—Muchas gracias Pity —respondió Elwyn—. Eres muy amable. Te agradezco mucho tu hospitalidad y la cena de anoche. ¿Te puedo pedir un último favor?
—Lo llevo haciendo desde que Robert me lo pidió antes de partir a Francia, tal y como me lo vas a pedir tú ahora. No te preocupes por Elisabeth que yo cuidaré de ella hasta que regreses, pero regresa. No temas, que esta vez lo conseguiremos. Sé fuerte muchacho y vuelve pronto. Anda, deja que te de un abrazo.
—Adiós, Peter, y gracias por todo.
Al oír que se marchaba, me dirigí hacia la ventana. El nudo que tenía en el estómago apenas me dejaba respirar. Abrí las cortinas para apoyar mis manos y mi frente en el frío cristal. Elwyn caminaba decidido por mitad de la calle cuando de repente se paró y se giró para mirarme. Me vio apoyada en la ventana con las palmas de las manos abiertas. Se quedó quieto mirándome durante unos segundos hasta que finalmente levantó su mano para decirme adiós. Se besó los dedos y los dirigió hacia mí. Yo no pude moverme. Tan solo lloraba y temblaba. Le vi cerrar su mano con fuerza. Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la estación en busca de Colin.
Recibí su último beso con la amarga sensación de que no le volvería a ver en mucho tiempo. Las lágrimas me nublaron la vista. Cerré los ojos porque la sola visión de ver como se alejaba me desgarraba por dentro. Lloré sin importarme que me oyeran porque volví a sentirme sola y abandonada. Las fuerzas desaparecieron de mi cuerpo y me hicieron sentir frágil y vulnerable. Poco a poco me dejé caer en el suelo hasta que mi cuerpo se amoldó como si fuera una muñeca de trapo. La soledad había regresado a mi vida con la firme decisión de no abandonarme en mucho tiempo. Al menos ahora podía contar con Peter.
Cerré el cuaderno despacio y lo dejé en el suelo a mi lado. El pasado de mi madre, que acababa de descubrir, me hizo llorar desconsoladamente al ser consciente de lo mucho que tuvo que sufrir años atrás. En ese instante entendí muchas cosas. Su forma de ser tenía un motivo. Me acurruqué bajo mi manta porque tenía frío pero, aunque era bien entrada la noche, el sueño había desaparecido. No pude regresar a mi habitación sin antes conocer algo más sobre el verdadero amor de mi madre. En sus escritos descubrí que mi nombre no fue puesto por azar sino más bien por cumplir un sueño que se quedó a medias. En mi cabeza batallaban un sinfín de preguntas, sentimientos y tristeza que me abrumaban. Quería a John, mi padre, pero las palabras de mi madre consiguieron que una parte de mi corazón empezara a querer a Elwyn. Necesitaba conocerle. Quería saber cómo era y cómo murió. Me sequé las lágrimas con las manos, me acerqué al baúl y saqué un grupo de cartas que estaban atadas con un lazo. El destinatario: Elisabeth Turner, el remitente: Elwyn Griffiths-Jones, mi padre.
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