Sentado junto al escritorio leí algo de aquellas hojas e identifiqué rápidamente una narración. Pensé que acaso se trataba de alguna de las novelas que yo había escrito cuando era chico y recién comenzaba a hundirme en el pantano putrefacto de mi literatura pensando todavía que se trataba de océanos límpidos por los que me adentraría sin más rumbo que el dejarme llevar por el viento y las corrientes. Enseguida registré que algo no funcionaba. Después de leer tres o cuatro páginas con la mayor atención posible, me di cuenta que olvidaba lo que estaba leyendo. Mis ojos se deslizaban por la superficie de las letras y las palabras pero no había nada que pudiera recordar. No solo hablo de párrafos o de oraciones sino que incluso las mismas palabras que acababa de leer parecían hacerse nada y arrojarse al precipicio del olvido.
La primera reacción fue la de simplificar las cosas señalando mi falta de concentración. Debía estar demasiado nervioso buscando algún improbable certificado de mi existencia, hundido en un pantanal de odio y desprecio hacia la mujer que me había robado todo y me hacía perder el tiempo con aquello. Intenté relajarme, buscar alguna concentración espiritual como para conectarme con aquel texto y comunicarme de algún modo con el chico que yo había sido cuando lo escribí —o al menos me gustaba pensar que lo había escrito—. Pero volví a intentarlo una y otra vez y por más atención que volcara en aquellas páginas no había una sola palabra que quedara no digo marcada sino al menos flotando en mi memoria. Era como si en verdad las hojas estuvieran en blanco y solo yo, cierto colapso mental del que ya no podía hacer caso omiso, inventara que allí había algo escrito.
Pero las palabras estaban, no podía atribuirme tal derrumbe psíquico como para identificar que no estaban en blanco. Solo se trataba de no poder recordar aquello mismo que estaba leyendo, e insisto, no solo las palabras que había leído dos o tres páginas atrás, no solo de qué hablaban las oraciones que acababa de leer, sino específicamente la misma palabra que estaba leyendo —comprendía de qué se trataba, sí, pero enseguida, de inmediato se deshacía como si nunca hubiera existido—.
Un rato después, cuando mi madre regresó de su trabajo, mientras cenábamos en la cocina de su casa, le comenté lo que me había sucedido. Le dije que no sabía si se trataba de un síntoma de mi debacle general o ciertamente aquellas hojas tenían la propiedad de ser olvidadas apenas uno abandonaba la lectura.
Mi madre dijo que debíamos hacer la experiencia y poner a prueba tanto la promesa de olvido que el libro enunciaba como nuestra capacidad de recordarlo. Nos propusimos leerlo durante aquella noche con la mayor atención de la que fuéramos capaces, sin embargo, apenas una media hora después de haberlo comenzado, por más esfuerzo que hiciéramos, no recordábamos nada, ninguna palabra, ninguna oración más o menos convocante, ninguna escena que pudiera justificar el recuerdo, pero tampoco, ni siquiera, la idea general del libro, de qué trataba, cómo se llamaban los personajes.
En un momento hicimos la prueba de buscar el nombre del protagonista. Abrimos el libro y después de un largo rato pasando página tras página, lo encontramos casi al mismo tiempo. Apenas volvimos a cerrarlo, mi madre dijo el nombre de Octavia Campos y yo el de Silvio Spector. Nos reímos sabiendo que estábamos inventando nombres al azar.
Intentamos con algo más simple: el título. Mi madre me pasó el fajo de páginas. Lo leí una y otra vez, cerré los ojos repitiéndolo mentalmente. Cuando abrí la boca, con alguna frase en la punta de la lengua, vino el abismo. Lo intenté otra vez y nada, no recordaba nada. A mi madre le pasó lo mismo. Aquello era imposible. El libro solo existía durante la lectura; pero cuando uno leía una oración invariablemente se olvidaba de la anterior. Acordamos que la escritura de aquel libro era verdaderamente la de un genio. No sabía cómo, cuál era el procedimiento específico, pero sea quien fuera el autor, había conquistado el arte del olvido más radical que jamás hubiese imaginado.
