, en lugar de tratar de elevarlos a nuestro nivel de mundo adulto, intentando adultizarlos, lo cual resulta una forma de injuria hacia la personalidad del infante.
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Cuando de niño me metía en problemas debido a algún tipo de comportamiento travieso, recuerdo correr a la casa de mi abuela, convenientemente ubicada al lado de la nuestra, para encontrar protección contra la ira de mi madre. Mi abuela, quien vestía faldas largas, como era costumbre en su época, me colocaba debajo de la falda y permanecía inmóvil mientras veía a mi madre buscarme por todos los rincones; pero cuando ésta no lograba encontrarme, se volvía hacia mi abuela e intentaba levantar la falda, en ese momento ella le decía a mi madre, de una manera amenazante: “Ni lo pienses”. Obviamente, mi abuela fue un personaje importante en mi vida; ella era mi protectora y salvadora. Pero ahora, que soy abuelo, no veo a mis nietos corriendo hacia mí o hacia la abuela en busca de ayuda. Parece que, en el presente, los padres son más tolerantes, en comparación como lo fueron en el pasado; ya no amenazan a sus hijos con castigos físicos y en consecuencia los abuelos ya no son un activo esencial. Sin embargo, hay otros problemas importantes aún presentes, que se traducen en la desesperada sensación de soledad de un niño, la cual estructurará el trauma pre-conceptual, siempre presente en todos los humanos que también determina su propio perfil emocional y su idiosincrasia particular.
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Cuando se habla de la psicopatología de los niños, los profesionales del campo se refieren al trauma como una condición que solo está presente en “algunos niños” y no conciben la posibilidad de una condición ubicua, presente en todos los humanos. Posiblemente solo consideran lo que es notorio y obvio, sin contemplar lo que Massud Khan (1963) denominó “trauma acumulativo”. Estoy completamente convencido de que todas las formas existentes de psicopatología son absolutamente traumáticas, algo ya anunciado por Freud en su articulo: “Moisés y el Monoteísmo”, escrito pocos meses antes de ser eutanizado, por lo cual, desafortunadamente, no llegó a elaborarlo. Los síntomas, es decir, como el “trauma ubicuo” o “trauma pre-conceptual”, como lo he denominado, se hacen presentes en cualquier ser humano y estructuran un estado dinámico interno al cual me he referido como “estado traumatizado”, que paradójicamente representa el método por el cual intentamos defendernos del sufrimiento inducido por los traumas pre-conceptuales. Recuerda el célebre adagio que se repite en medicina: “El organismo se enferma curándose”. Estos síntomas siempre dependerán de la cultura y la geografía donde nos hemos criado: la psicopatología alrededor del Ecuador es diferente de la que solemos encontrar en los territorios del Norte, algo que mencionaré con más detalle en los Capítulos I y IX.
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