El 25 de junio de 1944 marcó un antes y un después en la forma de escribir ese diario. De anotar frases cortas, sentimientos y hechos concretos, pasó a convertirse en lo más parecido al relato de una vida. Mi madre ya no quería tan solo recordar momentos, ahora lo que pretendía era conservar cada detalle de lo que había vivido.
Las primeras palabras de aquella historia me hicieron olvidar lo aterrado que estaba.
Birmingham, 26 de junio de 1944
El gimnasio del Yardley Wood School se convertía, los sábados por la tarde, en lo más parecido a una sala de baile. Las luces de colores y la música que sonaba sin parar me hacían olvidar durante unas horas que fuera de aquellas paredes se estaba librando la II Guerra Mundial.
Esas tardes significaban para mí mucho más que una simple diversión: era el único momento en el que conseguía olvidar la soledad y la tristeza que me acompañaban desde la muerte de mi padre. Bailar me hacía sentir que ellos aún vivían. Bailaba como si me estuviesen viendo. Durante aquellas horas era feliz. Todos los que estaban en aquel gimnasio esperaban con entusiasmo mi actuación. Cuando anunciaban por el altavoz mi nombre, la gente estallaba en aplausos como si fuese a actuar una gran estrella. A mis dieciséis años ya era famosa en la ciudad. Según la Srta. Connolly, mi profesora de danza, me esperaba un futuro muy brillante. Empecé mis lecciones de baile a los dos meses de morir mi padre. En los últimos cuatro años me había convertido en una experta bailarina. Aunque mis orígenes nada tenían que ver con Escocia o Irlanda, mis pies se movían al son de las danzas gaélicas como si me hubiese criado allí desde pequeña. Aquel esperado baile marcaba el inicio de la fiesta y convertía a todo el gimnasio en lo más parecido a un céilidh 1. Aunque me faltaban tres personas para completar el baile, a nadie de los allí presentes parecía importarles. Fue en una de esas tardes cuando le besé por primera vez.
Céilidh. Festejo con danza tradicional de los pueblos gaélicos (Irlanda y Escocia).
Jamás me atreví a preguntar a mi tía quién pagaba aquellas clases porque lo único que sabía con certeza es que ella no lo hacía. Nunca vino a verme bailar aunque la Srta. Connolly no dejaba de insistirle para que lo hiciera. Durante esos cuatro años no dejé de preguntarle a mi profesora quién estaba costeando todo aquello, pero lo único que conseguí sonsacarle fue que se trataba de alguien que me tenía un cariño muy especial. Esa persona se convirtió en lo más parecido a un ángel de la guarda. Te imaginas que existe, crees que te cuida y te protege pero no puedes verle ni disfrutar de su compañía ¿por qué? Si era justo lo que yo necesitaba.
En aquellos oscuros años de mi vida, las palabras de la Srta. Connolly mantenían mi esperanza viva. Me dijo que si no hubiese estallado la guerra, ya habríamos viajado a Londres para hacer una prueba y que con toda seguridad ya me hubiese convertido en una bailarina famosa.
Ese viaje representaba para mí huir definitivamente de Birmingham y de mi tía Jennifer para empezar una nueva vida. Antes de conocer a Elwyn solo quería que aquella guerra acabase cuanto antes para poder escapar de allí, pero cuando le conocí mis prioridades cambiaron. El baile quedó en segundo término, desbancado por mi único deseo de que regresara cuanto antes para empezar mi vida junto a él.
