Pablo Farrés - El libro del buen olvido
Здесь есть возможность читать онлайн «Pablo Farrés - El libro del buen olvido» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: unrecognised, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:El libro del buen olvido
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:3 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 60
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
El libro del buen olvido: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «El libro del buen olvido»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
El Libro del buen olvido no es la excepción. Un hombre advierte que las personas que lo rodean lo han olvidado, como si nunca hubiese existido. Su nombre, los libros que escribió, las huellas de su ser, todo lo suyo fue borrado. En ese punto el presente se volverá desierto y la búsqueda de sí mismo lo llevará a perderse en un laberinto de espejos enfrentados, donde el buen olvido hará de la memoria y la ficción una máquina festiva del amor y el desquicio.
El libro del buen olvido — читать онлайн ознакомительный отрывок
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «El libro del buen olvido», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
A partir de aquel mes de octubre de 2015 ya nadie escribió nada sobre el tema, al menos no encontramos ninguna otra entrada posterior a aquella fecha. Pensé en la paradoja rara que mi amigo se había propuesto: ganar el olvido parece fácil, la complejidad del caso es haberlo conquistado a través de la fama, la visibilidad y publicidad más obscena. Sin embargo, de un modo u otro, lo había logrado con la maestría con la que se hacen las cosas inexplicables.
Pensé también en su destino personal. Por mi parte tenía cierta sospecha de haberlo conocido desde los tiempos en que éramos dos jóvenes arrogantes con la bandera de una vanguardia anacrónica en una mano y el infierno hecho un bollo de papel apretada en la otra. Ahora ni siquiera recordaba su nombre. Acaso la laguna mental respondía a mi estructural desidia con el mundo, sin embargo, no podía dejar de preguntarme si mi amigo no había alcanzado en su vida lo mismo que había logrado con su libro: sobrevivir en la memoria de todos pero en el modo singular del olvido radical.
Quizás al terminar su novela, todos lo habrían olvidado finalmente —no solo yo, sino también su esposa, sus hijos, sus hermanos, sus padres—. Sí, seguramente, al intentar acercarse a los suyos, habrían hecho el esfuerzo de recordar quién era ese hombre, pero se habrían topado con un obstáculo superior, el de recordar haberlo olvidado sin saber a ciencia cierta qué cosa habían olvidado. Ese sí sería un destino trágico, el de ser olvidado por todos, pero no reducido a la mera nada sino a la incertidumbre de no poder olvidar que hemos olvidado quién era.
Pero acaso, lo peor habría sido que mi innombrable amigo hubiera caído en su propia trampa, en todo caso, tocado por su propia magia. Le comenté a mi madre mis ideas y le parecieron certeras, acaso él mismo olvidó su libro, incluso, tal vez lo fue olvidando mientras lo escribía de tal modo que cada palabra escrita cancelaba la anterior. Su coraje entonces debió haber sido el de continuar a pesar de todo, seguir escribiendo mientras las yeguas del olvido lo perseguían por detrás, apostar cada vez a la siguiente palabra aun cuando el abismo mental de la afasia se abriera ante cada paso dado.
¿Habría olvidado él también su propio nombre?, ¿habría perdido las palabras al terminar de escribir todas las palabras?, ¿habría sido él quien olvidó todo, sus amigos, su pareja, sus hijos, su casa, el hecho de tener piernas y brazos y una lengua con la que al menos nombrar aquello que había perdido?
Hablo del libro de mi amigo porque el fardo de hojas escritas que había encontrado en una bolsa negra en el cajón del armario de mi cuarto, me lo hizo recordar. Pero también estoy hablando de mí mismo. Acaso la obsesión por querer entender cómo esas páginas lograban el olvido radical e inmediato de lo que estaba leyendo se debía a cierta simetría que aquello guardaba con mi vida. De algún modo, yo también había sido olvidado. La última vez que había tenido contacto con mi ex mujer fue cuando me acerqué a la que había sido mi casa para ver a mi hijo, al menos por un rato. Habían cambiado la cerradura del portón de la casa, por lo que ya no podía abrirlo con mi vieja llave. Toqué timbre y después de un rato salió aquella mujer. La escena resultó tan mínima como dolorosa. Su estrategia fue actuar como si nunca me hubiera visto, como si no nos conociéramos desde hacía ya unos treinta años. No me trató mal, no hubo ningún tipo de violencia física ni verbal de su parte, sin embargo acaso no hay peor violencia que la de hacer desaparecer a una persona. Al acercarse al portón dijo lo que cualquiera dice ante un desconocido, y yo, sosteniendo alguna dignidad, haciendo caso omiso a sus palabras, le dije que solo pretendía estar un rato con mi hijo. Aquella mujer afirmó no conocerme y por lo tanto no comprender qué era lo que le estaba diciendo. No era difícil, solo se trataba de que me dejara ver a mi hijo. Natacha insistió —no me conocía, no tenía idea de quién era yo, seguramente se trataba de un error de mi parte. No podía haber ningún error, era ella la que estaba jugando conmigo, actuando el show de una crueldad tan miserable como refinada—. Me puse nervioso, en mi boca mordí una y otra vez el nombre de Natacha. “Sí, me llamo Natacha pero no lo conozco, nunca lo vi en mi vida, menos aún puedo saber quién es su hijo”, me respondió.
