—Gracias de nuevo, Jim.
—Voy a avisar a nuestro chef . Él la aconsejará con mucho gusto.
Asiento con un leve movimiento de cabeza.
Miro alrededor, me siento extraña, como si estuviera vacía de emociones. Paso una mano por mi mejilla, la tengo helada al igual que mis manos. Junto ambas manos y las froto entre sí tratando que se calienten o no podré coger ni los cubiertos.
Observo nerviosa a las personas que allí se encuentran. Un camarero lleva una bandeja con cinco vasos de combinados a una de las mesas; al darse la vuelta me mira por un instante.
—Señorita Álvarez.
¡Señorita Álvarez!, ¡Señorita Álvarez! ¡Me van a borrar el apellido entre todos!
—Hola —me levanto rápidamente de la silla. Me giro para poder ver a la persona que reclama mi atención. Se dirige a mí en español e inmediatamente reconozco su acento vasco.
—No señorita por favor, no se levante.
Un hombre de pelo negro de unos cuarenta años y algo gruesecito me mira con sus grandes ojos negros; unas largas y espesas pestañas negras los rodean. Lleva puesto el típico gorro de cocinero, ese gorro largo de color blanco impoluto.
—Bienvenida.
—Gracias, señor.
—Es usted muy joven —observa—. Me llamo Gaizka Rotaeche; soy natural de Bilbao.
—Yo soy Marian Álvarez, natural de Madrid.
Me tiende la mano y se la estrecho.
—Mucho gusto. Me imagino que tiene hambre y que está muy cansada del viaje. La insto a que se deje agasajar por este modesto cocinero —me obsequia con una bonachona sonrisa mientras me hace una graciosa reverencia.
—Para mí será todo un placer, señor.
—Por favor, llámeme Gaizka.
—Le insisto Gaizka, será todo un placer —le sonrío esta vez con timidez.
—Me habían avisado de que iba a tener una comensal especial; sabía de su llegada. La he preparado una pequeña degustación de platos entre ellos platos de la tierra.
Jim se encuentra tras el cocinero.
—Bien, pues empecemos a agasajar a nuestra invitada —me dice con ojos chispeantes y divertidos.
Gaizka se retira a la cocina y Jim se acerca a mí.
—La dejo en buenas manos. En cuanto esté dispuesta le enseñaré el resto del hotel.
—Muy bien, Jim. —le digo y este se despide con una sonrisa.
Son todos demasiado complacientes, me siento agasajada en exceso. Un camarero se acerca a mi mesa.
—El sommelier la atenderá con mucho gusto.
—Gracias.
A los pocos segundos un hombre de unos treinta y cinco años, espigado y con ligera elegancia se aproxima a mi mesa. Lleva entre las manos la carta de vinos.
—Señorita. Aquí le traigo la carta de vinos. Si me deja que la aconseje…
Le corto enseguida.
—Yo no bebo. No suelo tomar vino —le miro con reparo.
—Como guste señorita. Traeré la carta de agua.
—Solo quiero agua mineral sin gas; por favor.
—Perfecto.
Se retira.
En pocos segundos un camarero aparece con una botella de agua y una copa. Su formato llama mi atención: una botella elegante de liso cristal con la palabra Voss grabada. Me sirve en la copa.
—Espero que disfrute de la comida.
—Gracias —contesto.
Tengo mucha sed, no creo que me dure mucho la botella. Estoy más seca que un rastrojo. Un par de minutos después empiezan a servir esa degustación de platos con la que me van a agasajar.
Pruebo un poco de cada plato. Algunos son pequeñas exquisiteces. Me lleno rápido.
Me siento satisfecha pero cansada.
Gaizka vuelve al comedor. Se dirige a mí con una amplia sonrisa:
—¿Está todo a su gusto señorita?
—Sí, Gaizka. Está todo delicioso pero ya no puedo más; estoy muy llena.
—Le queda el postre.
—Ahora no me entra nada más. Hágame un favor… guárdemelo para la cena.
—Como prefiera.
Suspiro.
—Necesito descansar.
—Creo que lo necesita, tiene cara de cansada—sonríe pícaro.
