Ganar o perder depende de una sola cosa: la conducta ética. Quien no elige el Bien como norma de conducta será siempre un fracasado, por muchos laureles que coleccione. La única opción para rehuir este triste destino es el de convertir nuestro yo en morada de hospitalidad y acogida para quienes llaman a nuestra puerta en busca del calor, la comprensión y la ternura que no han encontrado fuera. Pero no menos necesario es acudir allí donde cunden el dolor y la desgracia, como hizo el teólogo y médico Albert Schweitzer al decidir un día consagrar su vida a cuidar y curar a los enfermos de lepra de Lambarene. Una actitud que correspondía a su máxima de que nuestro paso por la tierra sólo adquiere sentido cuando elegimos la Hingebung como norma de conducta; una bella palabra alemana que en castellano significa ofrendarse o entregarse totalmente a otro o a un propósito noble. Aquí es el lugar indicado para señalar que toda búsqueda del Bien es afán de autoperfeccionamiento y, al mismo tiempo, lucha por el perfeccionamiento de las condiciones de vida del género humano en su totalidad. O para decirlo con las palabras de Charles Fourier: «Dios no ve en la raza humana más que una sola familia, de la cual todos sus miembros tienen derecho a sus mercedes. Quiere que sea dichosa toda entera o que ningún pueblo goce de felicidad»; (Oeuvres complètes, I).
7. LA OPCIÓN DEL SIN-PODER
«La bondad consiste en renunciar voluntariamente a la fuerza que uno posee», exclamaba el viejo Schelling en sus lecciones sobre La edad del mundo. Si recuerdo este testimonio filosófico, hoy olvidado, es precisamente porque constituye la negación más rotunda de la ideología del éxito hoy dominante, también porque expresa en los términos más sencillos mi propia visión de la problemática que estamos analizando. Creo, en efecto, que renunciar voluntariamente y a priori a toda manifestación de poder personal constituye la única opción que pueda dar a nuestro paso por la tierra un sentido profundo. Fue la opción voluntaria del Ohn-Macht o sin-poder la que eligió también Hugo Ball tras su conversión al catolicismo. Y no otra cosa pensaba Albert Camus cuando en su obra autobiográfica Le premier homme dijo que tan triste es ser vencido por alguien que vencerle a él. Pero ya en sus Carnets había escrito al cumplir los 32 años: «No estoy hecho para la política, puesto que soy incapaz de querer o aceptar la muerte del adversario». En la misma línea, nuestro gran Ángel Ganivet escribía, en su Ideárium español: «Los grandes creyentes han sido mártires; han caído resistiendo, no atacando».
8. EL PODER DEL BIEN
También el hombre supuestamente emancipado de nuestros días no ha sabido atenerse al viejo imperativo délfico del «conócete a tí mismo» y vive en estado de autoalienación o ignorancia en todos los aspectos esenciales. En primer lugar con respecto a lo que significa verdadera autorrealización, que él suele confundir con el hedonismo y el materialismo a ras de suelo, propagados constantemente por los medios de comunicación de masas y demás tribunas prosistémicas como meta suprema de la existencia humana. De ahí que su condición sea análoga a la de los moradores de la caverna platónica condenados a vivir sin conocer ni la verdad ni el Bien, dos valores que para Platón y el pensamiento idealista en su conjunto han significado siempre una y la misma cosa.
Si hago referencia a estos viejos problemas a la vez filosóficos, ontológicos e históricos es para subrayar con todo énfasis que la situación altamente precaria en que se halla hoy el Bien no significa en modo alguno que la lucha por un mundo más justo y más humano haya perdido su sentido y su razón de ser. Personalmente pienso que por muchas batallas que el Bien haya perdido y sigue perdiendo, posee una fuerza intrínseca inextinguible y eterna que en mejores o peores circunstancias y en mayor o menor grado revive y se perpetúa una y otra vez. Es en este sentido que en uno de mis libros alemanes, Das Elend des Politischen, pudiese yo hablar del «poder del Bien».
