como dos adormideras forman en amor una anémona gigante.
René Char. «Marta». Furor y misterio.
PARA SER PADRE HACE FALTA una mujer. Pero no se debe tomar mujer para ser padre. En ese caso sería una mujer objeto. Una yegua de cría. Una matriz en cuyo interior fabricar al sucesor de la empresa Dombey e hijo, S.A. Para ser padre, por lo tanto, no hay que perseguir la paternidad. Siempre y cuando no se trastoquen las cosas, lo que el padre busca ante todo es a la mujer, no al hijo. Tampoco busca en ella un medio para llevar a cabo sus proyectos.
Si todo se redujera a nuestros proyectos masculinos —llegar a ser un general de cinco estrellas, el nuevo Marcel Proust o el moderno Earl Tupper, el inventor de Tupperware—, sería preferible evitar tanto el matrimonio como la progenie. Las dos cosas nos distraen de los grandes logros. Interrumpen nuestro trabajo con preocupaciones tan fútiles como arreglar la puerta de un armario o jugar a la pelota. Pero fíjate en lo ladinos que son los hechos: nosotros solo queríamos bebernos una deliciosa cerveza para relajarnos entre una tarea productiva y la siguiente, ¡y resulta que la cerveza viene encima de una bandeja, y la bandeja acompañada de una camarera!
Y ahí están el flechazo y la piel de plátano: caemos rendidos de amor. Teníamos nuestro camino perfectamente trazado hacia el podio… y caemos: por culpa de la zancadilla que nos pone un rizo, de una sincera sonrisa traicionera, de la pendiente resbaladiza del deseo. Nada que ver con un proyecto o un contrato. Más bien parece una trampa. Y no es más que la primera: después de la emboscada que nos convierte en esposos, nos convertimos en papás por sorpresa.
¿Y qué pasa con María y José? ¿Estaban enamorados —real y carnalmente enamorados, quiero decir— o simplemente eran socios —es decir, cofundadores de una multinacional responsable que trabaja en el ámbito humanitario y en la difusión de una espiritualidad suprema—? ¿El fuego de Ágape frente a las flechas de Eros?
¿UN ANCIANO POR COLABORADOR?
1. Existe toda una imaginería falsamente piadosa que nos presenta a María y a José como socios más que como esposos. Nuestro carpintero es un hombre maduro —cuando no peina canas— y a veces viudo. Si no es declaradamente viejo, su libido sí lo es. Hace mucho tiempo que se enfriaron en él los ardores del deseo. Abraza a María con la ternura de un hermano mayor o la honestidad de un tío como Mardoqueo.
Después de todo, su matrimonio solo es una fachada. Y detrás de la fachada va la trastienda: José adopta a la humilde sierva para arropar su virginidad. Protege su honorabilidad, le proporciona techo y comida, transmite un oficio a Jesús como hacen los maestros con su aprendiz favorito; en definitiva, se comporta como un administrador fiel (Lc 12, 42), pero en ningún caso como amante. Antes de salvar a la humanidad, conviene salvar las apariencias. Antes de anunciar la Buena Noticia, es fundamental preservar el orden burgués, que ya es un hecho. Se busca un pequeño apaño para garantizar la respetabilidad de la madre soltera. A fin de cuentas, la Trilogía marsellesa presenta de forma explícita a la pareja que supuestamente refleja la vida trinitaria. El maestro Panisse de Marcel Pagnol es el propio san José, que esta vez se casa con la pobre Fanny, a quien Mario —el Espíritu Santo— ha dejado embarazada el día antes de embarcar en La Malaisie. En la Canebière ya no se escuchará el cotorreo de las comadres.
2. Se puede comprender que la devoción haya recurrido a los apaños de cada época. No hay más que convertir el misterio en problema; y entonces el problema pasa a ser el de la cuadratura del círculo. Por un lado, hay que afirmar la virginidad de María tal y como queda atestiguada en los evangelios y la Tradición; por otro lado, la unión de María y José ha de ser una unión auténtica, total, sensata y sensible, honda y apasionada, y no un ideal espiritualizado en el que la Encarnación se convierte en el pretexto de una existencia desencarnada. ¿Qué se puede hacer? ¿Cómo mantener unido lo que es plenamente virginal y lo que es plenamente carnal?
