Pablo Farrés - El libro del buen olvido

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Si la literatura argentina es un caleidoscopio de imágenes y voces, Farrés lo hace girar a toda velocidad.
El Libro del buen olvido no es la excepción. Un hombre advierte que las personas que lo rodean lo han olvidado, como si nunca hubiese existido. Su nombre, los libros que escribió, las huellas de su ser, todo lo suyo fue borrado. En ese punto el presente se volverá desierto y la búsqueda de sí mismo lo llevará a perderse en un laberinto de espejos enfrentados, donde el buen olvido hará de la memoria y la ficción una máquina festiva del amor y el desquicio.

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—Pero, Martín, soy Andrés, tomate un segundo para acordarte, no puede ser que te hayas olvidado, hace tres meses nomás publicaste mi último libro.

—Escuchá bien lo que te digo, no nos gusta perder el tiempo, si tenés algo para publicar no es este el camino, simplemente no nos interesa, no nos interesa saber de vos, ni de lo que escribís ni de ninguna otra cosa, solo te pido que no llamés más.

Cuando colgué el teléfono, abrí la computadora. Lo primero que me llamó la atención es que se había borrado el historial de todas mis búsquedas. No recordaba haberlo hecho y sin embargo de algún modo era lo que esperaba. Escribí mi nombre en el buscador de internet, solo como un modo de corroborar lo que ya había visto junto a la empleada de la librería en la computadora del lugar. Desde luego, no encontré nada que remitiera a mi existencia. Escribí entonces los títulos de mis libros. Tampoco encontré nada. Alguna vez había leído que internet no tenía memoria porque no era capaz de seleccionar por sí sola sus propias búsquedas, no era entonces más que el infinito archivo del olvido —los datos, los informes, las imágenes, los nombres, existían entonces allí no para ser recordados sino para ser olvidados. Pensé que acaso uno no escribe sino para asumir por anticipado el olvido que la muerte y el tiempo nos tiene prometido, sin embargo, enfrentarme al paisaje de la devastación no era algo que pudiera sostener sin más. Podía yo desaparecer del mundo, ser olvidado por todos y transformarme en nadie no movía el péndulo de mi existencia ni me importaba en lo más mínimo; pero me había abrazado a la ilusión de la literatura, a la idea demencial de que alguna ocurrencia, alguna línea, alguna palabra resguardaran mi vida de la hecatombe del olvido. De pronto, los veinte años que había dedicado a escribir mis doce libros habían desaparecido del mundo o ni siquiera habían ocurrido. Tal como le había pasado a mi amigo el innombrable con su novela best seller , mi literatura se había evaporado, pero ni siquiera había llegado a vender ni el uno por ciento de lo que el otro ni se me había dado la gracia de que me pagaran la plata suficiente como para darme el lujo de olvidarme de mí mismo.

No solo hablo de desaparecer de la memoria de los lectores, sino que lo que había desaparecido era la existencia concreta del libro físico. Entiendo que se trataba de un fetiche, una vulgaridad del pensamiento, pero busqué mis libros, algún ejemplar perdido en la biblioteca de la casa de mi madre y al no encontrar ninguno, algo en mi interior se quebró para siempre. Pensé en llamar a Natacha para preguntarle si existía algún ejemplar en la que había sido mi casa, pero no tenía sentido, ella no quería hablar conmigo, ni siquiera me permitía ver a mi hijo, menos aún le importaría el tema de mis libritos. Terminé llamando a Héctor, un amigo que había leído todos mis libros y los guardaba en un estante de su biblioteca. Había escrito un libro muy bello de tono autobiográfico en el que el personaje a los doce años mataba a su padre, vivía luego un largo peregrinaje nómade en la intemperie de la ciudad aprendiendo el trabajo de mula de cierto dealer, adentrándose en los espirales psicodélicos en los que se perdía fumando sus porquerías, ensayando modalidades de la degradación en los baños de la estación de Flores. Cada vez que lo visitaba, me detenía antes de marcharme frente aquellos anaqueles en busca de algún libro que no hubiera leído para pedírselo prestado, entonces, invariablemente, me encontraba con el lomo de mis propios libros allí retozando unos sobre otros. Recordaba perfectamente su número de teléfono. Lo llame sin esperanza alguna. No reconoció mi nombre ni mi voz. Estuve tentado a explicarle lo que me estaba pasando. Decidí hacerme pasar por otro. Le dije que tenía un amigo que había desaparecido hacia un tiempo.

