Pablo Farrés - El libro del buen olvido

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Si la literatura argentina es un caleidoscopio de imágenes y voces, Farrés lo hace girar a toda velocidad.
El Libro del buen olvido no es la excepción. Un hombre advierte que las personas que lo rodean lo han olvidado, como si nunca hubiese existido. Su nombre, los libros que escribió, las huellas de su ser, todo lo suyo fue borrado. En ese punto el presente se volverá desierto y la búsqueda de sí mismo lo llevará a perderse en un laberinto de espejos enfrentados, donde el buen olvido hará de la memoria y la ficción una máquina festiva del amor y el desquicio.

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Salí de la librería con la sensación de haberme desvanecido en el aire, haber ganado la levedad necesaria como para, sutil, volverme invisible para todos. Sin embargo en la puerta del shopping, algo, cierta mirada, o acaso la sospecha de cierta mirada, me devolvió entonces el espesor duro del ente, el peso específico del saco de carne y huesos que cargaba conmigo. Se trataba de dos policías que charlaban en la puerta del lugar apostados contra uno de los lados. Me detuve antes de cruzar la puerta. Pensé de inmediato qué podía a ocurrir si a aquellos dos se les ocurría pedirme los documentos. Imaginé el largo periplo de mi condena, ¿cómo demostrar mi identidad en la cárcel cuando ni siquiera libre y con la posibilidad de acercarme a las oficinas estatales podía conseguir un mísero papel en el que constara mi existencia? ¿Exageraba? No, no exageraba nada, el fascismo más o menos soterrado, la vigilancia y la persecución constante estaban a la orden del día y las cárceles del país llenas de inmigrantes indocumentados esperando la gracia de, al menos, ser devueltos al país de origen. En mi caso no habría siquiera país de origen al que poder regresar.

Retrocedí de inmediato. No iba a correr el riesgo de que en el cerebro mínimo de aquellos monos infradotados travestidos en uniformes azules se conectaran las dos neuronas que constituían todo su sistema encefálico y prescribieran la orden de pedirme los documentos. Regresé por los pasillos amuchados, sentía los latidos de mi corazón rimbombante en el pecho y la respiración se me volvía pesada. Enfilé en dirección a los baños. Un guardia de seguridad se apostaba en la entrada. Esquivé su mirada, cambiando de dirección y volviéndome a perder entre la gente. Caminé un buen rato en círculos, dando toda la vuelta una y otra vez por la estructura de anillos de aquella arquitectura. Simplemente escapaba y sin embargo no tenía certezas de qué estaba escapando. Descansé de mí mismo y de la masa carnal que se deslizaba por los pasillos y de la que apenas sobresalían algunas cabecitas para de inmediato volver a hundirse, metiéndome nuevamente en la librería de la que yo mismo me había echado. Me hice el distraído, haciendo como que observaba los libros husmeando entre los anaqueles, hasta que la empleada que antes me había atendido me preguntó si estaba buscando algún otro autor raro. Le respondí que estaba buscando la salida del shopping. Ella miró hacia atrás, en dirección al mostrador y los depósitos. Me miró de nuevo y dijo con alguna sorna que en la librería no existía ningún pasadizo secreto que me llevara a ningún lado. “Me refiero a si existe otra salida que no sea la de la izquierda”, dije señalando una dirección un poco vaga. La chica, que ya me había tomado como un pobre delirante, me explicó cómo llegar a la otra puerta de salida. Allí se encontraban otros dos policías. No tenía modo de escapar a la posibilidad de que me detuvieran y me pidieran los documentos. Nunca había tenido semejante sensación de estar en falta, pero lo que faltaba era yo mismo, al menos, a los ojos de los otros. Me sentí ausente, irreconocible, reducido a nada, sin embargo esa nada, la ausencia misma en la que me estaba convirtiendo, tenía una densidad, un peso, como si mi desaparición concentrara la paradoja de la más pura visibilidad. Parado a unos metros de la puerta y los policías, me volvía visible por el hecho mismo de haber desaparecido. Supe entonces del atolladero conceptual de eso que llaman “el cuerpo inmaterial del fantasma” y aquello se me volvió desesperación. Si para ellos —los dos policías, el Estado en general— yo no era más que un fantasma, ¿qué capacidad extraña les permitía ver aquello que por definición debía permanecer invisible? Como un fantasma, así, me destiné a cruzar el umbral, a paso seguro, la mirada fija en ningún lado, el cráneo en perfecto equilibrio prometiéndome a mí mismo no girar hacia los lados. Di unos pasos sobre la vereda, ya había pasado la línea en la que me podían interceptar. El ruido de los autos y el murmullo general se concentraban en mis oídos en un espiral del que esperaba emerger todavía la voz de aquellos policías llamándome. ¿Dijeron algo?, ¿me pidieron que me detuviera? Es posible, no lo sé, solo recuerdo cierta tensión eléctrica recorriéndome los huesos y la carrera indómita que entonces emprendí cruzando la avenida, esquivando los autos que frenaron de golpe e hicieron sonar sus bocinas. Llegué a la otra vereda y no me detuve, seguí corriendo ahora en paralelo a los autos y apenas llegué a la esquina giré hacia mi derecha y seguí corriendo por la calle lateral, y corrí dos o tres cuadras más y solo cuando me pareció que ya no había miradas en derredor ni nadie que se cruzara por mi camino, aminoré la marcha y me dispuse a respirar.

