Los aviones se alejaron dejando nuevamente la ciudad en ruinas. Milagrosamente habíamos sobrevivido. La gente empezó a salir de sus casas para ayudar a los heridos, los gritos de los que pedían auxilio te hacían mirar en todas las direcciones para tratar de encontrarlos. Los bombardeos dejaban tras de sí gente enterrada en vida bajo los escombros, niños que lloraban desorientados en busca de sus padres, bomberos intentando extinguir los incendios, familiares gritando el nombre de los que no encontraban, oscuridad, miedo, muerte. Ahora no era momento para la pasión, ahora tocaba agradecer un día más de vida. Me abracé a él llorando. Sus palabras me tranquilizaron.
—¿Por qué no vienes a mi casa esta noche? No creo que tu tía haga nada por protegerte si esos alemanes vuelven.
—Me encantaría pero no puedo. Tengo que regresar cuanto antes a mi casa para ver si todavía sigue en pie y si mi tía está bien. Ella es la única familia que me queda. Lo entiendes ¿verdad?
—Está bien —me dijo—, pero no olvides que ahora me tienes a mí. Si me necesitas, vendré a buscarte. Pity nos ayudará.
Al oír aquel nombre, algo se despertó en mi mente. Fue como si un recuerdo olvidado y lejano, que no podía ubicar, hubiese vuelto al presente.
—¿Quién es Pity? —pregunté.
—Es el propietario del pub que hay justo al lado de donde vivo. Es un buen tío. Me ha ayudado mucho desde que llegué a Birmingham.
En mi cabeza no dejaba de repetirme la misma pregunta: ¿De qué me suena ese nombre?
A medida que nos acercábamos a casa pudimos comprobar con alivio que todo seguía intacto. Creo que fue la primera vez que vi a mi tía preocupada por mí. Estaba de pie en la puerta de la panadería. Parecía como si me estuviese esperando. Cuando nos vio llegar hizo un intento por acercarse a nosotros pero finalmente permaneció inmóvil hasta que llegamos junto a ella.
—¿Estáis bien? —preguntó escuetamente.
—Sí, gracias tía. Si no hubiese sido por Elwyn no creo que esta vez hubiese sobrevivido.
Durante unos instantes aquella pregunta me hizo recordar la bondad que había visto en mi tía años atrás, pero rápidamente el odio que asomaba a través de sus ojos me devolvió a la realidad.
—Pues gracias, Elwyn —dijo frunciendo el ceño—. Venga, pasa a casa a cenar que mañana hay que madrugar.
Me cogió del brazo y tiró de mí sin apenas darme la oportunidad de despedirme de él. Ni siquiera sabía dónde vivía, así que otra vez me quedaba con la incertidumbre de saber cuándo le volvería a ver.
Pero esta vez Elwyn regresó antes de lo esperado, dispuesto a ganarle la batalla. Cada día, después de trabajar, se presentaba en la panadería a comprar pan y a preguntarle muy educadamente a mi tía si nos daba su permiso para pasear hasta la hora de cenar. Cuando día tras día las excusas se le fueron acabando, supo que Elwyn no descansaría hasta conseguir su propósito, así que finalmente se limitó a decirme que hiciera lo que quisiera. Desde ese día nos vimos diariamente en nuestro escaso tiempo libre hasta que decidió alistarse en el ejército.
El gimnasio había quedado reducido a cenizas en el último bombardeo, así que nuestras tardes de baile se habían terminado hasta que con el tiempo lo volvieran a reconstruir. En las pocas aulas que habían quedado en pie los alumnos se apelotonaban para recibir sus lecciones diarias y seguir adelante con el día a día. Nadie en aquella ciudad parecía estar deprimido sino todo lo contrario, con cada bombardeo que recibíamos, parecía que nuestra autoestima y orgullo seguían creciendo. La señorita Connolly sufrió varias heridas que la mantuvieron alejada de sus clases durante un tiempo. Aunque yo echaba de menos bailar, ahora prefería pasar la tarde con Elwyn.
