Pablo Farrés - El libro del buen olvido

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Si la literatura argentina es un caleidoscopio de imágenes y voces, Farrés lo hace girar a toda velocidad.
El Libro del buen olvido no es la excepción. Un hombre advierte que las personas que lo rodean lo han olvidado, como si nunca hubiese existido. Su nombre, los libros que escribió, las huellas de su ser, todo lo suyo fue borrado. En ese punto el presente se volverá desierto y la búsqueda de sí mismo lo llevará a perderse en un laberinto de espejos enfrentados, donde el buen olvido hará de la memoria y la ficción una máquina festiva del amor y el desquicio.

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Solo ahora entiendo que aquello era una pre-figuración de lo que después vendría hacia a mí con la fuerza de las cosas que se imponen como un destino. Cuando terminé de ducharme, encontré a mi madre desayunando junto a la mesa de la cocina. Me pregunté si en mi condena incluso mi madre me había olvidado. Me senté enfrente suyo y el hecho de que ella me preguntara si quería tomar café y entendiera mi presencia como lo más natural del mundo, me dieron cierta tranquilidad. Al menos, mi madre me recordaba y al menos mi madre todavía no había sido afectada por ese virus inexplicable que parecía dispuesto a carcomer los tejidos cerebrales de todos los que me conocían, con el único fin de hacerles olvidar mi existencia. Mi madre registró de inmediato el estado de desolación en el que me encontraba. Me preguntó si acaso era el tema de mis documentos lo que me preocupaba. Después hablamos de Alejandro, de la necesidad de buscar un abogado y presentar una demanda para volverlo a ver. También hablamos de Natacha: mi madre dijo que no podía entender cómo había llegado a ese punto —por qué tanto odio, por qué tanto resentimiento, hasta el extremo de negarme la posibilidad de ver a mi hijo—. La recordaba con afecto, le parecía que siempre se había portado tan amable con ella y conmigo que no podía entender qué había cambiado en el medio como para de pronto tener ese tipo de actitudes. Me preguntó qué le había hecho para generar tanto odio, y la verdad es que para mí mismo se había vuelto inexplicable.

Mi madre insistió con que debía contactarme con un abogado y pedir al Juzgado un régimen de visitas para ver a Alejandro. Le expliqué la situación con mis documentos. Habían quedado en la casa de Natacha, al parecer ya no tenía modo de recuperarlos y sin ellos tampoco tenía posibilidad de iniciar ningún trámite. Le recordé todo mi deambular por los pasillos y las oficinas del Registro de personas, el Juzgado de Familia y el Ministerio del Interior. Entonces recordó a la hija de una vieja amiga que trabajaba en el sistema judicial como psicóloga asistencial en la Defensoría de la Familia y las Personas. No tenía la menor esperanza de que una psicóloga por más contactos que tuviera en algún juzgado, me pudiera ayudar en algo. Pero mi madre de inmediato tomó el teléfono y la llamó. Habló con ella de vaguedades, y luego le explicó por qué la llamaba. Le contó un poco mi situación, la pérdida de los documentos, la necesidad de volver a ver a mi hijo. Al rato me pasó el tubo para hablar con ella. Se llamaba Marión Milstein. El solo hecho de escuchar la cadencia de su voz dulce y susurrante me devolvió alguna tranquilidad. Quise imaginar la boca roja, la carne de sus labios apoyados contra el tubo del teléfono, sus ojos negros perdidos en algún ventanal de la oficina desde la que me hablaba, su cola apoyada sobre el escritorio, la falda negra de su trajecito de Chanel levantada por encima de sus rodillas dejando ver el esplendor de sus muslos. En los pliegues de su voz estaban escondidas aquellas imágenes y más. Lo cierto es que escuché a Marión y Marión me escuchó y de pronto, no sé, fue como si me sintiera finalmente cobijado, abrazado por alguien que comprendía la desazón del olvido. Me dijo que debíamos encontrarnos cuanto antes. Le expliqué el terror que sentía ante la mera posibilidad de salir a la calle y ser detenido por algún policía al que se le ocurriera preguntar por mis documentos. Quedamos en que al día siguiente, vendría a la casa de mi madre para entrevistarse conmigo y analizar qué podíamos hacer por mí.

