Además, tras las catastróficas experiencias del siglo XX una cultura de paz impregna a las sociedades y alcanza a las cúspides gubernamentales. Al punto de que, en los tratados de la unión que analizamos, la paz figura como primer objetivo de las instituciones de la UE.
En paralelo a estos hechos, Estados Unidos, en su confrontación con la URSS, lanza su propuesta, y la desarrolla a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la OTAN. Una comunidad de defensa liderada, claro está, por el vencedor indiscutible por la parte occidental de la Segunda Guerra Mundial. El otro vencedor, la URSS, hará lo propio mediante el Pacto de Varsovia.
Los estados europeos, en definitiva y con brevedad, delegan el sistema defensivo en uno u otro de los organismos, de manera obligada en los países de influencia soviética, a excepción de la antigua Yugoslavia, y con algunas reticencias los del ámbito occidental. Reservas imperiales que ya se vieron, o residuos incómodos como las dictaduras nacidas con el fascismo, como en España y Portugal.
La «desaparición del enemigo soviético» no contribuyó a exacerbar los ánimos defensivos europeos, al contrario: se entendió que desaparecida la amenaza, la defensa debía ocuparse de nuevas amenazas, como las derivadas del terrorismo global, en especial el nacido al amparo del islamismo fundamentalista, radical. En todo caso, y a la vista de conflictos sobre suelo europeo, como los de la antigua Yugoslavia, se desarrolla una doctrina militar junto a una nueva perspectiva del derecho internacional, la que permite la intervención por razones humanitarias en los asuntos internos de otros estados, un derecho a la injerencia y a la vez una doctrina militar de contención, separación de fuerzas combatientes y de estabilización de las fuerzas opuestas con garantías para todas las poblaciones.
La permanencia de las doctrinas militares, ahora de defensa, en las estructuras operativas sigue siendo un elemento del que los estados no prescinden, más allá de las declaraciones de sus representantes y de los objetivos genéricos que señalan los tratados: un comité militar, alguna experiencia de colaboración en ciertas unidades, como la brigada franco-alemana, y poco más. El paraguas acomodado a todos es la OTAN, reservando a los ejércitos estatales funciones poco adecuadas a una defensa disuasoria ante posibles amenazas o agresiones exteriores.
El caso de España puede resultar ilustrativo. A las fuerzas armadas, por mandato constitucional, se les atribuye una misión interior, la de garantizar la «indisoluble» unidad del Estado.
La OTAN, tras el derrumbe soviético, se ha apresurado a ampliar su escenario original, y la UE ha seguido sus pasos de manera inequívoca. La ampliación de la UE hacia el este, en 2004, se produce al margen de consideraciones precisas como las que obligaron a estados candidatos en pasadas ampliaciones. No importaba tanto el rigor democrático de sus instituciones, las dificultades económicas de la integración, cuanto el desarrollo del cerco a Rusia avanzando sus líneas hasta la propia frontera rusa. Con cierta claridad los estrategas de la OTAN no creyeron en la debilidad rusa, al menos a medio y largo plazo, y no dejaron de pensar en el carácter de proveedor de energía, imprescindible para los nuevos socios y para los más antiguos.
La reserva de la competencia de la fuerza militar a los estados se desliza en paralelo a la reserva de las relaciones internacionales. Los estados miembros son celosos de ambos aspectos, en la medida en que entienden que representan su honor e imagen, por un lado, y la defensa de los intereses que juzgan nacionales, esto es, compartidos por la inmensa mayoría de sus ciudadanías, por otro. Con el añadido de la industria del armamento, las exportaciones de material bélico y la transferencia de tecnología, así como la presencia de empresas «nacionales» en el mercado global de las obras públicas, la industria aeronáutica o las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.
Pese a los avances institucionales, como la creación del Alto Comisionado para las relaciones exteriores de la UE y la definición de sus funciones y objetivos, la debilidad de la voz europea en el escenario global es evidente. En el apartado de defensa ni siquiera este rango institucional, como veremos reducido a un Comité Militar ocupado ante todo en formular estudios y propuestas.