—Ya lo creo. Así que… si no le importa, me voy a retirar.
—La prepararé algo ligero para la noche… ¿si es que piensa cenar en el hotel?
—Se lo agradeceré. Hasta la noche Gaizka y muchas gracias por todo. Ha sido un placer para mí disfrutar de tan deliciosos platos.
Cojo mi bolso y me dirijo a la habitación.
¡Dios! ¡Ni siquiera he llamado a la familia! Estarán todos preocupados. Ahora no tengo ganas de hablar, estoy agotada. Les mandaré un mensaje a todos y más tarde hablaré con ellos; cuando haya descansado. Carlos asalta mi mente apoderándose de todo pensamiento e intención de desconectar de él. Poderoso hombre que me tiene sumida en la más profunda inquietud.
Suspiro pensando en qué hacer con Carlos. Si llamarle o dejar que sea él el que dé el paso… Lo cortés no quita lo valiente, le llamaré pese a todo. No puedo aguantar tanta incertidumbre… Necesito solucionar lo nuestro como sea. O estamos juntos… o queda zanjado donde él lo dejó. Sea lo que sea… dudo en quedar conforme con facilidad.
Al entrar en la habitación observo que las maletas están colocadas en el sitio destinado para ellas. Toda mi ropa colocada y ordenada en el armario y cajones. ¡Qué placer no tener que preocuparme de deshacer y hacer el equipaje! Me quito los zapatos y el vestido. La cama la han abierto pensando seguramente que necesitaría descansar. Perfecto. Mando los mensajes, incluso a Carlos y me acurruco en la cómoda cama con la esperanza de recibir alguna respuesta suya.
No entra luz por las ventanas, es de noche. Miro la hora en el reloj digital que hay sobre la mesilla, son las diez de la noche. ¡Uff, he dormido como una manta! Tengo ganas de bajar a cenar pero tal vez ya es tarde y han cerrado el restaurante… como tienen un horario tan distinto al nuestro…
Llamo a recepción:
—Hola soy la señorita Álvarez.
—Dígame —una voz femenina resuena en el auricular— ¿Qué desea?
—Me he quedado dormida y es muy tarde ¿Hay posibilidad de poder cenar algo? —mi voz suena soñolienta.
—No se preocupe. Nuestro chef ha dejado orden de que le suban la cena en cuanto usted lo desee.
—Gracias. Pero que sea dentro de media hora, por favor.
—No se preocupe. Dentro de media hora la cena estará en su habitación.
—Gracias.
Me encuentro aturdida. Cuelgo el auricular con torpeza. Me froto la cara y los ojos.
Me dirijo al baño tambaleándome. Me miro al espejo. Tengo ojeras… mi aspecto es un poco desastroso. Me sentará bien una ducha. Su cabina es circular con dos albornoces blancos colgados a su entrada. Me quito la ropa y me introduzco en la ducha. Pienso que me hace falta más un buen baño que una ducha pero… es lo que hay.
Me envuelvo en el albornoz para secarme, cojo una toalla para que absorba exceso de agua de mi cabello mientras lo froto con la toalla. Veo en una estantería las zapatillas a juego con el albornoz, me las coloco en los pies mientras me ciño el cinturón de este a la cintura. Busco en los cajones del armario algo de ropa interior.
Me aproximo al escritorio y veo la clave para conectarme a Internet. Es tarde, así que mañana calcularé bien las horas en las que puedo llamar a España ya que ahora estarán todos durmiendo. Cojo el móvil personal de mi bolso. Veo que tengo varios mensajes: mamá, Andrea… ninguno de Carlos. Los leo y les contesto. No puedo creer que… no sea capaz de…
Suena en el móvil una nueva entrada de mensaje.
Respiro hondo.
Me duele pensar… ¡Es él!
Con la mano izquierda cojo mi medio mundo y lo aprieto con fuerza entre mis dedos. Me da miedo leer su mensaje, me produce dolor saber que no le voy a ver en mucho tiempo. Me saltan las lágrimas, trato de detenerlas pero se apresuran a recorrer mi cara. El corazón me late a cien por hora.
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