Isabel Montes - Gold Beach

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Elisabeth ha guardado su gran secreto en un baúl cerrado bajo llave durante años. Cuando su hijo Philip lo encuentra y empieza a leer el diario que su madre lleva años escribiendo a escondidas, descubre atónito un pasado que derrumba los pilares sobre los que se ha sostenido su vida. Con tan solo catorce años, Philip sentirá el deber moral de vengar el honor de su madre, sin ser consciente de que el camino que va a iniciar no sólo le llevará a conocer a su verdadero padre sino también a descubrir un mundo de maldad y muerte perpetrado por intereses y desamores. Una anciana que pasa sus horas sentada en un banco en la estación de tren será su ayuda más inestimable.
Adéntrate en esta historia que te hará viajar por Gran Bretaña, desde los albores de la II Guerra Mundial hasta principios de los años setenta, y donde descubrirás como las jugadas del destino y las falsas apariencias pueden cambiar el curso de tu vida en un abrir y cerrar de ojos.

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—No me lo puedo creer —dije con la boca abierta—. ¿Y la atravesaron?

—Por supuesto.

—¿Y no pisaron ninguna mina?

—Si lo hicieron en los libros no dicen nada así que vamos a pensar que no. Sobre las doce del mediodía, Lord Lovat y sus hombres se aproximaron al punto de encuentro. La 6ª División Aerotransportada llevaba luchando más de doce horas. Las fuerzas y la munición de aquellos hombres estaban llegando a su fin. Pero entonces empezaron a oír a los lejos el sonido de las gaitas. Sobre la una de la tarde los vieron llegar mientras tocaban Blue Bonnets over the Border. Aquella música hizo olvidar a los soldados donde se encontraban. Empezaron a saltar, a gritar, a abrazarse y a correr hacia sus salvadores ante los ojos atónitos de los alemanes, que no entendían lo que estaba ocurriendo. Antes de regresar al combate unidos, Lord Lovat se dirigió al coronel al mando y echando un vistazo a su reloj, dijo con voz tranquila: “Siento haber llegado con unos minutos de retraso”.

Isobel empezó a aplaudirse con una sonrisa de satisfacción y yo me uní a ella con una carcajada. Qué hombre debió de ser Lord Lovat, pensé. Aquella historia me entusiasmó y me hizo olvidar tan solo por un tiempo mi otra realidad.

—Caramba, no tenía ni idea de esta historia, pero tienes razón, los escoceses somos únicos —dije con orgullo—. El lunes, al salir de clase, si no te importa te acompañaré a tu casa para que me enseñes esos libros y las fotos de tu padre. Me gustará conocerle.

Isobel no dijo nada, simplemente me miró con una sonrisa y un suspiro que no me pasó desapercibido. Fue como si finalmente hubiese conseguido lo que llevaba tiempo esperando. Aquel día empezó nuestra amistad.

Mi madre regresó a casa al cabo de una hora que transcurrió como si solo hubiesen pasado unos minutos. La compañía de Isobel me embrujó de tal forma que me hizo olvidar que el mundo seguía existiendo fuera de las paredes de mi casa. Al oír la puerta de entrada nos levantamos del sofá a la vez como si nos hubiesen sorprendido haciendo algo incorrecto. Acudimos al recibidor al encuentro de mi madre para ofrecerle nuestra ayuda, pero ella, después de darnos las gracias, se negó en redondo. Cuando la miré supe que buscaba soledad. Isobel se quedó de pie en el recibidor frente a la vela que se consumía despacio al lado de la foto de mi padre y me miró extrañada. Desoyendo la petición de mi madre, la acompañé a la cocina para ayudarla a guardar la compra. Isobel nos siguió y se sentó junto a la mesa.

—Sra. McCoolant, ¿murió su padre en el desembarco de Normandía? —preguntó con curiosidad.

Mi madre no fue capaz de girarse para mirarla. Siguió guardando la compra como si no la hubiese oído. Al cabo de unos segundos en los que supe que no podía responder a aquella pregunta, salí en su ayuda.

—No. Mi abuelo murió en Dunkerque. Si lo preguntas por la vela, es una costumbre que tiene mi madre. De vez en cuando la enciende en recuerdo de mi padre.

Mi madre se giró muy despacio para mirarme de reojo. Estaba llorando pero con su sonrisa supe que me daba las gracias. Me apresuré en guardar todo lo que había comprado. Tenía que sacar de allí a Isobel para que mi madre tuviera la soledad que necesitaba ese día.

Aquel seis de junio representó un antes y un después en mi vida. No solo por todo lo que descubrí en el diario de mi madre, sino también por lo que empezó entre Isobel y yo.

Aunque Geena llegó a casa bien entrada la noche, todos quisimos esperarla despiertos. Sus facciones denotaban el cansancio de su larga jornada laboral pero eso no fue inconveniente para que corriera al encuentro de su hija y la abrazara con mucho cuidado de no lastimarla. Mi madre preparó té para todos y unas galletas que saboreamos en el salón, mientras Isobel le explicaba a su madre lo bien que lo había pasado conmigo y con Betty. Geena sonreía al ver que su hija estaba feliz y no pensaba, de momento, en las secuelas que le quedarían de aquel fatídico accidente.