La reserva de los estados miembros de la UE en lo que respecta a la defensa y las relaciones internacionales implica un papel menor como actor en el escenario mundial, nada acorde con su importancia económica. Con idéntico resultado por lo que respecta a la difusión y extensión de los valores y objetivos políticos y sociales que constituyen el fundamento de su origen y la dimensión de referencia como espacio de paz, libertad y prosperidad compartida que proclaman sus tratados.
Nada augura cambios al respecto. En primer lugar, en cuanto se refiere a defensa los mismos intereses norteamericanos, en especial de contención de Rusia y el avispero de conflictos en Oriente Próximo, pese a proclamaciones altisonantes y precipitadas, siguen constituyendo objetivos básicos de la estrategia de defensa y el liderazgo global de EE. UU. 4 Ello pese al desplazamiento de los intereses hacia Asia-Pacífico, determinante de la estrategia norteamericana para mantener su liderazgo en el siglo XXI, como sus propios actores menos grandilocuentes proclaman y sostienen. Tanto Rusia como Oriente Próximo siguen siendo objetivos económicos para EE. UU., de modo singular cuando la apuesta que formula la nueva Administración republicana sigue priorizando el uso de los combustibles fósiles y sus empresas están fuertemente interesadas en ambas zonas.
Los acuerdos sobre el cambio climático pasan a un lugar secundario en la agenda de prioridades norteamericanas, tanto en su propio espacio como en estos dos que acabamos de apuntar: la sostenibilidad medioambiental no figura entre los intereses de las élites dominantes y ahora tampoco entre los responsables políticos norteamericanos y de quienes les aplauden y admiran. En consecuencia, el mantenimiento de la OTAN, que ha desbordado los límites iniciales de su tratado constitutivo, mantendrá sus objetivos de control de las fronteras occidentales de Rusia y sus intervenciones en el teatro de operaciones de Oriente Próximo, con intervención directa de EE. UU. en el caso de Israel, el incómodo aliado en una zona vulnerable y frágil.
De la misma manera, resulta previsible que la reserva de las relaciones internacionales respecto a los estados miembros de la UE continúe en no desplegar una acción exterior realmente común. Incluso para temas como la cooperación al desarrollo o la ayuda a los refugiados. En la primera parte, por cuanto se dijo de la incardinación de las relaciones exteriores en los intereses económicos, comerciales y financieros de los estados miembros. En el segundo, en las ayudas, en la medida que satisfacen las exigencias de la población y de las ONG, constituyendo la cara amable y solidaria de las intervenciones de los estados que vienen a esconder la realidad desnuda de la lógica de los intereses, una de cuyas manifestaciones más clamorosas es el ingente incremento del comercio de material bélico, como ya se subrayara.
El desplazamiento geoestratégico hacia Asia-Pacífico constituye una amenaza a la vez que un reto para la UE. El crecimiento sostenido de China, con todos sus inconvenientes, incluidos la sostenibilidad medioambiental, comporta un riesgo de competencia considerable, a la vez que una oportunidad para la presencia europea tanto en términos económicos, comerciales y financieros, como de influencia política, cultural y social ante una evolución paulatina del régimen de partido único, aunque sea a largo plazo. La potencia militar china, creciente a un ritmo superior a su propia dinámica económica, convierte a la República Popular en un actor mundial de primer orden, en clara competencia con EE. UU. Su penetración en la propia región es considerable, desde las relaciones turísticas con Australia hasta la capacidad de influir sobre los estados más cercanos, o en todo caso de imponer gracias a sus capacidades militares sus objetivos económicos y políticos. De la misma manera que constituye un elemento considerable en las inversiones en países fuera de su escenario tradicional, como las producciones agrícolas en África, o las relaciones internacionales económicas y financieras precisamente en el patio trasero de EE. UU., en la América hispana.
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