No tenía sentido enfadarme ni continuar aquella charla que nos prometía el absurdo y el sinsentido. Solo insistí preguntando qué pasos tenía que seguir para recobrar mi identidad. “Es posible que sus datos no se encuentren en el archivo debido a un error. Es lo que por el momento se me ocurre —dijo el funcionario—. Solo cuando una persona fallece, los datos del archivo de identidades son derivados a la oficina de Decesos. Si debiéramos guardar aquí los datos de las personas fallecidas, los archivos no entrarían en el edificio”. Las palabras de aquel hombre me tranquilizaron, acaso solo se trataba de un error, el equívoco de alguien que en determinada oportunidad sacó los documentos de mi identidad del archivo y los envió a la Oficina de Decesos. “Pero aquí los errores son poco frecuentes, menos aun cuando se trata de un caso de defunción, jamás nos equivocamos ni podemos equivocarnos al respecto” —dijo el otro, solo para diluir mi entusiasmo—. “¿Y entonces qué hago, cómo sigo el trámite?” —les pregunté—. “Hasta acá podemos ayudarlo, más que esto no podemos hacer. Poniéndome en su lugar le sugiero que contrate un abogado e inicie la demanda legal, en la Oficina de Decesos no van querer siquiera escucharlo. En el fondo, tienen razón, un muerto no puede pedir los documentos de su propio deceso, y si estoy en lo correcto y sus papeles fueron derivados a la Oficina de Decesos, usted está formalmente muerto. Y eso sería tener suerte, al menos sería algo, porque es posible también que usted ni siquiera haya existido”.
—Natacha, soy yo, Andrés, necesito que hablemos, por favor —dije cuando esa misma noche llamé por teléfono a mi ex mujer, con la idea de rogarle, que me escuche, ponerme de rodillas si fuera necesario, solo para que me devolviera mis documentos.
—¿Qué Andrés?
—Andrés, Natacha, soy yo. Quería que habláramos más tranquilos los dos.
—No recuerdo ningún Andrés.
—¿Vas a seguir con ese juego? Ya somos grandes, tenemos un hijo; al menos por Alejandro, sentémonos un rato a hablar como dos personas que alguna vez se quisieron.
—¿Usted es el hombre que hace unos días vino a mi casa? No nos moleste más, no sé lo que quiere con nosotros.
—Solo quería hablar con vos.
—No tengo nada de qué hablar.
—Sí tenemos que hablar, está Alejandro de por medio.
—No vuelva a nombrar a mi hijo.
—Es también mi hijo y quiero verlo. Hace meses que ni siquiera me dejás hablar con él.
—Ya le dije que no tengo idea de quién es usted, nunca lo vi en mi vida ni tengo ganas de verlo.
—Pero Natacha, escuchame, necesito que me escuches.
—No quiero escuchar nada, no me llame más, ni se le ocurra volver a aparecer por mi casa, la próxima vez llamo a la policía —dijo enfurecida y cortó.
Para el Estado había dejado de existir, acaso nunca había existido, mi identidad se había reducido a la nada misma o en el mejor de los casos a un mero equívoco. Mi ex mujer jugaba a no recodar quién era, quién había sido en su vida. ¿Estaba jugando conmigo montando aquel teatro de la humillación, el truco fácil con el que me había hecho desaparecer, o de verdad no me reconocía?, ¿podía jugar de ese modo y arrastrar a mi propio hijo a semejante bajeza, o ciertamente, ni siquiera mi hijo reconocía quién había sido su padre? Entiendo que no eran más que los primeros pasos hacia una desaparición generalizada y que aún no tenía claro hasta dónde podía avanzar el proceso de anulación y olvido, pero por alguna razón, en ese momento, acaso sospeché lo que vendría. De pronto tuve miedo de sufrir el mismo destino que mi amigo el innombrable y su libro best seller : desaparecer de la memoria de los hombres hasta desaparecer de mí mismo.
