—He sido cruel al no darte una oportunidad para hablar como pretendías.
—No. No pienses eso ahora. Respeto tus sentimientos… son las circunstancias, nada más.
La mente me juega una mala pasada, los recuerdos parecen atravesar mi cuerpo como si fuesen dagas impregnadas de sensaciones y momentos vividos por los dos. Me distraen de la conversación.
—Me vi atrapado por el miedo. Miedo a perderte, miedo a sentirte lejos para siempre.
—Hemos abierto una cisura en nuestra relación. Y digo “hemos” porque los dos tenemos parte activa, tenemos culpa de ello; para mí no se trata de algo insalvable.
—¡Vale! —inesperadamente eleva la voz. ¿Qué puedo hacer? Estoy a miles de kilómetros. He cometido el mayor error de mi vida y ahora… ¿Qué quieres que haga, Marian? —dice con la voz tomada por la impotencia.
Se me seca la boca y mi respiración parece ahogarse en un mar de nervios e inseguridad.
—Lo hecho… hecho está. Hay un vacío entre los dos, ese espacio de tiempo… ese tiempo que te tomaste y que ya no volverá… Pero escucha, no te lo reprocho —murmuro—. Quiero que vuelva el Carlos de siempre, el chico seguro de sí mismo que conozco y que adoro. Te necesito fuerte.
El silencio habla unos instantes por los dos.
Los sentimientos afloran libres por mi ser. No debo ahuyentar al hombre que me reclama y que se siente arrepentido, perdido. Si lo hago… me volveré loca. Le apartaré definitivamente de mí, no estoy dispuesta a ello, no estoy dispuesta a perderle.
—Tú decides, Marian. Seguimos o… aparcamos lo nuestro.
—Sinceramente… veo que te rindes fácilmente.
—¡No me jodas, Marian! —exclama elevando la voz.
Me descoloca por completo su aptitud.
—Carlos… ¿por qué me hablas así?
—Perdona, Marian… me pones en una posición… —dice sin perder el tono autoritario de su voz— ¿Quieres que me presente allí? ¿Quieres que te demuestre que me perteneces y que no te voy a dejar por nada ni por nadie? ¡Ay Marian, no me pongas al límite! No me hagas ir a por ti y traerte de vuelta.
Su actitud me alarma. No debería desafiarle. Es capaz de presentarse aquí y… no quiero ni pensar lo que haría en estas circunstancias. Si viniese a por mí… me temo que me iría con él sin rechistar. Así que si no quiero decepcionar al señor Carson, mejor será andarme con cuidado con Carlos.
—Perdóname tú a mí. Estoy agobiada con todo esto.
—Quiero que estés tranquila y que no le des más vueltas a lo ocurrido. Tendremos oportunidad de dejar todo claro entre nosotros en cuanto te visite en Washington. Por mi parte todo sigue como siempre.
—Por mi parte también, Carlos.
—Mi pequeña… ¡Dios! No podía esperar menos de ti —murmura.
Evitar que sonría… es imposible. Hablar con él… es el mejor ungüento para mi desecho corazón.
—Lamento tener que dejarte Carlos. Tengo una reunión dentro de media hora con el señor Carson aquí en el hotel y tengo que vestirme.
—Está bien, Volvoreta. Cuídate mucho.
—Lo mismo digo. Te quiero Carlos.
—No pienso vivir sin ti, Volvoreta. Yo también te quiero mucho. Hablamos.
Después de hablar con Carlos vuelvo a sentir un inmenso vacío en mi interior. Le extraño, le extraño mucho. Después de dejar mis penas en segundo plano y tras arreglarme, me dirijo a la cita con el señor Carson.
Al entrar en el comedor uno de los camareros se apresura a acompañarme a la mesa donde tres personas me están esperando; en cuanto se percatan de mi presencia se ponen en pie.
—Buenos días, Marian.
—Buenos días, señor Carson —dirijo mi mirada a la persona que le acompaña a su derecha y después le dirijo una sonrisa a Donna que se encuentra a su vez a la derecha de esta.
—Marian. Esta es la señorita Anne Stuart.
