Fabrice Hadjadj - Ser padre con san José

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Ya es hora de desempolvar la imagen. Ya es hora de devolverle su figura humana, porque la santidad no nos aleja de la humanidad: nos compromete con ella. José ya no es un padre ideal: es un padre muy concreto, superado «como todos los padres de este mundo» por la vida que se entrega a través de él. Y al ser su hijo el Hijo de Dios, se ve aún más superado que todos nosotros. Él solo trata de hacerlo bien, pero nunca llega a estar a la altura (¿quién puede estar a la altura del Altísimo?). Esa limitación le obligará a confiarse siempre al Padre eterno.
En doce lecciones que combinan la exégesis bíblica y la experiencia familiar, Fabrice Hadjadj nos ofrece una breve guía, ágil, profunda y a la vez desenfadada, para nuestra época de catástrofes. Se propone dar respuesta a cuestiones prácticas del estilo «¿Cómo cortejar a la Santísima Virgen?» o «¿Cómo hacerse obedecer por Dios sin pegar gritos?». Confía en demostrar, a través de José, que tanto hoy como ayer «y quizá hoy más que ayer» la paternidad es la aventura más importante y decisiva.

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En ese caso ¿se puede hablar solamente de una paternidad legal, la que se deriva del reconocimiento de un niño en el registro civil? El hecho es que lo que establece esa paternidad no es la mera voluntad de José ni los tribunales humanos, sino la voluntad divina.

7. El ángel del Señor le anuncia: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús (Mt 1, 20-21). El Mesías procede enteramente del Espíritu Santo y, aunque nace de María, no procede más de ella que de José, porque entrar en la humanidad implica un padre y una madre, concierne a la vez a la carne y a la palabra.

Para contentar a quienes lo fían todo a la genética, se podría plantear la pregunta: ¿de dónde procede el cromosoma Y de Jesús? El Espíritu Santo no tiene ADN. En esta concepción milagrosa Dios pudo perfectamente haber formado a Jesús añadiendo a los gametos de María los de su esposo sin que existiera unión sexual. Pero esta reducción de la paternidad a un mero hecho genético nos desviaría de lo esencial. Si Jesús toma carne en María, el nombre lo toma de José. La encarnación del Verbo es también su inscripción dentro de una genealogía; y esa genealogía con la que se abre el Nuevo Testamento, la del carpintero descendiente de David, de Judá y de Abrahán, no es falsa. Una y otra, la encarnación y la inscripción, constituyen la entrada del niño en la realidad humana.

Nos hallamos ante un acontecimiento único, milagroso, que carece de todo equivalente. Por eso nuestros conceptos tienden a reducir esta concepción a algo visible. Pero el error deriva también de representarnos a Dios como una super-criatura que actuaría en el mismo plano que nosotros y con quien tendríamos una relación concurrente: cuanto más Padre es Dios, menos lo es el hombre; cuanto más hay de divino, menos hay de humano. Nada menos cierto. Ningún milagro procedente de quien ha creado el curso ordinario de las cosas tiene lugar para que nos volvamos hacia lo extraordinario, sino para conducirnos hacia lo ordinario con asombro. Cuando el ciego de nacimiento ve, es la vista, común a todos los hombres, lo que de repente se presenta como un don prodigioso. Del mismo modo, cuando la Virgen concibe y un carpintero se convierte en padre de una manera no biológica, son la maternidad y la paternidad ordinarias las que revelan su maravilla.

8. Por decirlo de un modo conciso, nosotros somos padres gracias a las fuerzas de la naturaleza, mientras que José es padre gracias al creador de las fuerzas de la naturaleza. La luz no vale menos si procede directamente del sol que si es reflejada por la luna. El río no es más puro si procede del manantial que de los arroyos. En este sentido, la paternidad de José es más radical que la nuestra. Entronca directamente con la del Padre de quien procede toda paternidad en los cielos y en la tierra (Ef 3, 14-15).

El cotejo de las primeras concepciones del Génesis con el libro de las génesis (Mt 1, 1) con que se abre el Nuevo Testamento es muy revelador. Basta comparar, en sus respectivas formulaciones, los nacimientos que dan inicio a la humanidad y la Natividad del Hijo del hombre: Adán conoció a Eva, su mujer, que concibió y dio a luz a Caín. Y dijo: «He adquirido un varón gracias al Señor» (Gn 4, 1). Esto en cuanto al primer nacimiento. La raza de Caín, no obstante, queda completamente aniquilada después del Diluvio. La muchedumbre humana halla su filiación en Noé, descendiente de otro hijo de Eva: segundo comienzo. Adán conoció de nuevo a su mujer, y ella dio a luz un hijo al que puso por nombre Set, pues se dijo: «Dios me ha concedido otro descendiente en lugar de Abel, ya que lo mató Caín» (Gn 4, 25). ¿Y qué leemos en Mateo sobre el nacimiento de Cristo?: una fórmula paralela e inversa a la vez: Y, sin que [José] la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo y [él] le puso por nombre José (Mt 1, 25). Quien es menos (sin que la hubiera conocido) pone más (él —y no ella— le puso por nombre). Eva pone nombre a su hijo. Y no es la nueva Eva quien pone nombre al suyo, sino su esposo.

