—¿Así que me has visto? Y yo que pensaba que no te habías fijado en mí —dijo un poco más tranquilo.
—Claro que te he visto —contesté.
Después de unos segundos de silencio en los que me miró fijamente a los ojos, volvió a hablar.
—Me encanta cómo bailas —dijo directamente en voz baja, casi susurrando.
Yo agaché mi cabeza avergonzada pero a la vez feliz.
—Me encantaría…—empezó a decir hasta que mi tía apareció de repente.
—A mí lo que me encantaría es que si ya no tienes nada más que comprar salieras de mi panadería. Y otra cosa, como te vuelva a ver sentado en el banco controlando cómo trabajamos, llamaré a la policía —dijo mi tía señalándole con el dedo.
Yo me quedé paralizada sin saber cómo reaccionar y Elwyn se puso firme al escucharla y obedeció.
—Siento las molestias ocasionadas señora. No volverá a ocurrir. Que tengan una buena tarde.
Me miró, movió su cabeza en señal de saludo y salió de la tienda con paso firme. Al verle marchar cerré los ojos aterrada, no por todo lo que tendría que oír de boca de mi tía sino más bien por no saber cuándo le volvería a ver. El sábado de esa misma semana recibí mi correspondiente castigo por no haberle cobrado el pan de molde. Mi tía me hizo limpiar a fondo la panadería de arriba abajo y de esquina a esquina. ¿Qué mejor forma de castigarme que privándome de bailar? Cuando acabé estaba tan agotada que hubiese sido incapaz de dar un solo paso de baile. Ni siquiera cené, después de asearme me fui directamente a dormir. En mi mente únicamente estaba él y la angustia por saber cuándo le volvería a ver. Finalmente, la espera había llegado a su fin.
—¿Y está aquí? —pregunté mientras miraba sobre el hombro de Brenda.
—Pues claro, ¿es que no has oído lo que te he dicho? —me dijo mientras me cogía del brazo y emprendíamos el camino hacia ellos.
Colin y Elwyn nos esperaban en la puerta de entrada del gimnasio. A medida que nos acercábamos, la sonrisa de Elwyn crecía hasta completar la curva perfecta para que los hoyuelos aparecieran en sus mejillas. Brenda abrazó a Colin y le besó como si no le importara lo que pensara la gente de ella. Yo me quedé inmóvil frente a Elwyn hasta que Colin nos presentó. Su primera reacción fue la de acercarse a mí para darme un beso pero enseguida retrocedió. Qué lástima, pensé, sorprendida de mi actitud. La verdad es que me moría de ganas de besarle. Estiró su brazo educadamente para darme la mano y yo precipité la mía para unirme a la suya. Durante unos instantes la apretó con fuerza como si no quisiera separarse de mí. Colin se echó a reír.
—Le vas a romper la mano, galés —dijo mientras le daba una palmada en el espalda—. Venga, vamos adentro, que tengo ganas de bailar y de un poco de oscuridad.
Colin abrazó a Brenda por la cintura, ella me guiñó un ojo y desaparecieron tras la puerta. Nosotros dos nos miramos unos segundos presos de una terca timidez que no nos dejaba hacer otra cosa que sonreír. Finalmente Elwyn me cogió de la mano tímidamente y con un escueto “vamos” entramos en el gimnasio. Ese simple gesto despertó en mí sentimientos que ya tenía olvidados como la protección, la ternura y ¿el amor? ¿Me estaba aferrando a él para huir de mi vida, o realmente era cierto que el amor a primera vista existía? Muchos sábados me había fijado en chicos que me devoraban con la vista al verme bailar, pero ninguno de ellos había despertado en mí esta sensación de alegría y ganas de vivir. Ahora entendía las palabras del escritor Samuel Smiles: “ La esperanza es como el sol, que arroja todas las sombras detrás de nosotros”. Frente a mí solo veía luz, comienzo, felicidad. Atrás quedaban las sombras que me habían acompañado durante esos cuatro años.
Una vez dentro, me soltó de la mano tan despacio que lo sentí como una caricia. Empezamos a mirar a todas partes en busca de nuestros amigos. Finalmente Elwyn los encontró en una esquina oscura y apartada, a merced de una pasión sin trabas. Yo me sonrojé y aparté la vista de ellos rápidamente. Elwyn me volvió a sonreír.
—Creo que no nos acompañarán durante un buen rato —dijo levantando los hombros—. Mejor, así podremos hablar y conocernos un poco. Supongo que esta vez tu tía no aparecerá de repente ¿no?
Yo me eché a reír.
—No, no vendrá. Nunca ha venido a verme a bailar.
—Ella se lo pierde. Por cierto ¿no me digas que creíste que no te volvería a ver? Si lo pensaste es que no me conoces bien todavía.
—Pues la verdad es que tenía mis dudas. Como no has vuelto por la panadería…
—Quise dejar pasar unos días para que pensara que le había hecho caso. Además creí que el sábado te vería pero como no apareciste supuse que tu tía no te dejó venir. Si no hubieses venido hoy, hubiese ido en busca tuya.
