—Me ha dicho Colin que esta tarde Elwyn te lo dirá a ti también.
La volví a mirar mientras seguía agarrando sus brazos con fuerza como si quisiera evitar caerme. El abandono que había conseguido olvidar en esos dos meses, cayó sobre mí como una pesada losa de la que sería incapaz de deshacerme por mí misma. Me abracé a Brenda llorando. Tampoco a mí me podía dejar así.
Cuando aquella tarde le vi acercarse a la panadería, salí a su encuentro. Las facciones de su cara me confirmaron que lo que me había dicho Brenda era cierto. Corrí hacia él pero no para abrazarle. En esta ocasión levanté mis puños para pegarle. Antes de que lo hiciera me cogió por las muñecas y me detuvo. Yo rompí a llorar desconsoladamente. Cuando notó que mis brazos ya no luchaban, me abrazó.
—¿Por qué me haces esto? —le pregunté sollozando.
—Porque es lo que tengo que hacer. ¿No lo entiendes? No me puedo quedar quieto mientras esos alemanes no dejan de bombardear las ciudades. ¿Y si mueres?
—¿Y si mueres tú? —le grité cerrando mis puños otra vez con fuerza.
—No lo haré, te lo prometo. Acabaremos con esta maldita guerra de una vez por todas. Vendré a por ti, me casaré contigo le guste a tu tía o no y formaremos una familia.
—Mi padre no regresó y mira en lo que se ha convertido mi vida. Si tú no regresas, no creo que pueda seguir adelante.
—No digas eso, ¿me oyes? Mírame —me dijo mientras cogía con fuerza mis brazos y me zarandeaba—. Voy a regresar, voy a regresar a por ti. Te lo prometo.
Apenas tenía fuerzas para mantenerme en pie así que me aferré a él llorando desconsoladamente.
—Mañana pasaré la noche contigo —le susurré sin pensar ni tan siquiera en las consecuencias. Él me estrechó entre sus brazos mientras mi tía nos miraba fijamente desde la panadería.
Al día siguiente me comporté como si fuese un día normal y corriente. Al terminar mi jornada, subí a mi dormitorio para cambiarme de ropa, pero en esta ocasión la elección de mi atuendo fue mucho más meditada. Me despedí de mi tía como si fuese a volver al cabo de dos horas para cenar pero por la forma en cómo me miró, supuse que debía intuir algo. Al salir por la puerta fui consciente de que acababa de iniciar un camino sin retorno.
Elwyn me esperaba en el parque. En su cara se veía incertidumbre y nerviosismo. Cuando me acerqué a él, le besé tímidamente en los labios. Aquel simple gesto le hizo ver que no me había echado atrás. Nunca antes le había besado en plena calle. Me sonrió y sin perder un segundo me cogió de la mano y empezamos a caminar. La casa donde vivía estaba en Strarford Rd., a dos manzanas de la mía. Durante el trayecto no cruzamos una sola palabra. Yo ni siquiera pensé en mi tía ni en el castigo que me esperaría al día siguiente, lo único que me preocupaba en ese momento era estar a la altura de las circunstancias, pero sobre todo que Elwyn regresara. Cuando llegamos a la entrada de una pensión, nos detuvimos.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —me preguntó Elwyn nervioso.
—Segurísima —contesté con una sonrisa.
—Sobre todo no digas que tienes dieciséis años. Pity es un buen tío pero a lo mejor se echa atrás si se entera de lo joven que eres. Le he hablado mucho de ti, así que ya casi te conoce.
—¿Vamos a pasar la noche en esta pensión? Yo creí que iríamos a tu habitación —dije sorprendida.
—No. Allí no hay intimidad y no quiero que cualquiera de los que viven conmigo nos moleste.
Yo le cogí la mano y le di mi conformidad con una sonrisa. Quizá tenía razón. Al entrar vimos que la recepción de la pensión estaba vacía. Ambos miramos hacia la izquierda por el largo pasillo que acababa en el pub desde donde el propietario nos vio. Terminó de servir un par de pintas sin dejar de mirarme y, con una sonrisa que no supe interpretar, se dirigió hacia nosotros con un lento caminar provocado por una cojera.