En esos escasos dos meses que estuve con él, mi tía no volvió a llamarme la atención. Me levantaba temprano, preparaba el desayuno, hacía las tareas de casa, trabajaba en la panadería, recogía, me cambiaba de ropa y finalmente me iba con él a pasear. Mi vida, por fin, volvía a tener sentido. Como la única condición que nos impuso mi tía era que saliéramos con Brenda y su novio, siempre me esperaban en la puerta de la panadería para aparentar que pasábamos la tarde los cuatro juntos, pero en el momento que girábamos la calle, cogíamos caminos diferentes. Después de recorrernos la ciudad en busca de un lugar donde encontrar un poco de privacidad, Elwyn se atrevió a preguntarme si no me importaría acompañarle a donde vivía. Aunque lo deseaba, tenía muy presente que esa proposición me acercaba a una frontera que no debía de cruzar. Finalmente accedí pero imponiendo unas condiciones que él prometió cumplir. Al menos en su habitación no pasaríamos frío.
Cada día que pasaba a su lado, me resultaba más difícil regresar a casa con mi tía. En aquella habitación me sentía como si estuviese en mi hogar. Nos pasábamos la tarde abrazados en la cama, él siempre buscando dar un paso más, y yo poniendo límites en contra de mi voluntad, así que opté por no dejar de hacerle preguntas.
—Aún no sé nada de ti. ¿Cuándo me vas a explicar algo de tu familia? Ni siquiera sé dónde naciste.
Elwyn me miró con aquella sonrisa que tanto me enloquecía. Parecía que nunca encontraba el momento de hablar sobre ese tema. Finalmente entendí por qué.
—Así que la señorita quiere saber de dónde vengo. Ya habrá tiempo para hablar de eso.
Después de insistirle varios días, una tarde se presentó con una carta.
—¿Esto qué es? —pregunté desconcertada.
—Si tanto interés tienes en conocer mis orígenes aquí lo tienes todo escrito. Esta noche la lees y si mañana no quieres quedar conmigo, lo entenderé.
Aunque en aquella carta hubiese confesado que era un asesino, no creo que hubiese sido capaz de dejar de quererle, pero la verdad es que sus palabras me asustaron. ¿Qué motivo podía esconder para que yo decidiera romper con él?
Al día siguiente le vi sentado en el banco frente a la panadería. Ni siquiera se atrevió a esperarme en la puerta como hacía cada día. Cuando llegó la hora de cerrar, me cambié de ropa y salí a su encuentro. Nada más verme, se levantó y cerró sus manos con fuerza. Estaba nervioso. Empecé a caminar despacio hacia él pero al ver su rostro compungido, eché a correr para abrazarle. Sus brazos me estrecharon con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—¿Pero cómo has podido pensar que te dejaría después de leer la carta que me has escrito? —le recriminé furiosa.
—Gracias —me dijo con la voz entrecortada. No te imaginas la noche tan horrible y el día tan angustioso que he pasado. No sé qué haría si me dejases.
—Nunca, ¿me has oído? Nunca te dejaré de querer.
—Ni yo a ti tampoco.
Solo la muerte hubiese conseguido que rompiéramos nuestras promesas.
No habían pasado ni dos meses desde que nos conocimos cuando una mañana Brenda entró en la panadería con una expresión en su rostro de ausencia. Cuando la vi me asusté al pensar que podría estar enferma. Estaba pálida, tenía ojeras y había perdido un poco de peso.
—¿Qué te pasa, Brenda? —pregunté mientras la cogía por los brazos.
Como mi tía estaba despachando, aproveché para salir a la puerta y hablar con ella con un poco de intimidad.
—Se marchan —dijo con la mirada perdida—. No me puede dejar así. No se puede ir ahora.
—¿Qué quieres decir? —pregunté sin ser consciente de a qué se refería.
—Se marchan —me volvió a repetir mirándome a los ojos. Se han alistado en el ejército, Colin y Elwyn. En dos días se marchan hacia el sur.
Por más que trataba de hablar, las palabras no salían. Aquello no podía ser cierto. Elwyn me lo habría dicho.
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