Rosa Castilla Díaz-Maroto - El frágil aleteo de la inocencia

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El frágil aleteo de la inocencia: краткое содержание, описание и аннотация

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Con el firme convencimiento de que Carlos recapacitará, y que la distancia entre ellos no será un obstáculo para continuar con su relación, Marian, viaja hasta Washington para emprender un nuevo reto profesional.
Los sentimientos de soledad y añoranza nacidos de la distancia, encontrarán consuelo con las nuevas amistades que aparecerán en su nueva vida. Pero sus principios firmes y fuertes encontrarán su talón de Aquiles cuando conozca a Alan Carson, el hijo de su jefe y fiel sucesor del imperio Carson & Carson.
Marian luchará por vencer esa pasión incontrolable y mantenerse fiel a Carlos… ¿pero será capaz de conseguirlo, o sucumbirá a Alan?
Piérdete por las páginas de esta maravillosa novela que te hará sentir la pasión a flor de piel.

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Llaman a la puerta.

¡Vaya casualidad, qué inoportuno! ¡No podían esperar unos minutos más!

Es la cena.

—Gracias. —Trato de disimular mi llanto.

Un jovencísimo camarero con un carrito de comida espera que le deje pasar.

—¿Dónde lo quiere?

—En la zona de estar —le indico impaciente mientras busco un pañuelo de papel en mi bolso.

Rápidamente sale de la habitación tras dejar la cena donde le he indicado.

—Que le aproveche. Si lo desea puede llamar para que se lo retiremos.

—Gracias.

Cierro la puerta tras él y mientras pienso que será mejor dejar el mensaje de Carlos para después de la cena. Me quema la curiosidad… No quiero que después de las molestias que se ha tomado Gaizka preparando mi cena la deje sin tocar. Estoy segura de que si leo el mensaje… no quiero ni pensar que su mensaje no sea lo que espero… ¡Mi cabeza no deja de atormentarme!

Gaizka me ha sorprendido con unas excelentes verduras al vapor de primero y de segundo unos finos escalopes de ternera con una salsa ligera y unas pequeñas patatas hervidas. De postre arroz con leche. Todo delicioso ¡cómo no! Picoteo un poco la comida sin tan siquiera tomar asiento. La sensación de hambre desaparece en cuanto pruebo algo. Miro el móvil una y otra vez tentada por la necesidad de saber que contiene el mensaje. No puedo con la incertidumbre, no puedo esperar más. Sea lo que sea necesito saber de él.

Desisto en seguir comiendo. Totalmente decidida me siento en el sillón de lectura. No pierdo ni un segundo más y abro el mensaje:

Me alegro de que el viaje se haya dado bien, Volvoreta. Espero verte pronto a través de Skype o por lo menos escuchar tu voz”

La emoción y saber de él conquista fugazmente mi triste corazón y reconforta livianamente mis inquietudes. Su hiriente lejanía es despiadada con mis sentimientos; ahora noto en mi interior cierta paz. Al menos… ya tengo una respuesta suya. Unas sencillas palabras tras ignorar cualquier intento por mi parte de llegar hasta él. De tratar de limar emocionalmente nuestras posturas. Como si se lo hubiese tragado la tierra, igual. Ninguna noticia suya, ningún intento por apaciguar la incertidumbre en la que estábamos sumidos los dos… —suspiro.

Llamo a recepción para que recojan el carro de comida casi sin tocar. En cuanto se lo llevan me dirijo al baño. Cojo un cepillo de dientes de la bandeja que se encuentra sobre la encimera del lavabo con Bath amenities y me cepillo los dientes.

Sumida en un mar de pensamientos camino hacia el sillón de lectura donde me siento de nuevo con aire cansino. Miro a través de la ventana el ir y venir de los coches sin mucho interés, no hay mucho tráfico. Cojo de nuevo el móvil y abro por segunda vez el mensaje de Carlos; como si tratara de hallar entre sus líneas algo más

Tendido el puente entre los dos, solo queda dar los pasos correspondientes para unir de nuevo nuestros corazones. ¡Al menos eso espero!

Enciendo el televisor para distraerme un poco. Es pronto para dormir. A los pocos minutos noto como se cierran mis ojos ganándome el sueño y el cansancio…

CAPÍTULO 6

Me he quedado dormida en el sofá entre pensamientos y sentimientos hacia Carlos. La televisión está encendida con el volumen muy bajito. Cojo el mando y la apago. Perezosa… introduzco los dedos entre mi pelo. Lo tengo aún un poco húmedo. Miro el reloj de mi muñeca: son las siete de la mañana, tengo tiempo suficiente para hablar con mi gente y arreglarme para desayunar con el señor Carson.