—Bienvenida, pequeña Turner —dijo nada más llegar junto a nosotros.
—¿Me conoce? —pregunté sorprendida al oír cómo me había llamado.
—Ya te he dicho que le he hablado mucho de ti —respondió Elwyn—. Él fue el que me animó a que fuera cada día a la panadería hasta conseguir que tu tía se hartara de mí y te dejara salir conmigo.
—Sí, ya me lo dijiste pero me ha llamado pequeña Turner y solo mi padre me llamaba así. ¿Usted le conoció? —pregunté.
—Más de lo que te imaginas. Y hablando de familia. ¿Qué piensas tú que hará tu tía cuando se entere de que te he dado una habitación? —dijo mientras levantaba una ceja y fruncía los labios.
—No tiene por qué enterarse. Si me pregunta le diré que pasé la noche en la habitación de Elwyn, porque sea aquí o en otro lugar pienso pasar la noche con él. Mañana de madrugada parte hacia el sur y no sé cuándo regresará. Esta noche es lo único que nos queda.
—Tienes los ojos de tu madre y por lo que veo el carácter decidido de tu padre. Esta noche dormirás en mi pensión. La cocina ya está cerrada pero os he guardado algo para cenar. Enseguida os lo subirán.
Elwyn no entendía nada de lo que estaba pasando allí.
—Entonces ¿la conoces? —preguntó extrañado.
—Claro que sí. Y ten por seguro que si no hubieses sido de mi agrado, no te hubiese permitido acercarte a ella.
—Ya lo veo. Así que he sido engañado sin darme cuenta. Yo, venga a contarte cosas de ella, y tú haciéndote de nuevas. Por cierto, te agradezco lo de la cena pero no sé si podré pagártelo todo —dijo Elwyn abatido.
—No te preocupes. La habitación y la cena ya están más que pagadas. Considéralo un regalo de despedida.
—Muchas gracias Pity.
—¿A dónde te envían muchacho?
—Aún no lo sé, solo tenemos órdenes de partir hacia la costa, supongo que una vez allí nos dirán nuestro objetivo.
—Malditos alemanes. ¿Cuándo se enterarán de que no les dejaremos poner los pies en nuestra tierra? Hazme un favor, chico, y vuelve sano y salvo, no quiero que dejes sola a esta muchacha, ¿entendido?
—Lo haré. No tengas la menor duda. Muchas gracias, Peter, por todo.
—Habitación catorce, aquí tenéis la llave, por las escaleras segunda puerta a la izquierda. Mañana te espero, pequeña Turner, bien temprano para desayunar —me dijo mientras intentó sonreír—. Me gustará recordar a tus padres.
—Muchas gracias, Peter. Lo estoy deseando —contesté ilusionada.
—Anda, tirad para arriba, que ahora os llevo algo de cena.
—Hasta mañana, contestamos los dos al unísono.
Cuando llegamos a la habitación, Elwyn abrió la puerta, me miró y con una sonrisa me invitó a entrar. La habitación era pequeña pero el calor que fluía del único radiador y la gruesa moqueta que cubría toda la estancia la hacían muy acogedora. Suspiré y cerré mis ojos. Ojalá estuviese viviendo un reencuentro y no una despedida. Todo el mobiliario estaba en perfecta armonía. La cama de matrimonio mostraba unas sábanas blancas inmaculadas tapadas por varias capas de mantas y cubiertas por una colcha de punto. En el fondo de la habitación había un armario de madera que relucía como si estuviera recién barnizado. La ventana, que daba a la calle principal, dejaba entrar la luz a través de unos finos visillos que intentaban dar un poco de intimidad a la habitación. Junto a la puerta había una mesa redonda con dos sillas, un hervidor, dos tazas con sus respectivas cucharas, té, azúcar y galletas. Sin pensármelo dos veces me giré hacia él y le pregunté lo que ya sabía, con la intención de volverlo a escuchar.
—¿Volverás por mí, verdad? Porque tú me quieres.
—Elisabeth, estoy loco por ti. Te quiero tanto que solo pienso en el día de mi regreso para no separarme nunca más de tu lado. Te escribiré cada día que pueda, así tendré la sensación de que estoy hablando contigo. ¿Me escribirás tú también?
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