Atrapado en lo que mi imaginación había descubierto en los pliegues de la voz de mi psicóloga, siguiendo su recomendación de no renunciar a buscar en la casa de mi madre algún documento o algún papel relativo a mi identidad, me destiné ese día a abrir todos los armarios, dar vuelta los cajones habidos y por haber en aquella casa hasta encontrar lo que fuere, cualquier cosa que complaciera a mi psicóloga prometedora. No encontré nada de eso, pero entonces en el armario de la habitación donde había pasado mi infancia, entre viejas prendas y revistas descoloridas, hallé la bolsa negra atada con una cuerdita que sujetaba las puntas, y en su interior el block de hojas A4 escritas a mano: el libro que desde el principio vengo hablando y que desde ahora en más, por comodidad llamaré El Libro del Buen Olvido . Saqué las hojas de la bolsa y las apoyé sobre el escritorio. Ya estaba cansado de tanta búsqueda infructuosa y decidí darme unos minutos hojeando aquel libro mientras fumaba un cigarrillo y juntaba fuerzas para seguir después. Desde entonces me la pasé leyendo hora tras hora, una y otra vez, volviendo siempre sobre la misma página, la misma oración, y desde luego también retornando a cada palabra que una vez leída se hacía nada. No tardé en comprender la magia extraña que ejercía sobre mí forzándome a olvidar no solo lo que acababa de leer sino incluso aquello mismo que estaba leyendo. Me obsesioné con aquel libro, quería recordar los nombres, al menos algún nombre que pudiera sobrevivir a su muerte inmediata. Me veo llorando y riendo, me veo perdido en un bosque incendiado, me veo mirando atrás la devastación total, pero a la vez empujado hacia delante para seguir leyendo y comprender la conjunción misteriosa de la fascinación y el olvido.

No puedo darle palabras a lo que entonces leí, a lo que todavía estoy releyendo como si en verdad lo descubriera por primera vez. Ese de algún modo era el asombro mayor, el de pasar por la experiencia de un estremecimiento que no encontraba enunciación y que me empujaba a volver a recrearlo una y otra vez, y sin embargo…, sin embargo, apenas terminaba de leerlo por completo, o bien apenas terminaba de leer una página o un mero enunciado, no dejaba de preguntarme qué era lo que había leído, por qué no podía recordarlo. La sensación específica con la que me encontraba apenas levantaba la vista de sus hojas era la de no haber leído nada, incluso la certeza de que en verdad las casi doscientas páginas que lo conformaban estaban en blanco, tan vacías como un pozo lleno de nada. ¿Están en blanco las páginas de ese fajo de hojas que resplandecen todavía sobre el escritorio de mi cuarto?, ¿soy yo el que va escribiendo mentalmente aquello que en las páginas no existe, no está, ya siempre se ha esfumado? No lo sé, entiendo que tampoco es importante. Acaso esa es la magia del libro, el hecho de que no esté escrito y que desde el fondo de sus páginas en blanco cada cual lea lo que simplemente existe para él y para nadie más.

Lo cierto es que entonces se me ocurrió una estrategia que funcionara como antídoto. Me senté junto al escritorio, frente a mi notebook y me dispuse a transcribir palabra por palabra lo que leía. Puse las hojas delante mío, encima de mis antebrazos. De esta forma, mientras iba leyendo, mis dedos apretaban las teclas de la computadora. Intentaba no levantar los ojos de las páginas del original para no perder la lectura y volver a olvidar lo leído. Apostaba que mis dedos no equivocaran las letras del teclado, en todo caso, no me quedaba otra opción más que dejarlos solos en su constante repiqueteo, moviéndose autónomos como animalitos histéricos. Con esa estrategia mi comprensión del texto había avanzado, al menos así iba quedando registro escrito de lo que mi memoria olvidaba apenas terminaba de leer cada palabra. Lo cierto es que mientras transcribía en la computadora lo que simultáneamente leía y olvidaba, me encontré divagando con mis propias ensoñaciones. A veces sucede que uno se pierde en ideas e imágenes que cruzan por la mente como un río manso y fluido hasta que de repente se da cuenta lo que ha estado pensando o recordando; entonces comprende que en verdad nunca ha estado pensando nada sino que siempre ha llegado tarde a lo que estaba ocurriendo en el fondo de nuestro ser sin que hubiésemos estado ahí. De algún modo eso es lo que me pasó mientras leía y transcribía estas páginas, simplemente me encontré recordando cierta escena de hacía ya unos treinta años atrás cuando mi madre había intentado suicidarse dejándome solo en el mundo sin nadie que pudiera hacerse cargo de mí.

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