Es toda una inyección de energía la que he sentido al hablar con mi madre y con Andrea. Necesito hablar con Carlos, me late fuerte el corazón en el pecho solo de pensar que voy a escuchar su voz. Tan solo deseo que esté receptivo y no me bombardee con su más que lacerante frialdad.

Me tiemblan las manos al pensar que voy a hablar por fin con él. Me da miedo pensar… No sé cómo va a reaccionar o cómo voy a reaccionar yo en cuanto crucemos las primeras palabras.

¿Serán de reproche esas palabras?...

Estamos tan dolidos los dos…

Claro que sí. Cada uno por su parte siente dolor. Él por… ¡sí, es cierto! Se siente abandonado por mí, desplazado, apartado de mi vida. No es fácil reconocer… que es legítimo por su parte sentirse así.

Percibo cierto dolor en el corazón, como si miles de alfileres me pincharan alrededor. Cada vez que respiro, parecen clavarse más y más profundos.

“Te prometo que nos veremos antes de que te vayas” —dijo.

No cumplió su promesa, le pudo más la decepción que sus sentimientos hacia mí. Le perdono… No puedo guardarle rencor.

Casi no puedo sostener el móvil en mis manos para marcar. ¡Qué manera de temblar!

—Hola Carlos —tiembla hasta mi voz.

—Marian.

Su fría voz resuena en mi mente, para perderse en la frágil alegría que siento al escucharle.

Sonrío y pienso en esa palabra “Volvoreta” que tanto le gusta decirme.

—¿Cómo estás? —pregunto.

—Bien ¿y tú?

Se hace un largo silencio.

Sinceramente… mal.

Dudo sobre si es el momento de hacer reproches o de intentar cruzar el puente confiando en que su disposición a un acercamiento sea verosímil y de que no sea un espejismo de lo que quiero, sino de lo que queremos los dos. No deseo que la oportunidad se esfume sin más, simplemente, por culpa de una desmedida soberbia por mi parte; no quiero caer en ese error.

—No te despediste de mí y me lo prometiste —le digo con voz suave, sin ánimo de reproche.

Otro largo e inquietante silencio se cierne sobre nosotros.

—Te vi marchar —dice con voz apagada.

¡Me vio!

¡Qué sorpresa! ¡¿Cómo me vio?!

Me late acelerado el corazón.

¡¿Y no me dijo nada?! ¡¿Nada?!

—¿Dónde estabas? —le pregunto un tanto escéptica.

—Te vi montar en el coche que la empresa mandó para llevarte al aeropuerto.

Me vio montar…

¿Por qué no me detuvo?

—¿Y por qué no te acercaste a mí y…? —no puedo seguir, se me quiebra la voz.

—Llevaba más de una hora esperando en el coche a que salieras para… mira… no sé que me detuvo —hace una pausa.

—¿Qué pasó para que no te acercaras?… Necesitaba verte, hablar contigo. No me gustó cómo quedó lo nuestro —le digo con voz rotunda—. Es muy doloroso para los dos, no debimos dejar lo nuestro en el aire.

—Asumo mi culpa. Creí volverme loco, estaba hundido. A mí tampoco me gustó, te lo aseguro. No lo he llevado bien estos días, aunque a ti te parezca lo contrario.

—Carlos, soy consciente de ello. Nos conocemos bien.

—Sí, demasiado bien.

—No lo entiendo Carlos. Estabas a unos pasos de mí, a unos pasos de que… esta amargura que siento… —elevo un poco el tono de mi voz—no existiera. Podías…

Se me llenan los ojos de lágrimas. Mi voz parece haberse quebrado. Sólo de pensar que… mi marcha podría haber sido más llevadera, más liviana. Me castiga.

Quiere castigarme.

—Marian. Ha sido duro para mí mantenerme alejado de ti. Ignorar tus llamadas… Tenía que curarme ¡¿Lo entiendes?! —dice desesperado.

—Es… es mucho el daño que te he hecho ¿verdad?

Suspira.

—Sí —confirma mi sospecha—. No… no supe qué hacer cuando te vi salir del portal y montarte en el coche. Estuve… debatiendo toda esa hora conmigo mismo sobre qué hacer. No supe decidirme a subir y hablar unos minutos contigo y… dejé escapar la oportunidad. Me frenó el miedo a que me rechazaras y te marcharas en medio de una discusión poniendo en peligro más aún, nuestra malograda relación.

—Dejaste escapar esa oportunidad, sí, pero yo no me he escapado de ti. Sigo queriendo estar contigo. Hay más oportunidades y formas… de estar juntos.

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