Proceder de este modo —en términos de problema y no de misterio— es confundir la verdad como descubrimiento (aletheia), tal y como la conciben los griegos, con la verdad como revelación (apocalypsis), tal y como la entiende la Biblia. Pretendemos encerrar el torrente de agua viva en nuestras pequeñas cantimploras y en nuestras cisternas agrietadas. Queremos comprender, en lugar de aceptar que nos comprenden mejor de lo que nos comprendemos nosotros mismos. Nos empeñamos en dominar la materia, cuando esa materia es el Dominus Deus. Si la revelación nos dice que Dios es Padre, la lógica del descubrimiento nos hace creer que nuestra paternidad arroja luces sobre Dios, como si una linterna frontal fuera capaz de iluminar el sol; mientras que la lógica de la revelación quiere que sea Dios quien proyecte su luz directa sobre nuestras paternidades defectuosas y nos haga descubrir —en concreto a través de José— en qué consiste realmente ser padre.
Frente a una revelación, frente a una claridad más intensa de lo que mis ojos son capaces de soportar, ya no soy un erudito, sino un testigo. Transmito lo que se me ha concedido ver o escuchar. No soy yo quien domino: me dejo dominar. Entonces ya no se trata de reducir la unión de José y María a la medida de nuestra sexualidad, sino de reinterpretar nuestra sexualidad a la luz de esa unión incomparable, de aproximarnos a su amplitud bíblica sin caer en una reducción fisiológica.
3. Por no mantener unidos lo plenamente carnal y lo plenamente virginal, por reducir el misterio nupcial a las convenciones mundanas o puritanas, la pseudodevoción a san José se ha hecho cómplice de la «deconstrucción» posmoderna del sexo.
Por miedo a la «cerdada» se despoja al esposo del envoltorio de su carne. La relación entre el hombre y la mujer ya no se fundamenta en una misteriosa atracción: es un contrato cuyos términos bien definidos persiguen unos beneficios compartidos. Cada individuo, ya no hostigado por el deseo, se mantiene independiente a pesar de la unión y acepta ser objeto de disfrute para el otro. Esta asociación desprovista de pasión en la que cada uno conserva la propiedad de sí mismo aboca a una instrumentalización consentida y respetuosa con lo estipulado en el artículo 2, párrafo 3.
Desde esta perspectiva, José y María se nos presentan como pioneros de una start-up biotecnológica. Ella es la incubadora. Él se ocupa del mantenimiento. Jesús no es el fruto de su amor: es el producto de una colaboración con un genio inmaterial. La Holy Family es una empresa high-tech que ha optado por una estrategia de crecimiento conjunto e internacionalización…
¡ÁNGELES POR LA CARNE!
4. Un 19 de marzo, en el santuario de Bourguillon dedicado a Nuestra Señora del Monte Carmelo, guardiana de la fe, escuché al obispo auxiliar de Friburgo afirmar en su homilía: «María estaba enamorada de José. ¿Quién sería ese hombre para que la Virgen María se enamorara de él?». Un comentario de lo más simple: solo podía venir de un friburgués. En el dialecto local el friburgués es un «dzodzet», un «José». Hubo un tiempo en que ese nombre era tan frecuente en el cantón católico que a los Josés se les distinguía mejor por el apellido. La palabra «dzodzet» significaba «hombre». Y de quien se enamora la mujer es del hombre. Aquello fue para mí como una iluminación, exactamente igual que cuando se adueña de nosotros el amor, tan banal y tan excepcional. De pronto la imagen del santo se descongeló. La mirada de la Madona dejó de ser la de Medusa.
¿Qué vio ella en José para desearlo pese a su decisión de ser virgen? A José hay que suponerle una fuerza de atracción extraordinariamente poderosa: no la que encandila a una joven aficionada a los abrazos, sino la que conquista el corazón de una doncella resuelta a conservarse solo para Dios. José debía de resultar más seductor que el Don Juan que arrancó a Doña Elvira de su monasterio. Debía de ser más apuesto que el Apolo que embelesó a la Sibila. Al mismo tiempo, es de suponer que esa belleza no tenía nada de hechizadora, ni esa seducción nada de embaucadora. Delante de María cualquier amago de coqueteo habría resultado repulsivo.
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