No había transcurrido más de media hora cuando decidimos ir a dormir. El día había sido demasiado largo para todos. Cuando nos dirigimos escaleras arriba hacia los dormitorios mi corazón empezó con su particular carrera, al ver que se acercaba el momento de regresar a la buhardilla. Después de darnos las buenas noches en el rellano cada uno se dirigió a su dormitorio. Madre e hija caminaron abrazadas hacia una de las habitaciones de invitados pero antes de desaparecer tras la puerta, Isobel se giró hacia mí para regalarme una sonrisa que consiguió ruborizarme. Mi madre sonrió al ver el color de mis mejillas. Se acercó a mí, me abrazó y me besó con la ternura que era habitual en ella, pero esta vez se me quedó mirando como si quisiera decirme algo. Sé que intentó hablar pero finalmente no lo hizo. Yo traté de sonreír pero creo que fui incapaz de disimular el remordimiento que me consumía por dentro. Me acarició el pelo y finalmente se dirigió a su dormitorio. Yo no me moví hasta que la vi desaparecer tras la puerta.

El recibidor se había quedado sumido en la penumbra de la noche. Miré escaleras arriba. Quería subir a la buhardilla cuanto antes pero debía ser cauto. Tenía que esperar un tiempo prudencial para asegurarme de que todas estuvieran durmiendo. Entré en mi dormitorio y encajé la puerta sin llegar a cerrarla del todo para evitar cualquier ruido. Me puse el pijama, me senté en la cama y esperé pacientemente mientras miraba el cielo estrellado a través de la ventana. Al cabo de un cuarto de hora los ojos me pesaban como dos losas. Me levanté de la cama porque sabía que si me tumbaba acabaría durmiéndome. Froté enérgicamente la cara con las manos mientras caminaba hacia la ventana y una vez allí acerqué la mejilla al cristal para conseguir que el frío me despertara. Los ojos me seguían pesando pero la ansiedad me apremiaba a retomar el camino que había emprendido esa misma mañana. Con sumo cuidado saqué del armario una linterna. Mi llavero ya estaba en el bolsillo del pijama. Cogí la manta pequeña que cubría la parte baja de la cama, me envolví en ella y empecé a caminar. Después de encajar la puerta de mi dormitorio con el mayor sigilo posible, miré el recibidor. Todo estaba en calma. No quise encender la linterna así que esperé a que mis ojos se acostumbraran a la penumbra. Finalmente conseguí ponerme en marcha sin romper ni la luz ni el silencio de la noche. Mi única preocupación era el crujir del suelo de la buhardilla. En el último tramo de escaleras encendí la linterna. Cuando finalmente llegué, me sorprendió encontrar la puerta abierta de par en par pero la tensión del momento me impidió recordar si la había cerrado o no esa mañana. Me quedé en la puerta petrificado como si hubiese visto la cara de Medusa. Nunca antes había subido allí de noche. En el exterior, el sonido de los árboles meciéndose al compás de un viento agitado me hizo temblar de frío pero en realidad, aunque no lo quise reconocer en ese momento, no era solo frío lo que sentía. La única ventana que había era demasiado pequeña para que entrara la suficiente luz que iluminara toda la estancia. Tan solo se veía con claridad el centro de la habitación pero el resto quedaba sumido en la oscuridad. Ni siquiera me atreví a dirigir la luz de mi linterna para echar un vistazo general, porque tenía la extraña sensación de que me estaban observando. Aunque conocía perfectamente lo que había en cada rincón de esa habitación, ahora parecía como si fuese el escondite perfecto para cualquier intruso. Me tuve que repetir varias veces que estaba solo para armarme de valor y entrar, pero cuando fui a dar el primer paso pensé que era mejor regresar de madrugada. No me lo pensé dos veces. Me giré decidido a volver a mi habitación pero cuando estaba bajando las escaleras me avergoncé de mi cobardía. Volví a subir y sin querer mirar nada de lo que me rodeaba, me dirigí directamente hacia el baúl con la mirada fija en el suelo. Más que caminar, deslicé los pies para no hacer crujir la madera. Cuando mi linterna iluminó el baúl casi me quedé sin respiración. Estaba abierto. No tenía la menor duda de que lo había cerrado por la mañana para dejarlo tal y como lo encontré. Mi corazón empezó a latir como si hubiese perdido el control sobre sí mismo. Lo que me esperaba era encontrarlo cerrado con el candado, por eso traía mis llaves. Por la tarde habría jurado oír a mi madre subir a la buhardilla. Pensé que lo había hecho para cerrarlo. ¿Por qué ahora estaba abierto? ¿Acaso me estaba dando permiso para que leyera su diario? No sabía qué hacer. Mi pesada respiración rompía el silencio de la noche. No me atrevía a mirar ni a derecha ni a izquierda y mucho menos a mi espalda. ¿Estaba mi madre escondida en algún rincón? Durante unos segundos valoré la idea de preguntar en voz alta: “¿mamá, estás aquí?” pero finalmente no lo hice. Cerré los ojos y me dije “adelante”. Me acurruqué bajo mi manta como si pudiese desaparecer dentro de ella. Alargué mi mano temblorosa hacía el baúl y saqué el primer cuaderno. Me senté en el suelo con las piernas cruzadas y sin poder controlar el temblor que sacudía todo mi cuerpo retomé la lectura allí donde la dejé esa misma mañana.

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