Fronteras de la semiótica
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Y por lo que podemos inferir del corpus de estudios recogidos en este libro de homenaje a Desiderio Blanco, en la nueva semiótica reina la dimensión del afecto .
Óscar Quezada Macchiavello
JACQUES FONTANILLE
Universidad de Limoges, Francia
La caída de Lucifer: El fin de las evidencias y el advenimiento de la retórica
INTRODUCCIÓN
La semiótica de inspiración hjelmsleviana y greimasiana examina desde hace unos diez años su “base perceptiva”, y especialmente el grado y la forma de correlación entre la calidad sensible de las percepciones y la actualización de los valores en el discurso. La cuestión del ver y del creer puede ser planteada, por supuesto, dentro de una semiótica de lo visible, incluso dentro de una semiótica visual en el sentido más corriente y restringido del término: así pues, podemos preguntarnos por qué creemos o no lo que vemos, si la creencia en las artes visuales posee una naturaleza distinta a la de los discursos verbales, etc. Sin embargo, este problema es también el de los fundamentos de la fiducia discursiva en general, cualquiera que sea, en la percepción y sobre todo en la percepción visual.
Éste es el motivo por el que me propongo evocar ciertos aspectos de la relación entre ver, percibir, significar y creer, dentro de una problemática de naturaleza epistemológica que aborda, para ser más precisos, la dimensión epistemológica de los discursos, la forma en que estos discursos fundamentan los saberes que manipulan. Me limitaré a tres tipos de discursos en los que el problema se plantea inmediatamente, tres tipos de discursos cuyo fundamento es, en cierta medida, la separación entre lo visible y lo creíble: el discurso religioso, el discurso histórico y el discurso del psicoanálisis.
LA CAÍDA DE LUCIFER
La “caída de Lucifer” fue para mí el enigma a partir del cual el problema de las relaciones entre lo visible y lo creíble en su conjunto se fue poniendo de manifiesto. Lucifer, o Fósforo, es el dios “portador de la luz”, el dios de las mitologías griega y romana encargado de abrir la puerta cada mañana a la diosa Eos. ¿Por qué motivo el dios de la luz, de lo visible y de las verdades evidentes (en las mitologías griega y latina) fue confundido, una vez invertida su axiología, a partir de la Edad Media con Satanás (en hebreo “el adversario”) y con el Diablo (en griego “el calumniador”)?
¿Por qué se convirtió en el máximo representante de los demonios portadores de la mentira y de la falsedad, en el prototipo de ángel de las tinieblas, en ocasiones disfrazado de ángel de la luz? Por supuesto, la simbología cristiana se prestaba a este tipo de inversión; pero esta misma simbología ya estaba presente en las mitologías griega y latina, en las que era asociada al saber y a la verdad, aunque no apareciera tan claramente relacionada con el bien y el mal, como en el cristianismo. La inversión, si es que existe, afectaría el conjunto de la dimensión cognitiva y fiduciaria, puesto que también el conocimiento, sobre todo para Adán y Eva, mal aconsejados por Satanás, se vio afectado por esta inversión cultural. No puedo dar una respuesta histórica ni tampoco muy precisa sobre este tema por el momento; sin embargo, intuitivamente, un cierto número de hechos y de atributos permiten formular dos hipótesis generales.
La primera se refiere a las relaciones generales entre ver y creer. En el caso del Lucifer griego y latino, la extensión de la visión y la intensidad de la creencia se encuentran en correlación directa y convergente: la verdad se manifiesta en forma evidente ante los ojos del que se dispone a creer.
Por el contrario, en el Satanás-Lucifer de los cristianos, la correlación se invierte: no se debe creer lo que se ve que puede resultar engañoso; lo evidente no puede ser más que obra del ángel de la mentira; el conocimiento, una trampa que este ángel habría tendido a nuestra curiosidad; de manera global, para la Biblia, sólo Dios es Luz y Verdad y hay que creer primero para, eventualmente, ver después. En resumen, la percepción visual no puede ser el fundamento de la creencia, sino todo lo contrario: cuanto menos se ve, más firmemente se cree.
La segunda hipótesis se refiere a las relaciones entre la percepción visual, la argumentación, el hacer persuasivo y el hacer interpretativo. Satanás, “adversario” o “calumniador”, representa siempre en el Antiguo Testamento, y especialmente en el Libro de Job , el papel de acusador, de “abogado del Diablo”: situado a la derecha de Job, el acusado, Satanás pone en duda la evidencia de la fe de éste, y deja sospechar que bajo esta fe se esconden otros intereses 1; Dios acepta entonces que Satanás ponga a prueba a Job, quitándole poco a poco todo lo que podría inducirle a creer por interés: bienes materiales, salud, etc... Así pues, mostrar la fe de Job es separarlo primero de todos los objetos que demuestran para él la existencia de la benevolencia divina, para, en cierto sentido, aislar un creer puramente interactancial, una pura confianza.
El propio Job, a lo largo de una extensa conversación con sus amigos, intenta comprender el sentido de las pruebas a las que se ve sometido, de lo que puede ver y constatar: en su intervención final, Dios le reprochará el haber querido ocupar su lugar al querer enjuiciar el misterioso problema del mal. Y para ello empieza recordándole detenidamente quién es el Señor de la Luz: “¿Has mandado una vez en tu vida, a la mañana, has asignado a la aurora su lugar...?” 2.
Se trata pues, en primer lugar, de una cuestión de actantes: a Dios le corresponde ser el garante de la verdad, al hombre creer sin ver, a Satanás seguir persuadiendo mediante pruebas, hechos y cosas visibles. Lucifer se había transformado en Satanás al seguir simplemente siendo él mismo en un universo epistemológico que se habría transformado por completo: siendo dios o ángel de la luz, de lo visible y de lo evidente, sólo podía convertirse en “adversario”, en un oponente fiduciario dentro de un universo gobernado por la confianza intersubjetiva.
De hecho, se dice que Lucifer se convirtió en Satanás por orgullo: el orgullo será pues la pasión directiva de la búsqueda autónoma de las evidencias, es decir la pasión que emana del dispositivo modal en el que el ver y el creer se encuentran en correlación convergente, y en el que el individuo se esfuerza, por así decirlo, por creer sin Dios; una pasión en cuyas redes Job estuvo a punto de caer. Finalmente, Job concluye su conversación con Dios de este modo:
Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro. (Escucha, deja que yo hable: voy a interrogarte y tú me instruirás). Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza 3.
Lo visible recupera, pues, todos sus derechos, pero después de la prueba fiduciaria; se trata, entonces, del reconocimiento visual del destinator y no de la búsqueda visual de las evidencias: entre ambos se encuentra la fe, cuyo régimen de creencia ha sido transformado gracias a la retórica de Satanás.
La hipótesis general que se esconde bajo el enigma de la caída de Lucifer sería la siguiente: estaríamos frente a dos tipos de correlación diferente entre el ver y el creer: una, directa y convergente, conduce a la evidencia ; la otra, indirecta y divergente, conduce a la confianza . Cada una de estas correlaciones fundamenta un régimen de creencia , y actualiza un universo axiológico a la par que virtualiza y desvaloriza el otro régimen. Como en todo universo axiológico, sea cual fuere, el discurso tiene siempre la capacidad de presentar mediante los efectos de “punto de vista” el régimen excluido dentro del régimen admitido; la cuestión sería: ¿cómo aparece caracterizado el régimen B desde el punto de vista del régimen A y viceversa?
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