Mientras charlaba con mi madre, me acordé de un amigo que hacía mucho tiempo no veía. Después de haber pasado veinte años publicando hermosas novelas que superaban el nivel promedio de su generación pero que no habían circulado más que en ámbitos tan mínimos como herméticos, nos sorprendió a todos con una novela vulgar escrita bajo los estándares prediseñados de la llamada “fantasía gótica”, destinado, irremediablemente, a transformarse en un best seller . El libro fue publicado en el año 2015 y el fenómeno editorial que provocó es tan difícil de explicar como de recordar. Durante los meses de septiembre y octubre de ese mismo año, había vendido 3.000.000 de ejemplares ocupando el primer lugar de todas las listas de libros más vendidos en la historia de la literatura argentina. El problema de la novela, pero también su magia estética era que mi amigo se había impuesto como destino el de hacerlo desaparecer de la memoria de todos y con ello volverlo irrepetible. Lo había logrado con creces y ni siquiera tuvo que esperar el correr de los meses. El olvido se le había dado desde el primer momento en que los lectores deslizaron sus ojos por las letras impresas. Nadie jamás supo el título del libro ni el nombre de mi amigo. Ni yo recuerdo cómo se llamaba. Luego de los 3.000.000 de ejemplares vendidos simplemente desapareció. Nunca nadie supo nada ni de su paradero ni de su destino. Exiliado de todos, ya nadie recuerda su novela, ni siquiera que alguna vez ha existido.
Cuando se lo comenté, a mi madre se le ocurrió buscar en internet alguna información que nos ayudara a recordar. La dificultad más importante era escribir en el buscador el título y el nombre, pero zanjamos el obstáculo escribiendo: “Libros más vendidos en la historia de la literatura argentina”. Enseguida encontramos el nombre y el libro de mi amigo en cada una de las entradas. Era lo más simple del mundo, lo que durante tanto tiempo había olvidado lo tenía entonces repetido ciento de veces en la pantalla de la computadora, sin embargo, no hacíamos más que levantar la vista para olvidarlo de inmediato. Parecía que estábamos jugando pero no era así, simplemente no había posibilidad de retener ni el nombre ni el título.
A mi madre le pareció lógico, en todo caso, se le dio la ocurrencia de que en el contexto de la literatura argentina, un libro que ejercía el arte de ser olvidado debió haber sido un verdadero éxito editorial.
Aceptando la derrota, nos preguntamos ¿qué habrían escrito los suplementos literarios en su momento ante semejante fenómeno editorial y cómo habían hecho para escribir sobre algo destinado al olvido inmediato? Buscamos alguna nota del año 2015 y encontramos una biblioteca entera; diarios, revistas, blogs, papers académicos y otros formatos que intentaban darle nombre a lo innombrable. Leímos con mi madre aquellos comentarios entre carcajadas, azorados del riesgo con el que cada crítico se embargaba. Los elogios se repetían sin explicitar nunca qué era lo que estaban elogiando. Expertos en el arte de la elipsis, disimulaban con falsos arabescos el hecho de no haberlo leído o no recordarlo. Aunque acaso el libro en cuestión era tan malo que ni siquiera recordaban haberlo leído. Las interpretaciones se multiplicaban en una serie ininterrumpida de contradicciones, pero ni siquiera se trataba de interpretar algo: mientras un crítico señalaba cierto paisaje asiático en el que las acciones se desarrollaban, otro hablaba de la apuesta literaria de escribir una novela sosteniendo el encierro de un personaje durante treinta años en un altillo. Observamos que las reseñas y las críticas, más allá de la apuesta errática de definir de qué hablaba el libro, terminaban reduciéndose a la mera impresión subjetiva. Frases como “un viaje hacia el interior de lo que somos”, o “el libro nos condena a un registro microscópico de nuestras sensaciones, como si en verdad estuviéramos leyendo nuestro propio pensamiento”, “algo se rompe en el lector que se ve desnudo frente a sus propios fantasmas”, y otras infamias se repetían una tras otra. Señalé el esnobismo de los lectores consagrando un libro del que nadie recordaba nada, pero también nosotros dos estábamos dando vueltas en derredor de algo que no era más que una nada luminosa que se nos escapaba, dejándonos al borde de la afasia.
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