No me atreví a mirarle. Estaba tan avergonzada que subí las manos para cubrir mi cara. Mis piernas se deslizaron por la cama sin fuerza hasta que poco a poco mi respiración empezó a encontrar un poco de calma. Elwyn no me dio un respiro. Se abalanzó sobre mí con una agilidad felina. Yo le abracé y abrí mis piernas todo lo que pude. Su mirada delataba tanta excitación que tuve miedo de que me hiciera daño. Sé que quiso ir despacio pero él tampoco pudo controlar sus actos, así que sin esperar tregua alguna se hendió en mi interior rompiendo la barrera que nos separaba para sentirnos una y otra vez. Me fue imposible contener un grito de apasionado dolor que aplaqué clavándole las uñas en la espalda. Después del primer momento recibí las sucesivas embestidas con una total entrega, como si fuese el preludio de mi eterna unión con él. El placer que sentía Elwyn se materializó en unos continuos gemidos que me hicieron olvidar el dolor que me infringía. A cada embestida me apretaba más, como si quisiera llegar al fondo de mis entrañas. Yo me mordía el labio para permanecer callada y sumisa. Intentaba pensar qué podía hacer para que disfrutara más pero el peso de su cuerpo sobre el mío apenas me dejaba moverme. Ya no podía abrir más mis piernas pero sí que podía subirlas. Mis manos abandonaron su espalda para coger mis muslos y subirlos lo máximo posible. Aquel cambio pareció gustarle porque empezó a moverse más rápido. La nueva postura me dolía y me escocía pero sin embargo me gustaba. Parecía que hubiera perdido la razón. Él buscó desesperadamente mi boca para perderse en un beso húmedo y salado de pura lujuria. Me apretaba, me embestía, me rompía pero yo seguía firme en mi total entrega hasta que finalmente se derramó en mi interior.
Durante unos segundos permanecimos abrazados. Elwyn me susurró un sincero te quiero que me agrandó el alma. El amor, el miedo y la desesperación se adueñaron de nuestros cuerpos en una continua lucha de poder. Él se acomodó junto a mí y yo me cobijé entre sus brazos. Fue entonces cuando me atreví a preguntarle por el vendaje que llevaba en el brazo.
—¿Qué te ha pasado? ¿Tienes una herida? —pregunté preocupada.
—No, bueno sí, pero ya está cicatrizando. ¿Por qué no me retiras el vendaje y le echas un vistazo? A lo mejor te gusta —me dijo enseñando sus hoyuelos.
Sorprendida por sus palabras, retiré la venda para descubrir, ante mi total asombro, mi cara tatuada en su brazo.
—Si me llevo la foto que me diste la puedo perder, me la pueden quitar o se puede romper. Así me aseguro de que siempre te llevaré conmigo.
—Elwyn, no sé qué decir. Es lo último que me hubiese imaginado, pero si te he de ser sincera, me encanta. Te quiero. ¿Lo sabes, verdad? Jamás podré querer a nadie como te quiero a ti.
La mirada de Elwyn se cristalizó pero antes de que sus ojos se nublaran, me abrazó y me besó en la frente.
—Yo también te quiero mi pequeña Turner. No habrá nadie que pueda ocupar tu lugar. Pase lo que pase siempre serás tú la única. No lo olvides nunca.
Permanecimos abrazados hasta que pudimos controlar nuestras lágrimas. Tan solo nos quedaba esa noche para estar juntos. No pasaron más de diez minutos cuando decidimos saborear la cena que nos había traído Peter. Me levanté, me puse únicamente la combinación para cubrir mi cuerpo y prepararé la mesa. Comimos un suculento shepherd’s pie sentados uno frente al otro, sin apenas hablar, presos de la angustia por el futuro que nos esperaba. Cuando terminamos de comer, preparé un té para acompañar los scones . La mermelada que Elwyn tenía en la comisura de los labios fue la excusa perfecta para que me sentara sobre él y empezara a besarle hasta que acabamos haciendo el amor sobre aquella silla, mientras la noche avanzaba sin freno. De regreso a la cama nos abrazamos y empezamos a hablar para permanecer despiertos.
