Fronteras de la semiótica

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Este libro se basa en sus características intrínsecas, como una puesta al día de las más relevantes corrientes de investigación semiótica; y de su oportunidad, como homenaje a Desiderio Blanco, pionero de esta ciencia en el Perú. Reúne veinte ensayos de connotados autores, organizados en cuatro secciones: umbrales epistemológicos, pistas estésicas, perfiles sociosemióticos y linderos estéticos.

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Desde el punto de vista del régimen de la evidencia, la confianza está basada únicamente en las palabras, como por ejemplo el “oír hablar” evocado por Job; por esto puede levantar sospechas y se considera, en cierto modo, como mera estrategia de una argumentación falaz. Pero, al mismo tiempo, condenar el régimen de la confianza equivale a reconocer parcialmente su eficiencia: la argumentación es falaz, sí, pero por eso mismo es eficaz; Satanás es por supuesto un calumniador, pero Dios admite la verosimilitud de sus acusaciones. Desde el punto de vista del régimen de la confianza, el de la evidencia visible conduce a la mentira y, sobre todo, al orgullo a través del cual el sujeto pretende igualarse con su destinador; en cambio, la confianza en Dios implica la existencia de una humildad previa: éste es el sentido de la lección dada por Job. Pero, además, desde el punto de vista de la confianza, la creencia en los objetos debe ser reconsiderada: cuando Satanás-Lucifer se esfuerza por reducir la relación intersubjetiva de la confianza a simple interés por los objetos concretos y visibles, obliga a sus interlocutores a reconocer, desde el interior del otro régimen, el poder del “interés” y la eficiencia que caracteriza la presencia visible de los objetos: sin renunciar al régimen que representa, Dios acepta este punto de vista, puesto que deja que Satanás ponga a prueba a Job. Por supuesto, al final será el régimen de la confianza el que triunfe.

En resumen, Satanás-Lucifer juega un papel doble: como Lucifer, representa el punto de vista de la evidencia y trata al régimen de la confianza de régimen de la eficacia pragmática del lenguaje; como Satanás, adopta el punto de vista de la confianza, y pone, por así decirlo, “en evidencia” el interés que despierta lo visible.

En cierta medida, la retórica nace en la encrucijada entre los dos regímenes: se trata de producir, a través de la eficacia pragmática del discurso, objetos de lenguaje que susciten el “interés” del receptor, es decir, de conjugar la eficiencia de la palabra y el interés producido por los objetos sensibles. Lucifer-Satanás, ¿demonio de la retórica? Exactamente así consideraban Sócrates y Platón a los sofistas.

Así pues, según esta primera etapa de exploración, la correlación convergente entre ver y creer se basaría en una creencia autodestinada, en un mano a mano orgulloso entre el sujeto y sus objetos de valor; se trata de “creer en algo” (en francés croire à quelque chose ). La correlación divergente, por el contrario, descansa sobre una creencia heterodestinada, sobre la humildad de un mano a mano entre el sujeto y su Destinator; se trata en este caso de “creer en alguien” (en francés croire en quelqu’un ). Analizaré ahora, de forma paralela, dos tipos de discurso en los que las figuras del “ver para creer” y del “creer sin ver”, al igual que las del “oír hablar” y las de la confianza, se imponen epistemológicamente: el discurso de la historia y el discurso del psicoanálisis; ambos me parecen sufrir del síndrome de Lucifer, y buscar el remedio de Job.

PSICOANÁLISIS E HISTORIA: LA ESCENA PRIMITIVA Y SU ULTERIOR RELATO

Al comienzo del capítulo “Los actos fallidos” de la Introducción al psicoanálisis , Freud insiste, entre otras cosas, en los obstáculos que dificultan la formación de un juicio personal sobre el valor del psicoanálisis. Comienza por caracterizar la práctica de la medicina clásica como una práctica en la que el “creer” se basa en lo “visible”; para ello, despliega una especie de semiótica de dos planos en la que aparecen, por un lado, los “significados” médicos y, por otro, sus respectivos “significantes visibles”. Por ejemplo:

las reacciones químicas lo precipitado
la anatomía la preparación anatómica
la excitación de los nervios el encogimiento del músculo
la enfermedad los síntomas, incluso del germen
el proceso mórbido los productos visibles
la psique la fisionomía y el comportamiento.

El estudiante de medicina se deja convencer, de alguna manera, por la percepción visual directa de manifestaciones concretas: “... creéis adquirir por la propia percepción personal; la convicción de la existencia de nuevos hechos” 4.

Se trata, pues, de la correlación convergente, según la cual cuanto más y mejor vemos, más convencidos estamos. Esta correlación supone ciertamente un enfrentamiento directo con los objetos, de manera que al profesor de medicina le resta únicamente realizar una labor: “de guía y de intérprete que os acompaña como a través de un museo, mientras vosotros entráis en contacto directo con los objetos...” 5.

Desde el punto de vista del régimen de la “evidencia”, la práctica del psicoanálisis será inevitablemente despreciada, por poco seria y creíble, puesto que se basa exclusivamente en el intercambio de palabras. Además,

Las personas que rodean a los enfermos y a las cuales sólo lo groseramente visible logra convencer de la bondad de un tratamiento, al que considerarán inmejorable si trae consigo efectos teatrales semejantes a los que tanto éxito logran al desarrollarse en la pantalla cinematográfica, no prescinden nunca de expresar sus dudas de que por medio de una simple conversación entre el médico y el enfermo pueda conseguirse algún resultado 6.

Pero antes de imponer su punto de vista, que será el del otro régimen, Freud insiste sobre la eficacia pragmática del lenguaje. En efecto, desde el interior mismo del régimen de la evidencia y valiéndose del otro régimen, Freud esboza la crítica del primero para mostrarnos sus límites. Para ser más precisos considera, desde el punto de vista de la evidencia, que es “poco acertado e ilógico” ignorar el poder de las palabras. Así pues, se abre paso una nueva semiótica: una semiótica que no será ya una semiótica del signo, de la presencia visible, sino una semiótica de la eficacia asociada al discurso; se evocan esta vez tres tipos de dimensiones: la dimensión del discurso, la de los actos realizados y la de sus consecuencias. Por ejemplo:

decir que se está enfermo: padecer estar enfermo
imaginar los síntomas: percibir síntomas
con palabras... estar desesperado
con palabras... hacer feliz
pronunciar palabras: conducir a la creencia
pronunciar palabras: provocar emociones

Incluso, si desde el punto de vista de la evidencia, las “palabras” y el discurso sólo pueden ser despreciados en comparación con la percepción visual directa, su eficacia no puede ser negada por ello. Esta eficacia es tratada de mera “influencia”, eventualmente nefasta: “Las palabras, primitivamente, formaban parte de la magia, (...) y constituyen el medio general para la influencia recíproca de los hombres” 7.

Freud no propone sin embargo asimilar el discurso del psicoanálisis al de la magia: sólo se trata de la forma en que la “evidencia” considera la “confianza”. ¿Qué ocurre con el régimen de la confianza en sí mismo?

Es presentado como una frustración: “Así pues, no podréis asistir como oyentes a un tratamiento psicoanalítico” 8.

El psicoanálisis no puede descubrirse únicamente “de oídas”, en el sentido estricto de esta locución, ya que podemos “oír hablar de él” y no recoger más que “informaciones de segunda mano”. Se actualiza por lo tanto el otro régimen de creencia: “... el juicio sobre nuestra disciplina (...) habrá de depender del grado de confianza que os merezca aquél que os informa” 9.

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