Durante esos días, mi madre cumplía años. Salí de compras para regalarle algo. Tomé un colectivo al centro de comercial de San Justo. Caminé algunas cuadras, mirando vidrieras sin encontrar nada que me llamara la atención. Me decidí a visitar un Shopping que habían abierto hacía poco en un predio que quedaba a solo unas cuadras, donde antes se levantaba la fábrica textil donde mi madre había sabido trabajar durante años hasta su cierre por quiebra y que todos habían conocido como la “Textil Oeste”. El esplendor artificial del interior de aquella mole de plástico y cemento contrastaba con la miseria general que reviste el paisaje cotidiano de ese pozo en el mundo que es La Matanza. Apenas unos pasos dados en su interior ya sentía la lengua pastosa y embadurnada con las moléculas tóxicas del desodorante de ambiente que contaminaba el aire y acaso pretendía borrar el olor fétido de los que veníamos de afuera y se nos ocurría ingresar en aquella burbuja ficcional. Para mi sorpresa encontré la librería de una de las mega-empresas multinacionales. Al menos, entre tanta bazofia descartable amontonada en las vidrieras bajo luces dicroicas rojas, azules y violetas, existía también ese artefacto extraño, refractario, incongruente con el lugar, con San Justo y con La Matanza entera, llamado libro. Mientras en los pasillos los cuerpos se torturaban mutuamente en una asfixia compartida de la que pretendían escapar a los empujones y a los codazos, la librería estaba vacía. Recorrí los pasillos divididos por los estantes. La miseria simbólica que se acumulaba en aquellos anaqueles formaban un continuo con la degradación del afuera. En uno de los recodos encontré la sección de Literatura Argentina. Los libros estaban divididos por editoriales. Allí dentro, solo me quedaba sobrevivir en el regodeo de mi propio narcisismo. Encontré la editorial que venía publicando mis libros desde hacía unos años. Se trataba de tres dignos estantes en los que relucían los lomos negros y la letra dorada. Hacía solo unos meses, esa misma editorial acababa de publicar mi último libro con el que, al menos, por lo que me habían dicho en la editorial y la recepción crítica en suplementos literarios, lectores anónimos, páginas web y listas de ventas de las librerías destinadas al mercado de lo que solían llamar “literatura independiente”, me había hecho ilusiones de haber alcanzado cierto reconocimiento. Lo cierto es que estaban todos los libros de la editorial, pero ninguno de los míos, no solo los anteriores, tampoco estaba el último que había publicado y que debía estar circulando por todos lados. Me acerqué al mostrador, le pregunté a la chica que me atendió por el libro en cuestión. Lo buscó en la computadora, no lo encontró. Me pidió un poco de paciencia para verificar si se encontraba en alguna de las otras sucursales y así poder conseguírmelo. La búsqueda resultó infructuosa. Sí tenían los libros de la editorial que le había mencionado, y en general nunca faltaban en stock porque los renovaban mensualmente, por lo que a la chica le pareció extraño que mi libro ni siquiera apareciera en sus archivos como faltante. La curiosidad la llevó a preguntarme si conocía otros libros del autor. Mencioné al menos cinco títulos de todos los que había escrito. Tampoco figuraban en los listados de la computadora. Realizó la búsqueda ya no por título sino por el nombre del autor. Me pidió que se lo deletreara. No había ningún autor que se llamara Andrés Jorsman. Sobrevivir en el fango del narcisismo es también aprender a alimentarse del narcisismo y comérselo. Un poco idiota, con el peso del hastío de mí mismo, ya estaba decidido a marcharme cuando a la chica se le ocurrió buscar mi nombre y el título de los libros en los buscadores de internet. Giró la pantalla de la computadora para mostrarme lo que hacía. Me preguntó si el nombre del autor y el título del libro estaban bien escritos. Apretó la tecla enter y la lista de direcciones web se desplegó en la página. Revisamos uno por uno. Ella misma los iba leyendo en voz alta. Andrés Jorsman no existía, sus libros tampoco. Pero dónde habían quedado las entrevistas para distintos diarios, el documental donde aparecía contando mis pareceres y anécdotas sobre cierto autor ya fallecido, las lecturas públicas en diferentes eventos, aquellos infructuosos poemas que sin embargo tanto habían circulado, los fragmentos de mis novelas que las revistas digitales de toda América hispano-parlante solían publicar, dónde los dos o tres premios que había recibido, ¿y aquellos ensayos sobre Levrero, Dick, Cartarescu y tantos otros que había publicado en la página de la Biblioteca Nacional? La mirada de la empleada intentando identificar el síntoma, acaso, la estructura metálica de un cyborg o la masa gelatinosa de un alien oculto bajo la superficie de látex que simulaba la piel de un cuerpo humano, me sacó del absorto.
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