—Nadie sabe nada de él —le dije—, me contacté con la policía, llamé a distintos hospitales y no obtuve la menor información al respecto. En su departamento encontré una agenda —mentí— con los nombres y los números de teléfono de sus contactos y conocidos. Allí encontré el tuyo, por eso te estoy llamando —agregué —. Mi amigo y acaso también el tuyo, se llama Andrés Jorsman, ¿te acordás de él?, ¿lo viste en los últimos tiempos?

El recuerdo de nuestras mutuas visitas se me vinieron encima, las noches que nos encontrábamos para leernos nuestras cosas, criticar los libros que no habíamos leído, contarnos las películas que no habíamos visto, dejar pasar las horas que medíamos por cada vaso y cada botella de ron y de whisky que nos tomábamos dejando sus cadáveres de pie sobre la mesa hasta que la mañana nos encontrara desfalleciendo y el viento frío de esas horas nos hiciera recordar que uno o el otro debía volver a alguna parte.

—No, la verdad es que no conozco a ningún Andrés Jorsman —dijo Héctor.

—Okey, entiendo, te molesto con una última cuestión. La persona que estoy buscando es escritor, ¿sabés?, tiene un par de libros publicados por la editorial Somalía. Te va resultar raro lo que te voy a pedir, pero ¿podrías buscar en tu biblioteca si tenés algún libro de mi amigo?

Le di mi teléfono y a la media hora me llamó. Me dijo que estuvo buscando los libros del tal Andrés Jorsman pero no había encontrado nada. Agregó que le parecía raro no haber escuchado nunca de aquel escritor ni recordar algún título de sus libros. Por curiosidad nomás, buscó el nombre de Andrés Jorsman en internet, le llamó la atención que no existiera ningún dato sobre la persona ni sobre sus libros.

—Ni siquiera aparecen en la editorial Somalía que me dijiste —sentenció mi amigo o aquel que había sido mi amigo.