Del verbo empleado, ekaselen —de kaleïn, «llamar»—, procede la palabra «iglesia». Enseguida lo volvemos a encontrar en el texto con el mismo complemento directo, pero teniendo a Dios por sujeto: De Egipto llamé [ekalesa] a mi hijo (Mt 2, 15). José llama igual que el Padre. Existe una paternidad virginal que se consuma en la llamada (¡Jesús!), como existe una maternidad virginal que se consuma en la respuesta (Fiat!).

UN GUÍA, EN DEFINITIVA

9. Precisamente porque su paternidad es la más pura y la más radical puede José guiarnos en estos tiempos extremos. A día de hoy, cuando nos hablan de «guía», pensamos inmediatamente en recetas o en consejos específicos. No obstante, la Biblia no nos dice cómo lograr que un cumpleaños sea un éxito, ni a qué juego de mesa es preferible jugar en familia, ni la mejor manera de administrar una cuenta corriente o de resolver los problemas psicológicos de nuestros adolescentes. No se sabe si Jacob jugaba al fútbol con su equipo de doce chavales. No se dice nada del modo en que José enseñó a Jesús a ser carpintero, ni del método que utilizó para que el Verbo de Dios aprendiera a leer.

Ninguna de estas cosas es desdeñable. Saber hacer papiroflexia con la hoja dominical puede ser un modo muy hábil de mantener quieto a un niño en la iglesia. Pero, desde que el mundo está en llamas, el reto no consiste por encima de todo en saber qué tipo de velas colocarle a la tarta. Cuando la tierra tiembla, para ser viril no basta con hacer flexiones.

10. Vienen días en que se dirá: «Dichosas las estériles y los vientres que no engendraron y los pechos que no amamantaron» (Lc 23, 29). Antes de esos días, lo más frecuente era convertirse en padre por sorpresa. La mujer te arrancaba de tus iniciativas emprendedoras para arrastrarte hasta su deseo de un hijo. Hoy, cuando la crónica de un desastre anunciado nos encoge las entrañas, ese deseo tiende a extinguirse y a menudo le toca al hombre, con su confianza contagiosa, reavivarlo. Pero ¿cómo? La mujer del Apocalipsis da a luz ante las fauces del Dragón (Ap 12, 4). San Juan no nos describe la actitud del hombre a su lado.

Según la visión antigua y tradicional de las cosas, se dice que la mujer da la vida y el hombre da la muerte. Ella es la matriz, él el defensor, pero también el guerrero y el sacerdote que celebra el sacrificio. En la Virgen María, no obstante, nos encontramos ante el único caso en que la muerte la da esencialmente la mujer (para que a todos se nos dé la vida). En su Comentario al evangelio de san Juan, santo Tomás de Aquino comenta la respuesta de Jesús en las bodas de Caná: «A su madre, que le pide un milagro, le contesta: “Mujer, ¿qué hay entre tú y yo?”, como diciendo: “Lo que hay en mí que hace milagros no lo he recibido de ti; pero lo que me hace capaz de sufrir, la naturaleza humana, sí la he recibido de ti; por eso te reconoceré cuando esa debilidad esté colgando en la cruz”». El Hijo eterno es la Vida (Jn 14, 6). Al permitirle tomar carne, María hace de la Vida un mortal.

11. ¿Y qué es de José? Hombre, ¿qué nos va a ti y a mí? Al llamar a Jesús por su nombre, al inscribirlo en su descendencia, José hace que lo Absoluto entre en lo contingente, lo Eterno en nuestra historia caótica, la palabra de Dios en «un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, y que no significa nada» (Shakespeare, Macbeth, V, 5).

Por medio de María nuestra carne sufriente y mortal se convierte en divina. Por medio de José se convierte en divino el hecho de ser un individuo, de llamarse, por ejemplo, Fabrice Hadjadj (¿a quién se le ocurriría algo tan descabellado?), de nacer en Nanterre en el seno de una familia judía tunecina de izquierdas, de casarse con una grenoblesa católica y monárquica, de vivir en la Suiza francesa, donde san Antonio terminó sus días, teniendo por vecinos a los Pasquier y los Capuccio; en esta época de tierras abrasadas y cielos satelizados, de series de Petflix y de extinción del alcaudón de pecho rosado, en la que cantan las sirenas del suicidio, en la que tuitean los ciborgs de lo trans, en la que merodean los sacerdotes abusadores y los asesinos en serie… Se convierte en divino el hecho de aparecer aquí para después desaparecer allá, sin dejar para el futuro incierto ninguna otra palabra que no sea el nombre hebreo de un niño: Yehoshua, «Dios salva».

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