Cansado del juego grité el nombre de Alejandro, esperando que me escuchara y saliera de la casa para verme después de tanto tiempo. Entonces ocurrió lo que todavía no puedo olvidar. Alejandro salió de la casa, dio un par de pasos en el jardín y se quedó parado mirando a su madre y a aquel desconocido del otro lado de las rejas y del mundo. Le dije “Alejandro, soy papá, vine a verte”. Alejandro no respondió. Le pregunté ¿qué le pasaba?, ¿por qué no saludaba a su padre? Natacha pasó su mano por encima del hombro del chico y lo hizo parar delante suyo. Vencido ante la indiferencia, le pregunté si se acordaba de mí. Primero movió la cabeza negándome, después escuché su voz, por última vez, diciendo con la misma frialdad y distancia, que no me conocía, que nunca me había visto. Me quedé en silencio mirando nada, mi vida deshaciéndose frente a mis ojos, el pasado licuándose como una mancha de aceite en un océano empetrolado, sus pasos atravesando el jardín en dirección a la casa, alejándose de mí, dándome la espalda.
El día después fui al Juzgado de Familia pretendiendo que me reconocieran el derecho de ver a mi hijo. Me pidieron los documentos que no tenía y me enviaron al Registro de Personas. Solicité allí mi Partida de Nacimiento para tramitar después el Documento de Identidad. Para mi sorpresa no existía en aquel Registro ninguna posibilidad de solicitar una Partida de Nacimiento sin un documento que abalara mi identidad. Me enviaron entonces al Ministerio del Interior. Ya era la tercera entidad que visitaba. “No nos sirve que nos diga su nombre o número de documento, sin el DNI o el acta de nacimiento no podemos hacer nada —dijo el funcionario que me atendió, luego de unas cuatro horas de espera—. Lo que en realidad usted tiene que solicitar es una Petición de Identidad —agregó—, para eso debe completar un formulario de solicitud y recién después evaluaremos la situación”. Con el formulario en la mano me retiré al hall donde había esperado hacía un rato. El papel llevaba como encabezado “PETICIÓN DE IDENTIDAD”. Debajo debía completar ciertos datos. Me pedían nombre, apellido, dirección y número de documento. Finalmente debía indicar si yo era el padre, la madre, abuelo, abuela, hijo, hija, cónyuge o representante legal de la persona por la que peticionaba. Un asterisco en el margen inferior de la hoja me informaba que solo se les entregaría copia de la certificación de identidad a las personas mencionadas más arriba, siempre y cuando presentaran documentación que las abalara. Evidentemente aquel papel no tenía ningún sentido. No necesitaba que alguien solicitara nada por mi identidad sino que me permitieran que yo mismo lo hiciera.
Me acerqué de nuevo al funcionario que me había atendido. Me dijo que debía sacar número. Le expliqué que hacía un rato había hablado con él y me había pedido llenar un formulario. “Se trata de otro trámite, para ello debe hacer primero la denuncia policial de la pérdida de sus documentos y luego regresar al Ministerio para sacar otro turno” —me respondió—. Volví a la mesa de entrada. Ya no había más turnos para ese día, debía entonces sacar otro para el siguiente mes.
Hice la denuncia policial. Un mes más tarde, con los papeles de la denuncia en mis manos, volví al Ministerio. Me atendió otro funcionario. Le expliqué lo que vengo contando, que todos mis documentos, incluyendo el DNI como la Partida de Nacimiento, habían sido robados y secuestrados por mi ex mujer. “No puedo salir a la calle, no puedo hacer el menor trámite, soy nadie, es como si hubiera dejado de existir” —agregué—. Acaso mis palabras movilizaron algo en el interior de aquel hombre que al menos se dispuso a hacerse cargo de mi problema. Volvió a tomar los datos que yo le dicté —nombre y apellido, número de documento, lugar y fecha de nacimiento— y se retiró de la oficina diciéndome que corroboraría la información en los archivos generales. Una hora después regresó solo para pedirme un poco más de paciencia. Supe entonces que las cosas no iban del todo bien. Dos horas más tarde me pidió que lo acompañara a la Oficina del Director de Archivos Generales. Nos atendió un hombre flaco, abstraído en un mundo de números, nombres y datos, que parecía hacer un esfuerzo enorme para no olvidarse de qué palabra seguía a la ya enunciada. Hablaba susurrando, muy lentamente, y su mirada parecía haberse demorado en algo que se encontraba por encima de mi cabeza. No me miraba, en todo caso apenas si entraba yo en la parte inferior de su campo visual. Tuve ganas de darme vuelta y ver qué era lo que detrás de mí convocaba la mirada de ese hombre, pero entonces, después de cierto rodeo, me explicó la complejidad de mi caso. Dijo que mi identidad era inexistente. Al menos en los archivos generales del Ministerio, no existía información sobre ninguna persona que con DNI 24.053.422 se llamara Andrés Jorsman. “Pero estoy sentado frente suyo, usted me está viendo, no soy nada, no estoy muerto ni desaparecido” —dije como si me estuviera defendiendo de un crimen que había olvidado—. “Sí, comprendo, pero que usted nos diga que está aquí presente y se llama Andrés Jorsman no significa nada, si no están los datos en el archivo general es porque el tal Andrés Jorsman ha dejado de existir”.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «El libro del buen olvido»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «El libro del buen olvido» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «El libro del buen olvido» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.