Esa noche no pude dormir. Los recuerdos se desmoronaban desde la punta de la montaña del pasado y formaban una avalancha que me había pasado por encima, haciendo rodar cuesta abajo hacia ningún lado. Me dolía el cuerpo, era como si mi memoria me hubiera agarrado a las trompadas para dejarme todo roto, magullado, quebrado. El terror de olvidarme de mí mismo como lo habían hecho todos los demás, me empujaba a salir de cacería por los bosques de la memoria, pero los recuerdos eran animales que como ráfagas corrían entre los árboles, escapaban y me dejaban atrás, paralizado, contemplando su fuga. Me levanté de la cama para darme una ducha y sacarme de encima ese vértigo que se había transformado en una masa gelatinosa que me embadurnada, una costra de mugre que me envolvía por completo. Bajo el agua fuerte de la ducha, me pareció despertarme y encontrar algún orden en la hecatombe de recuerdos de la que acababa de salir. Entre todos, había uno que se había quedado demorado en las trampas de mi cerebro. Aquello debió haber ocurrido hacía ya más de treinta años atrás. No tenía más de siete u ocho años y debía ser el cumpleaños de alguno de mis familiares. Mis primos jugaban en el patio trasero de la casa, mientras estaba yo encerrado en el cobertizo del fondo haciéndole algo malo, muy malo, a mi prima que debía tener un año menos que yo. No importa lo que estábamos haciendo o yo le estaba haciendo a mi prima, no viene al caso, lo cierto es que bastó el ruido de una puerta abriéndose, la voz de uno de mis tíos resonando en el patio preguntando por mi prima y por mí para llenarme de terror, ese tipo de terror que paraliza y desnuda la existencia dejándola expuesta y servida para su aniquilación merecida. Fue tal el miedo que sentí que solo atiné a saltar por una ventanita trasera del cobertizo y pasar por encima del alambrado del fondo de la casa de mi abuela que lindaba con un terreno baldío. Crucé las malezas y me trepé por el muro de la otra casa, atravesé un jardín y luego otra vez el muro para dar finalmente con la calle. Entonces corrí hacia las vías del tren que se encontraban a unas tres cuadras de allí. Anduve bordeando las vías hasta que me topé con ciertos galpones abandonados que debieron haber sido utilizados por la empresa ferroviaria. Por dentro, el galpón no debía ser demasiado grande pero a los ojos de aquel chico de siete u ocho años aquello debía ser inmenso. Como un relámpago oscuro aparecen las máquinas enormes, el chatarrerío amontonado en uno de los rincones, y los ventanales rectangulares en lo más alto del lugar. Todo olía a aceite y a animal muerto. Me acurruqué detrás de unos tachos cilíndricos y allí me quedé escondido durante cierto tiempo que acaso no habrán sido más que unas horas pero que en la memoria se expanden abarcando días y noches. Una claridad luminosa había cortado la oscuridad densa del lugar cuando abrieron la puerta y yo miré y mis ojos se achinizaron enceguecidos. Dijeron mi nombre, dieron unos pasos en el interior y no tardé en darme cuenta que eran dos de mis tíos que me habían ido a buscar. Me llevaron de vuelta a la casa de mi abuela, allí me esperaban mis padres, pero mis padres no parecían mis padres, en todo caso, actuaban como si yo no fuera su hijo. Pensaba entonces en lo que había pasado con mi prima, esperaba el peor de los castigos, pero no dijeron nada acerca de lo ocurrido, nadie había hecho mención a lo que yo entonces creí el motivo por el que me habían buscado. Ninguna palabra acerca de nada, no solo en relación a lo ocurrido con mi prima, sino que no me hablaban, no me miraban ni parecían haberse enterado que yo estaba allí esperando el castigo debido. Y claro está, el castigo era ese mismo, desconocerme, hacer como si me hubieran olvidado. Le dije algo a mi mamá buscando comprender qué estaba sucediendo pero mi madre actuó como si no me escuchara. Le pregunté a mi padre qué estaba ocurriendo y mi padre se limitó a decirme que no me conocía, no me acuerdo de vos, no sé ni cómo te llamás —esas fueron sus palabras—. Insistí una y otra vez, le dije “papá, soy yo, no jueguen así conmigo”, pero mi padre no parecía estar jugando, simplemente no recordaba que existiera y que fuera su hijo. Mi abuela estaba sentada en un sillón, alejada unos pasos. Me acerqué a ella como un perro faldero que buscara cobijo bajo aquella pollera acampanada y gigante que ella siempre usaba. “No te metas ahí abajo, no sé quién sos ni qué hacés acá” —dijo mi abuela apenas me agaché buscando el recoveco entre sus piernas por donde levantarle la pollera y alcanzar mi refugio—. Por la ventana vi a mis primos que seguían jugando en el fondo