Ya no salí de la casa de mi madre, tampoco le compré ningún regalo para su cumpleaños. Preferí este encierro a aquel otro que el Estado me tenía prometido. Eran las seis de la tarde, todavía estaba a tiempo de llamar a la editorial. Me atendió la chica de recepción. Dije mi nombre, pedí hablar con Martín Maigua. Laura me respondió que Martín estaba ocupado y no podía atender el llamado. Sabía que Martín, como todos los otros editores que había conocido en mi vida, tenía esos arrebatos de diva de televisión con los que solía engalanarse y hacerse desear, rechazando encuentros, posponiendo entrevistas, negándose a recibir llamados. “Laura, es urgente, decile a Martín que deje de dar vueltas y me responda, sé que está por ahí, en su oficina o al lado tuyo”, dije con la soltura que me permitía conocerla a ella y a Martín desde hacía tanto tiempo.

—Señor, le estoy diciendo que Martín Maigua no se encuentra en las oficinas —escuché la voz acerada y distante de Laura.

—Está bien, entiendo, te pregunto a vos entonces, quería saber si los libros de la editorial estaban circulando por las librerías de Yeny.

—Sí, señor, los libros de la editorial se encuentran en todas las librerías.

—¿Sabés si pasó algo con el último de los míos?

—No recuerdo, ¿a qué libro se refiere?

Un largo camino de Hormigas . Así se llama.

—No tengo idea, nunca publicamos nada que se llamara de ese modo.

—¿Me pasás con Martín?

—Ya le dije que Martín no se encuentra.

—Laura, ¿sabés quién soy, no?

—No, señor, no tengo idea. ¿Cómo dijo que se llama?

—Soy Andrés Jorsman.

—No me acuerdo, señor, creo que no nos conocemos.

—Nos conocemos desde hace unos diez años. Nos vimos más de mil veces, ¿cómo no te acordás de mí?

—No sé, no me acuerdo.

—Pero soy Andrés Jorsman, publiqué más de diez libros con la editorial.

—Ah, ¿sí?, ¿más de diez libros?

—Sí, Las pasiones alegres , Mi pequeña guerra inútil , El sistema del error...

—Sí, sí, entiendo, pero de verdad no lo recuerdo.

—Bueno, acordate, no está bueno jugar así con nadie.

—Le voy a tener que cortar.

—No, no me cortés. Pasame con Martín.

—Es que usted no entiende. No conozco a ningún Andrés Jorsman, nunca publicamos los libros de los que usted habla.

Laura hizo silencio, seguramente habría tapado el micrófono del teléfono con la mano, sin embargo, escuché de fondo la voz de Martín que le pedía el tubo. Al instante escuché su voz en el aparato.

—Qué bueno, Martín, poder hablar con vos. Esa chica, Laura, no sé qué le pasa.

—No le pasa nada. Dígame de nuevo su nombre.

—Andrés Jorsman.

—Bueno, Andrés Jorsman, a ver si te queda claro, no te conocemos, ¿entendés?, no sabemos quién sos, no tenemos idea qué libros publicaste ni con qué editorial lo hiciste, con nosotros seguro que no.

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