Las luces de colores que iluminaban intermitentemente el gimnasio me hacían sentir como si estuviera dentro de un sueño, pero lo que más agradecí fue el alto volumen de la música. Si quería oír lo que me estaba diciendo, tenía que acercarme a escasos centímetros de él. Cada vez que me preguntaba algo, cerraba mis ojos como si estuviese esperando que me besara. Ni yo misma me conocía. Giraba mi cara lentamente como si mi oído estuviera en mi boca. Nunca antes había sentido ese deseo tan abrumador, que me hacía olvidar cómo debía comportarse una chica decente y envidiar la libertad con la que Brenda se dejaba llevar. Lo que más deseaba en ese momento, además de besarle, era abrazarle. Su compañía me había devuelto las ganas de vivir. A su lado, el tiempo parecía haberse detenido. Al cabo de un rato me cogió de la mano y nos dirigimos a la pista a bailar. Como si fuese un bailarín profesional, me hizo girar en redondo para que mi falda luciera en todo su esplendor. Empecé a dar los primeros pasos despacio para que pudiera seguirme sin dificultad, pero cuál fue mi sorpresa al descubrir que no tardó ni un segundo en marcar el ritmo de aquel baile. Al final era yo la que le seguía a él. La gente de alrededor dejó de bailar para fijarse en nosotros. Al cabo de unos minutos estábamos solos en la pista dando una lección magistral de cómo bailar en pareja. Cuando la orquesta acabó la canción, Elwyn me cogió en volandas y empezó a dar vueltas, mientras todos los allí presentes estallaron en aplausos y vítores de alegría. Estar en sus brazos me hacía sentir una mujer adulta. Se detuvo y me hizo descender poco a poco hasta que mis pies tocaron el suelo sin dejar de mirarme. Mi corazón latía a una velocidad incontrolable. Estábamos tan cerca el uno del otro que nuestros alientos se mezclaban en uno solo. Le quería besar pero mi terca educación no me lo permitía. Afortunadamente, la suya fue más flexible. Cuando le vi acercar lentamente su cara a la mía cerré los ojos, pero la magia del momento desapareció en un suspiro. La realidad cayó sobre nosotros como una guillotina que te sesga la vida en un segundo. Las sirenas empezaron a alertarnos de un nuevo bombardeo alemán. Sus manos firmes me apretaron contra él para hacerme sentir segura en sus brazos. Nunca antes había agradecido tanto un bombardeo como en ese día. La música cesó de repente para dejar paso a la voz del director que nos alertaba, a través del micrófono, de que los alemanes se acercaban, y que el gimnasio no era un lugar seguro. Nos dijo que debíamos de buscar un refugio lo antes posible. Las luces de colores desaparecieron para dejar paso a las potentes luces blancas de los focos, que permanecieron encendidas hasta que la última persona salió de allí, para luego apagarse y unirse a la absoluta oscuridad que se cernía sobre la ciudad cada vez que había un ataque aéreo. La gente corría despavorida hacia la salida. Elwyn me abrazó y me retuvo hasta que el colapso de la puerta se desvaneció. Yo le dije que debíamos de buscar a Brenda pero su respuesta fue tajante. Colin cuidará de ella, me dijo mientras me apretaba contra él. Cuando conseguimos salir a la calle, todo era ya oscuridad. Sobre nosotros el ruido de los aviones marcaba el inicio de una noche muy larga. Las sirenas que nos alertaban se mezclaban con las sirenas de los bomberos que ya habían empezado a circular a gran velocidad por las calles oscuras y desiertas, a excepción de unos cuantos rezagados. Los trozos de los edificios bombardeados empezaron a caer sobre nosotros como si fueran granizo. La metralla incandescente volaba por los aires nada más estallar las bombas y caía a nuestros pies como si quisieran cerrarnos el paso. Aquel bombardeo parecía el final del mundo. Por primera vez en esos cuatro años le supliqué a la muerte que me dejara vivir unos años más, pero las bombas, la oscuridad y el fuego parecían tener otros planes para mí. Corríamos sin saber hacia dónde ir. Elwyn tiraba con fuerza de mi mano para que le siguiera en busca de un lugar seguro donde refugiarnos, pero el cielo estaba tan plagado de aviones que fueras donde fueras no había escapatoria posible. Exhaustos y rendidos a nuestro destino, Elwyn me arrinconó contra un edificio, me abrazó con fuerza y cubrió mi cabeza con sus brazos. El calor que se desprendía de su agitada respiración me hacía temblar todo el cuerpo al notarlo en mi cuello. Me sentí tan protegida que el miedo desapareció completamente. Qué forma más dulce de morir, pensé. Por mi mente no pasaron mis años vividos, sino todo lo contrario, cerré los ojos y soñé todo lo que me hubiese gustado hacer con él. Lloré, pero no de miedo sino de impotencia al pensar que nunca llegaría a vivirlo. El tiempo se acababa pero yo no podía morirme sin antes besarle. Levanté despacio mi cabeza para intentar ponerme a la altura de sus labios. Él acarició mi melena suavemente. Yo le dije “gracias” y él me contestó “a ti”. Nos besamos como si fuéramos amantes obligados a separarse para siempre. Nuestros cuerpos se apretaron como si quisieran traspasar la ropa, mis manos sobre su espalda le impedían alejarse lo más mínimo de mí. Su mano sujetaba mi nuca con la misma intención mientras que la otra se aferraba a mi cintura. ¿Fue quizá la pasión la que hizo un nuevo pacto con la muerte? ¿O quizá el amor había conseguido negociar con ella para dejarnos vivir una vida plena? Fuera como fuera, la muerte siempre tendría la última palabra.
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