El sábado once de marzo, al subir a mi habitación para cambiarme de ropa y marcharme al gimnasio a bailar, me encontré una caja encima de mi cama. La abrí con la misma ilusión que un niño abre sus regalos el día de Navidad. Cubierto por un papel muy fino de color rosa encontré un vestido azul de manga corta, unos calcetines blancos cortos y unos zapatos negros de un charol brillante. Sobre ellos había una nota escrita a mano: “Esta tarde brillarás como una estrella”. Cogí el vestido, lo abracé y empecé a dar vueltas con una sonrisa de felicidad como hacía tiempo que no sentía. Cuando me lo puse, me quedaba perfecto, como si me lo hubiesen hecho a medida, al igual que los zapatos. Al mirarme en el espejo me sentí tremendamente bonita. Lo único de desentonaba de aquella imagen eran los rulos que me colgaban del pelo. Me senté frente a mi tocador y empecé a deshacerme de ellos con rapidez. Con unas simples pasadas, el cepillo terminó de moldear mi melena. Bajé las escaleras a toda prisa para dirigirme al salón a dar las gracias a mi tía. Siempre supe que algún día nuestra relación volvería a ser como años atrás. Estaba sentada en el sofá tejiendo un jersey con la radio puesta. Me puse delante de ella mientras mi mano derecha desplegaba el vuelo de mi falda. Ni siquiera se dignó a mirarme: “a mí no me des las gracias, no me gastaría un chelín más en ti, bastante gasto tengo ya con mantenerte”, me dijo sin apartar los ojos de su costura. Cerré los ojos y apreté con fuerza la mandíbula para tratar de calmar el dolor que me provocaron sus palabras. Mi mano descendió lentamente hasta que la falda retomó sus propios pliegues. Me dirigí a la puerta de entrada, cogí mi abrigo y las llaves y me marché al gimnasio del colegio para intentar hacer brillar la estrella que todos decían que era.
Durante todo el camino no dejé de llorar. Los últimos años de mi vida no eran más que trabajo, sufrimiento y preguntas sin respuesta. La única amiga en la que podía confiar era Brenda, y aunque su madre en cierto modo me daba un poco de miedo, cuando estaba en su casa me sentía como si estuviera en un hogar donde se me aceptaba y quería.
En esos momentos en los que me sentía tan infeliz, siempre acudía a mi mente la frase del escritor Samuel Johnson que mi padre me dejó escrita antes de partir hacia Dunkerque: “Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción”. “ ¿Cuánto tiempo más tenía que esperar?”, me repetía cada mañana al despertar. Afortunadamente la espera había llegado a su fin.
Cuando Brenda me vio llegar, corrió a reunirse conmigo mientras yo me apresuré a secarme las lágrimas. Su entusiasmado abrazo me confirmó que algo importante tenía que decirme.
—¡Está aquí! —me dijo con una sonrisa nerviosa.
—¿Quién? —pregunté desconcertada.
—Pues Colin y ¡su amigo! —me dijo con un histérico susurro—. Se llama Elwyn y según me ha dicho Colin, desde que te vio bailar hace tres semanas no deja de hablar de ti. Dice que cuando termina de trabajar se pasa las horas delante de la panadería para verte. Supongo que te espera sentado en un banco del parque a que termines para acompañarte a casa. El pobre aún no sabe que vives en el piso de arriba.
Al oír sus palabras cerré mis ojos ilusionada. Por lo visto parecía que Brenda no sabía que ya había hablado con él. No me podía creer lo que me estaba ocurriendo. Por fin le volvería a ver.
Yo también hacía días que me había fijado en él. Al tercer día de verle sentado en el mismo banco mirando fijamente hacia la panadería, supe que ya no estaba allí por casualidad, sino más bien para verme. Durante esas semanas intenté encontrar una excusa para salir y provocar un encuentro, pero por miedo a las reprimendas de mi tía no lo hice. Creo que me enamoré de él el mismo día que entró a comprar pan. Sin yo saberlo, la historia de mis padres volvió a repetirse. Cuando le vi caminar hacia el interior de la panadería empecé a temblar de nerviosismo pero a la vez de felicidad. Lo único que repetía en mi mente sin parar es que mi tía se quedara dentro de casa y me dejara disfrutar de aquel momento. Él también parecía estar nervioso. Su forma de mirarme, su torpeza al hablar provocada por la timidez y el color encarnado de sus mejillas los encontré tremendamente encantadores. Seguramente no necesitaba comprar pan porque cuando le pregunté “¿qué quería?” se me quedó mirando sin saber qué responder. Finalmente le volví a preguntar “¿pan de molde cortado?” Antes de responder, sonrió. Los hoyuelos de sus mejillas le hacían parecer simpático pero sobre todo, muy atractivo. “Sí, por supuesto” contestó. Cuando me preguntó cuánto me debía, le contesté que ya estaba más que pagado por todos los días que se había pasado sentado frente a la panadería.
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