Nos estrechamos la mano.
—Encantada.
—Lo mismo digo —contesto.
—Bueno, ya conoces a Donna Jones.
Afirmo con un leve gesto.
Anne es una mujer de unos treinta años, de sencilla apariencia. Sus rasgos son algo exóticos, me recuerdan… bueno me recuerda a las mujeres hawaianas… exótica, dulce y risueña. En fin esa es mi primera impresión a simple vista.
—Sentémonos —El señor Carson nos señala con una mano las sillas que rodean la mesa. ¿Qué tal has descansado?—me mira con una sonrisa.
—He descansado bien, gracias. He tenido la oportunidad de hablar con mi familia en cuanto me he levantado. Les mandé un mensaje cuando pude para que se quedaran tranquilos, ya que allí dormían.
—¿Están bien? ¿Están tranquilos?
—Sí. Están tranquilos y bien. Gracias.
Sonríe satisfecho.
—¿Tú te encuentras bien?
—Sí señor. Estoy muy bien —le sonrío con dulzura.
—Estupendo. Entonces te diré que la señorita Anne, es la persona que se va a encargar de enseñarte la ciudad y los lugares que pueden ser de interés para tu día a día. Te acompañará y aconsejará siempre que lo precises. —Mientras hablamos, dos camareros nos sirven el desayuno—Hace un día magnífico para conocer un poco la ciudad.
—Cierto. Me encantará conocer la ciudad y sus lugares —Miro a Anne que me observa con atención a la vez que afirma con la cabeza.
—El lunes podrás ver el apartamento. Anne te llevará a comprar todas las cosas que necesites. Corren de mi cuenta.
—Señor. No hace falta que me pague nada, ya está haciendo bastante por mí.
—No quiero que te falte de nada ¿me oyes? —me mira con insistencia. Sus ojos de repente se velan por un halo de tristeza.
Entiendo, que en cierta manera se sienta responsable de mí, pero de ahí a costearme aquellas cosas que precise para estar cómoda en mi nueva residencia… me cuesta aceptarlo. Lo que no entiendo es la tristeza que se refleja en sus ojos, me deja confusa.
—Como usted diga, señor.
Su mano coge mi mano que está posada sobre el mantel y la aprieta por un segundo con inquietud; me conmueve el gesto y a la vez me aturde su cercanía.
Anne es una mujer estupenda muy cercana y divertida, es una loca de las compras. Me ha mostrado las mejores tiendas de ropa, muebles, restaurantes, gimnasios, museos, etc. Lo he pasado fenomenal. No he hecho compras ya que no sé lo que voy a necesitar hasta que no vea y viva en el apartamento. Ha sido una buena manera de presentarme la ciudad y de recomendarme los mejores lugares. No hemos entrado en ellos pero sí en alguna tienda que otra.
El señor Carson ha estado pendiente de nosotras dos llamando en varias ocasiones para saber que tal nos iba. Bryan también ha estado pendiente constantemente de nosotras, aguardando paciente a que saliéramos de las tiendas. En algunos momentos me he llegado a sentir incómoda porque más que un chófer parecía nuestro guardaespaldas.
Tengo los pies destrozados. Me quito los zapatos en la habitación y me los masajeo durante unos segundos. Saco el portátil de la maleta donde guardo todas mis cosas personales y lo enciendo; me conecto a Internet y dejo abierto Skype . Cojo algo de ropa interior y me dirijo a deleitarme con una buena ducha.
Al salir de la ducha miro la hora. Son las cinco y cuarenta y dos, buena hora para conectarme con mi madre y con Carlos.
—Hola mamá.
—Hola hija.
—¿Me ves, mamá?
—Si hija, te veo—sonríe, pero se la nota preocupada. No me puedo creer que te esté viendo hija, es increíble esto de Internet; creo que el poder verte me va a tranquilizar mucho.
—¿Cómo estás, mamá?
—Bien. ¿Y tú cielo?
—Bien. Acabo de ducharme. He estado conociendo un poco la ciudad.
—¿Tú sola? —frunce el entrecejo, no le gusta lo que ha escuchado.
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