—Cuando regrese de la guerra pienso acabar mis estudios de carpintería y quién sabe, a lo mejor acabo dando clases en alguna escuela. No me veo toda mi vida en una fábrica haciendo tornillos, la verdad.
—¿Y qué harás conmigo? —pregunté con incertidumbre.
—¿Contigo? Pues sencillamente en cuanto llegue lo primero que haré será pedirte en matrimonio y si tu tía me lo impide, te dejaré embarazada para que no tenga más remedio que claudicar. Que sepas que pienso formar una gran familia.
—¿Cómo de grande? —pregunté.
—¿Cinco hijos te parece bien?
—¿Cinco? —dije sorprendida.
—Sí, cinco me parece un buen número y ya hasta sé qué nombres les pienso poner.
—Dímelos.
—Al primero me gustaría llamarle Philip porque lo encuentro un nombre con clase. El resto será muy fácil, Robert y Bárbara por tus padres, Jennifer por tu tía…
—¿Quieres que una de nuestras hijas se llame como mi tía después de cómo se está comportando con nosotros?
—Sí, será una lección para ella que no olvidará. Y si finalmente te convenzo para tener el quinto, me gustaría que se llamara Colin, como mi amigo. ¿Qué te parece?
—La idea de poner el nombre de mis padres la encuentro maravillosa. ¿No se enfadarán los tuyos?
—Afortunadamente ellos siguen vivos y dudo mucho que se molesten. Y viviremos felices hasta que la muerte nos separe.
—No digas eso —dije con miedo.
—Elisabeth, mírame. No me pienso morir en esta guerra. Me moriré, sí, pero de viejo y junto a ti. Tenemos una larga vida por vivir y muchas cosas por hacer y no pienso dejar que nada ni nadie se interponga entre nosotros, así que no te queda otro remedio que esperarme. ¿Lo harás, verdad?
—Sí, te esperaré —contesté con los ojos vidriosos.
—Anda, dame un beso e intenta dormir un poco.
—No, no quiero dormir.
—Está bien, pues nos quedaremos despiertos hasta que amanezca.
La luz del amanecer irrumpió en la habitación para anunciarnos que el momento de la despedida se acercaba. El nudo que oprimía mi garganta me obligó a llorar. Elwyn tampoco pudo hablar. Hicimos el amor despacio, con la misma pasión como si fuera la última vez, después nos vestimos rodeados de un silencio sepulcral que solo interrumpimos para decirnos adiós.
—Por favor, Elisabeth, no llores, no me lo pongas más difícil todavía. Deja que la última imagen que tenga de ti sea tu sonrisa —me suplicó con los ojos inundados.
Con un suspiro entrecortado, conseguí detener mis lágrimas y esbozar una sonrisa cargada de tristeza y de temor.
—Tendrás cuidado, ¿verdad? —supliqué—. Pero qué estúpida soy, ¿cómo se puede tener cuidado en medio de una guerra? Por favor, lucha con todas tus fuerzas, pero para regresar junto a mí cuanto antes. ¿Lo harás?
—Te lo prometo y tú sé fuerte. Nunca pierdas la esperanza porque regresaré, ¿me oyes? Pase lo que pase volveré a por ti. Sueña con el primer amanecer que podremos ver juntos sin tener que separarnos nunca más. No sabes lo mucho que me duele alejarme de ti. Te quiero tanto. No lo olvides nunca.
—Lo haré. Soñaré con ese amanecer hasta que lo viva contigo. Te quiero.
Nos fundimos en un último abrazo cargado de pasión e incertidumbre. Elwyn me miró, me dio un tímido beso en los labios y desapareció tras la puerta con paso firme sin detenerse ni tan siquiera a cerrarla. El abandono que regresó a mí para quedarse me hizo temblar como una niña desamparada en medio de un mundo al que no le importase su vida. La angustia me hizo precipitarme a la puerta para bajar escaleras abajo y volver a abrazarle pero cuando oí a Peter hablar con él, me quedé junto a la puerta para escucharles.
—No te avergüences de llorar muchacho. Es lo más normal. Toma, te he preparado algo de comer para el viaje.
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