de la casa. Estaban sentados en ronda y uno de ellos caminaba en derredor tocando la cabeza de uno y otro mientras cantaba una canción que repetía siempre la misma secuencia “pato, peto, pito, poto, puto”. Salí afuera, me senté en la ronda, me miraron como si de un extraño se tratara y fue entonces, apenas unos segundos después, que todos se levantaron y entraron a la casa dejándome solo. Los vi detrás de la ventana, hablaban con mis tías y me señalaban estirando sus brazos. Acaso se trataba de un juego que mis padres habían acordado con el resto de mis familiares para que yo comprendiera lo que había hecho, sin embargo, aquel juego no tenía ninguna gracia ni nada de pedagógico. Cuando entré a la casa, mis padres habían salido a la vereda y subían al auto. Me estaban dejando abandonado, al menos eso es lo que seguramente querían hacerme sentir. El auto arrancó y desesperado los corrí unos metros. Al llegar a la esquina mi padre frenó y me acerqué a la ventanilla. “¿Por qué nos perseguís, no tenes casa vos?” —dijo mi padre—. “No lo trates así, pobre criatura, capaz que no tiene madre” —dijo mi madre y enseguida me preguntó—, ¿tenés mamá?, ¿dónde vivís?”. No supe qué contestar, solo se me dio por llorar como nunca antes lo había hecho, gimoteando con una fuerza orgánica que contraía los músculos de mi diafragma y no me dejaba decir la más mínima palabra. “Dejalo subir —agregó mi madre— ¿no ves que no tiene dónde dormir?, capaz que se quedó sin padres, dejalo venir con nosotros, ¿no lo vas dejar así tirado en la calle, no?”. Esa noche me fui a dormir pensando que mis padres efectivamente se habían olvidado de quién era su hijo como si el escarmiento que me habían impuesto —ese mismo, el de hacerme desaparecer de sus recuerdos— no hubiese sido una decisión tomada por ellos, sino un castigo de los dioses que habían borrado de la memoria de mis padres el pasado que nos unía. Ellos también debían sufrir el haberme olvidado, acaso tenían algún registro de ese olvido, entendiendo que habían olvidado algo sin saber qué era eso que habían olvidado. Al otro día, al despertarme, mi madre me preguntó si recordaba dónde quedaba la casa de mi supuesta madre, dijo que debíamos llamar a la policía para que se encargara de devolverme con los míos. Esperó a que yo le respondiera algo, pero nada podía responder, por lo que mi madre entonces me preguntó si al menos me acordaba a qué colegio iba. Me limité a levantar el brazo señalando una dirección más o menos difusa y al rato me subieron al auto y me dejaron parado delante de la puerta de la escuela. Entonces ocurrió lo que ni siquiera ahora después de tanto tiempo puedo explicarme. En el colegio no me conocía nadie, mis amigos más cercanos estaban reunidos en una punta del patio esperando que llamaran a formar filas para entrar en las aulas y cuando me acerqué a ellos para saludarlos simplemente me miraron como si fuera un alienígena recién llegado al planeta Tierra y ni siquiera se dieron por aludidos. Al aula entré último, el pupitre donde siempre me sentaba junto a mi amigo Sebastián estaba ocupado por otro. Me senté solo al final de la fila. La maestra leyó el listado de los presentes llevando la mirada hacia delante cada vez que enunciaba un nombre y un apellido. Los compañeros levantaron el brazo cada vez que fueron nombrados. Esperé mi turno, pero cuando terminó a los apellidos que empezaban con J no pronunció el mío, saltó directamente al nombre de un tal Lamela Mariano haciendo caso omiso de mi existencia. En el recreo me acerqué de nuevo al grupo de mis amigos. El rechazo llevaba consigo la violencia y la crueldad de la que a los ocho años los chicos son capaces. Insistí una y otra vez, les pregunté por qué me hacían eso, por qué me dejaban de lado como si no me conocieran, qué les había hecho para que me trataran de esa forma. Simplemente me contestaron que no me conocían. “¿Pero no se acuerdan de mí?, ¿no saben quién soy?”. “Ya te dijimos, no nos conocemos, no sabemos quién sos y tampoco nos importa”. Terminé la primaria sin volver a tener ningún contacto con ninguno de mis compañeros empecinados en repetir aquello de que no se acordaban de mí. A mis tíos, a mis abuelos, a mi prima, no los volví a ver nunca más, seguramente ellos también se habían olvidado de mi persona. Incluso, fue en aquella época que mi padre se fue de nuestra casa abandonándonos para siempre, sin dirigirme nunca más la palabra ni siquiera para saludarme, aun cuando lo hubiera cruzado mil veces más para que mil veces me negara mirando para otro lado, sin recordar que yo todavía era su hijo.

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