Fabrice Hadjadj - Ser padre con san José

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Ser padre con san José: краткое содержание, описание и аннотация

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Ya es hora de desempolvar la imagen. Ya es hora de devolverle su figura humana, porque la santidad no nos aleja de la humanidad: nos compromete con ella. José ya no es un padre ideal: es un padre muy concreto, superado «como todos los padres de este mundo» por la vida que se entrega a través de él. Y al ser su hijo el Hijo de Dios, se ve aún más superado que todos nosotros. Él solo trata de hacerlo bien, pero nunca llega a estar a la altura (¿quién puede estar a la altura del Altísimo?). Esa limitación le obligará a confiarse siempre al Padre eterno.
En doce lecciones que combinan la exégesis bíblica y la experiencia familiar, Fabrice Hadjadj nos ofrece una breve guía, ágil, profunda y a la vez desenfadada, para nuestra época de catástrofes. Se propone dar respuesta a cuestiones prácticas del estilo «¿Cómo cortejar a la Santísima Virgen?» o «¿Cómo hacerse obedecer por Dios sin pegar gritos?». Confía en demostrar, a través de José, que tanto hoy como ayer «y quizá hoy más que ayer» la paternidad es la aventura más importante y decisiva.

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12. “Los hombres casados, los padres de familia, esos grandes aventureros del mundo moderno”, decía Charles Péguy. Esta cita suele aparecer despojada de su contexto. Esos «padres de familia» forman parte de un conjunto que los precede y a la vez los contiene: «Los jugadores (pequeños y grandes), los aventureros [a secas]; los pobres y los miserables; los empresarios; los comerciantes (pequeños y grandes)». Ese es el conjunto de «los que no tienen asegurado el pan de cada día» y «los únicos que pueden llevar una vida cristiana». La aventura paternal es apertura al futuro en su precariedad. Por eso el padre, que no es un experto, espera. Se mantiene en el Pórtico del misterio de la segunda virtud:

Piensa con ternura en ese tiempo que ya no será su tiempo

sino el tiempo de sus hijos.

El reino (de tiempo) de sus hijos sobre la tierra.

En aquel tiempo cuando se diga los Sévin no será él, sino ellos.

Sin más, sin explicación.

Péguy descubría la inestabilidad de la política en el mundo moderno, pero aún creía en la estabilidad de la tierra. En el mundo posmoderno, hasta la estabilidad de la tierra se cuestiona. La historia la cuenta alguien que ni siquiera llega a idiota. Ya no significa absolutamente nada… más que un accidente en medio de un universo cada vez más frío.

Esta condición posmoderna deja entrever un José más actual que nunca. No tiene nada de padre ideal porque, viendo al niño que está a su cargo, se puede decir sin temor a equivocarse que no da la talla. Acoge la vida sin tener razones terrenales para hacerlo, porque con ese niño acoge al Logos, a la Razón misma, por encima de cualquier razón humana. En su caso, el niño no tiene que estar justificado por nuestra sabiduría: más bien admitimos que la sabiduría queda acreditada por todos sus hijos (Lc 7, 35), aprendemos que el cielo y la tierra pasarán, pero las palabras del Hijo no pasarán (Mt 25, 35). El ejemplo de ese padre sin condiciones, plenamente abandonado en el Padre eterno, nos ayuda a no hacernos un poco más cómplices de las tinieblas. Fortalece las manos lánguidas para que en medio del diluvio continúen construyendo una morada. Robustece las rodillas débiles para que continúen jugando al tejo al borde del abismo.

LECCIÓN I.

ANTES DE NADA, SER HIJO (ACERCA DE DAVID Y DE LOS TURBIOS ANCESTROS)

El Niño es el padre del Hombre;

y desearía que mis días estuviesen ligados

unos con otros por natural piedad.

William Wordsworth. «El arco iris».

Poemas familiares

NO SÉ TÚ, PERO YO SIEMPRE pensé que era un príncipe. Mi madre era secretaria en Puteaux, en la gran empresa de fotocopiadoras Rank Xerox. Mi padre trabajaba en París en la Oficina Internacional del Trabajo. Lo cual no generaba en mí la menor duda. Me sentí humillado cuando me enviaron al colegio de la calle de la República. Ser un alumno de primero de primaria diluido en medio de un patio gélido no cuadraba muy bien con mi dignidad. Mis compañeros coincidían conmigo. A partir de cuarto de primaria intentamos recuperar nuestra nobleza primigenia jugando como paladines de nivel 15 a Dragones y mazmorras.

Con semejantes inclinaciones no estoy seguro de ser demócrata. Más bien sería «panbasilista». La idea que defiendo es que todos somos reyes y que nuestras familias deberían tener una casita con jardín. Cuando la envergadura de nuestro poder es demasiado importante resulta imposible reinar: los consejeros arramblan con todo. Más vale una casita que vastos dominios. Precisamente porque el panbasilista quiere ser rey, sus ambiciones son modestas.