Allí y precisamente allí donde el Bien es pisoteado de manera permanente, lejos de haber dejado de existir, está presente en nuestra conciencia en forma de ausencia y de nostalgia, como ocurre en la desdichada sociedad actual. También cuando el Bien ha sido abandonado por casi todo el mundo y vive en estado casi absoluto de soledad, sigue formando parte modo negativo de la misma realidad opuesta o indiferente a él. La psicosis de insatisfacción, inseguridad y miedo que se ha apoderado de la gente es la mejor prueba de que el Bien es lo insustituible por antonomasia y que todo intento de prescindir de él no puede engendrar más que la aporía universal a que nos ha conducido la ideología del éxito hoy triunfante. Y ello no puede ser de otra manera porque el Bien es el único valor cuya derrota incluye implícitamente la derrota de quienes pretenden haberle vencido. De ahí que toda victoria sobre el Bien no sea en verdad más que una victoria pírrica, condenada de antemano al más estrepitoso de los fracasos y a vivir en contradicción permanente consigo misma. Ese es el estado existencial en que hoy se encuentra el hombre y el mundo en su totalidad. El fin de la vida humana no es la contradicción ni la lucha de los contrarios, sino su reconciliación y su unidad. Creo que luchar por esta meta constituye la única forma de dar un sentido coherente y profundo a nuestro paso por la tierra y de evitar que nuestra vida no sea más que una reproducción individual del extravío, la falsa plenitud y la indigencia espiritual reinantes en el mundo de hoy.
Notas:
[1]Ponència llegida el 20 d’octubre de 2011 al IV Congrés d’Estudis Personalistes «Colligite Fragmenta. Repensar la tradició cristiana en el món postmodern».
SEMBLANZA DE HELENO SAÑA [1]
Alejandro del Río Herrmann
Quiero agradecer a los amigos organizadores de este IV Congreso de Estudios Personalistas, y en particular a la profesora Emilia Bea, la ocasión, para mí tan significativa, de presentar a Heleno Saña y de darle la bienvenida en nombre de todos nosotros a esta que también es mi Universidad y mi Facultad.
Se me pide hacer una semblanza de Heleno Saña, del escritor, del filósofo, del amigo. Pero ¿cómo hacer una semblanza del amigo como si se tratara de una tercera persona? ¿Cómo hablar del amigo sin hablarle a él, reconociéndole como justo destinatario de estas palabras? Me permitirán por tanto que, sin dejar de hablarles a ustedes, sea a él a quien me dirija con esta personal semblanza.
Querido Heleno:
Eres un hombre libre. Te has ganado esta libertad a pulso. Hace más de cincuenta años, en 1959, elegiste el extranjero. Te exiliaste voluntariamente en Alemania, abandonando tu trabajo como periodista en Madrid, para reunirte –en un país extraño y en una lengua extraña– con la que desde entonces es tu mujer, Gisela, que hoy nos acompaña. A tus espaldas dejabas una dictadura a la par cruel e irrisoria y una sociedad moralmente empobrecida, estrecha de miras y mojigata. Pero llevabas contigo la nobleza y la generosidad de un pueblo, esas virtudes que desde niño viste encarnadas en el ejemplo de tu padre; las mismas que forman a tus ojos la entraña del anarquismo español y cuya falta has debido deplorar más de una vez entre tus conciudadanos alemanes.
Te asentaste pues en el exilio –«alejado de los conventículos políticos donde se fabrican las famas artificiales y efímeras», como se lee en la solapa de alguno de tus libros– para consagrarte enteramente a tu única y verdadera patria: tu vocación de escritor. Esa actividad que la lengua alemana designa con una bonita expresión: freier Schriftsteller, «escritor libre», en referencia al que se gana la vida dedicándose, de manera independiente, al oficio de escribir y al libre pensamiento. La escritura surge en ti de tu relación íntima con las palabras, que son tu atmósfera vital, pues, como reconoces, «siempre pude confiar en ellas, siempre estuvieron ahí cuando las he necesitado. Sin ellas me habría asfixiado».
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