Un día leí a Blaise Pascal y me dio la razón. Somos «reyes desposeídos». El pecado original genera en nosotros una sensación de caída, de descoronación, de abdicación. Esa es la condición del hombre. Ese es el linaje de José. José es hijo de David. Desciende de los reyes de Judá y, por lo tanto, tiene derecho al trono. Lo que no impide que deba ganarse el pan como carpintero. Es más, el rey de entonces le obliga a exiliarse lejos de su país.

UN PASADO REGIO Y VERGONZOSO

1. La monarquía no es del todo regia. Los reyes de Francia intentaron no olvidarlo tomando por emblema la flor de lis, y no el águila o el león, y ni siquiera el gallo. Un recordatorio de las palabras de Jesús que sitúan a la corona por debajo de las margaritas: Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen… Ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos (Mt 6, 28-29). Y un símbolo trinitario también —los tres pétalos de una única corola— que invita a rechazar la tentación monolítica y absolutista.

En la gesta bíblica no hay nada más ambiguo que la monarquía. Por un lado, remite al Mesías y deja vislumbrar su figura; por otro, es el gran error de Israel: Nómbranos un rey que nos gobierne como hacen las demás naciones (1S 8, 5). Samuel se lo toma muy mal. Dios se muestra más indulgente y se pliega al capricho del pueblo, no sin recalcar su infidelidad: No es a ti a quien rechazan, sino a mí; no quieren que sea su rey (1S 8, 7). Lo que quieren es ser como las demás naciones para poder competir con ellas en prestigio y poder militar.

La organización política originaria de Israel se identifica con la familia, insertada en una de las doce tribus, y con los jueces, jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez (Ex 18, 21-22), conforme a una perfecta subsidiariedad. El Señor es su rey y, como también es el creador, a cada uno lo nombra rey y reina, cada uno a su nivel. El sol se levanta sobre todos sin excepción y cubre cualquier cabeza con la diadema más espléndida. Naturalmente, un poder centralizado, monárquico, cuenta con más fuerza para oponerse a las invasiones de los conquistadores. Las doce tribus nacidas de Jacob no ofrecen la misma resistencia que la unión jacobina. Una organización en familias soberanas como esta tiene algo de utópico. No obstante, no se trata de la utopía abstracta de un ideólogo; se trata de la utopía práctica de un padre de familia.

2. La genealogía de Jesús que se nos ofrece no es la de María, sino la de José. La madre inserta al hijo en la carne, lo lleva en su seno. El padre lo inserta en la sucesión de generaciones, reconoce al hijo ante el estado civil. Entre el anuncio que recibe María y el sueño enviado a José la diferencia viene marcada por este reparto. A María el ángel Gabriel le ofrece como prueba el hecho de que su prima Isabel se halla milagrosamente encinta. Ante José, el ángel del Señor cita al profeta Isaías: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel (Mt 1, 23). No recurre por encima de todo a un milagro contemporáneo, sino a la historia de Israel y a ese misterioso Emmanuel que ha de sustituir a Ajaz, rey de Judá.

La genealogía de José, aun siendo regia, no es del todo monárquica. En Mateo (1, 1) el hijo de David va inmediatamente seguido de un hijo de Abrahán, señal de que la realeza del monarca depende de la realeza del justo. En Lucas (3, 38) se remonta directamente a Adán, señal de que el privilegio real vale menos que la humanidad común. Por otra parte, las dos genealogías no casan. Mateo y Lucas coinciden en no coincidir. De lo que se trata no es de reivindicar un trono esgrimiendo títulos de nobleza. De lo que se trata es de entender que nobleza obliga. La dignidad nos confiere deberes antes que derechos.

En las dos genealogías se va más allá del linaje davídico: en sentido ascendente hasta Adán o hasta Abrahán, en sentido descendente a partir de Zorobabel (Mt 1, 12-13). Después de Zorobabel, de hecho, el rastro se pierde en la noche, como si el pasado más reciente fuese menos conocido que el antiguo. Jefe de la primera caravana que retorna de Babilonia, el último de los reyes conocidos después del exilio y portador aún del sello de ese exilio —pues su nombre no significa hijo de David, sino «semilla de Babilonia»—, ni siquiera se sabe si efectivamente llegó a reinar. Las Escrituras no mencionan a su descendencia. Los que se nombran entre él y José pertenecen tanto a los Pérez como a los Smith. La corona y el cetro terminan entre el serrín. Los sustituyen el escoplo y la garlopa. El heredero de los reyes es un modesto artesano de la madera.

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