Los profesores comenzaron a hacer uso de algunas aplicaciones cotidianas, WhatsApp, Facebook, el correo electrónico. Por un lado, los profesores que a través de correo enviaban una lectura a modo de clase y pedían un producto de esa lectura, un intercambio de información a través de correo electrónico; por otro lado, teníamos a los profesores que teniendo un perfil de Facebook® impartían sus clases a modo de conferencia a través de un en vivo en un grupo de su materia, algunos que a través de la mensajería de la misma aplicación convocaban a encuentros. El WhatsApp® se volvió igualmente un medio para enviar pequeños videos, lecturas, y solicitar a través de ello los productos académicos. A eso me refiero con el cambio de concepto de espacialidad, la cual se vivía solamente marcada por una ausencia de nuestra materia física, pero todo se transformaba en información intercambiable.
Es cuando la educación parecía despersonalizarse, pues no existía contacto entre personas, profesor-estudiante, solo un intercambio de información cuya finalidad era culminar con los contenidos planteados, emitir un número para evaluar el avance y listo.
Aun en espacios donde se convocaba a reuniones virtuales usando video, la despersonalización era y sigue siendo tan clara y deformada la forma en que seguimos pensando que la presencialidad es solo eso. El espacio se convirtió en un modo de vida bastante peculiar, la espacialidad ahora era “sí virtual, pero viéndonos unos a otros a través de una pantalla”, la espacialidad ahora parecía tener un concepto diferente. Sin embargo, empezaron claramente las discusiones triviales como “debes tener tu cámara encendida, debes buscar un espacio adecuado, debes estar como si estuviéramos presencialmente, debes estar a la hora señalada, debes revisar tu conexión de internet, debes tener una buena computadora, si tienes un celular entonces debes tener una buena computadora”. Ahora la educación sí se estaba volviendo un lujo que no todos podían darse. Incluso los mismos profesores tenían dificultades para tener un espacio adecuado, pensando en los estudiantes que eran de comunidades en donde el acceso a internet aún no era bueno. Las excusas de los profesores se volvían cada vez más críticas, humillantes y despreciables.
Se podría ver a los profesores el cómo se justificaba que un estudiante no pudiera entrar a clase a la hora, parecía impensable que estando en su casa, el estudiante manifestara que no podía conectarse desde su casa, que debía ir con un pariente que vivía cerca porque su pariente tenía mejor internet, además su computadora no era de las mejores. Era algo cotidiano en donde el discurso de los profesores era el mismo que antes de la pandemia, el pensar que los estudiantes siguen siendo engañosos, que no era posible que no tuviera una buena computadora, que seguramente sus padres le daban un buen celular, pero no una buena computadora, que si tenía que ir con un pariente pues que se quedara allá…
Para no centrarnos mucho en este ejemplo, quiero concretar que el punto de los profesores no era válido en nada, a nosotros como profesores no nos compete juzgar a los estudiantes, nos compete indagar, preguntar, investigar y dar la consejería necesaria para los estudiantes y para que su desempeño sea el mejor, así mismo somos profesores y somos seres humanos, que tenemos también ciertos desatinos a la hora de priorizar nuestras formas de impartir clases.
A lo que quiero llegar, es que la distancia humana parecía no solamente física, sino una distancia totalmente inhumana, se volcó la atención en cuestiones como “el deber tener una computadora, el que, si tu computadora no tiene cámara, pues compra otra”. La educación se volvió vil y muy banal, ¿por qué?, porque como profesores no todos podemos ser capaces de modificar nuestros entornos, la complejidad de la virtualidad como la estamos tratando de comprender no es del todo tan compleja. Incluso, la forma en que concebimos la educación virtual es sumamente distante a lo que podría ser y mejorar en el dinamismo de lo inteligentes que somos para transformar nuestros ambientes de aprendizaje. El pensar que la educación virtual es sentarnos a dar la misma clase, a la misma hora, con los mismos contenidos y materiales, es totalmente erróneo y parece que las universidades así lo conciben, cuando esto es totalmente alejado de una educación verdaderamente virtual que pueda dar autonomía al aprendizaje, pero a la vez fomentar la motivación del estudiante por querer aprender.
Precisamente seguimos con un distanciamiento humano bastante marcado. En este sentido, quiero centrarme en visualizar que la educación parece seguirse marcando por una distancia física, emocional, social y espiritual. No somos capaces de conectar con el otro a través de un medio virtual, y no es porque no se pueda, es porque no somos capaces de transformar lo que hacemos en nuestras formas cotidianas de enseñar.
Hoy importan mucho los contenidos, las competencias, incluso la productividad, debes tener todas tus “sesiones virtuales” (llámese así a las sesiones sincrónicas a través de una aplicación digital) grabadas como evidencia de que estuviste “impartiendo clase”. Estamos trabajando de la misma forma, la espacialidad no se transformó, solo cambió de formas de conexión, aun en estas formas que intentan unir la enseñanza y fomentar el cuidado del otro y a la vez enseñar al otro a cuidar, vivimos tan alejados el uno del otro.
El estudiante era y sigue siendo un “ente de poco intelecto”, el profesor sigue conservando esa supremacía y ese ego de ser quien es “el profesor” y el estudiante es un “ente carente de sentido común y, por lo tanto, carente de la capacidad de discernir”, precisamente carente y lo entrecomillo porque algunos profesores tristemente piensan así.
Precisamente somos nosotros los impulsores de una construcción personal del estudiante, pero parece que no terminamos de darnos cuenta, si todo profesor tuviera conciencia del impacto del cuidado en la enseñanza, no habría necesidad de programas de orientación educativa adicionales.
Hace un momento hice uso de un término: la presencialidad; es un concepto que podríamos comenzar a replantearnos. La presencialidad se puede concebir con un encuentro con el otro, en donde a pesar de la distancia física, sea posible la transformación de ambos en un proceso de aprendizaje conjunto, un modo de ayuda mutua para aprender a cuidar, en ese aprendizaje se aprende quién es el otro, en ese aprendizaje se vive el cuidado de una forma didáctica diferente.
Los profesores no ven al estudiante como un jarro que deben llenar de contenidos, como un ente que recibe información y debe regresar un producto de su integración, así mismo, no debemos soslayar el papel que los estudiantes deben desarrollar.
Es claro que el estudiante no es culpable de todo, pero también contiene en sí mismo ya un grado de consciencia, desgraciadamente la vida es un engranaje en donde se unen familia, contexto, docencia y estudiante, por explicarlo de una forma simple. Es claro que, en efecto, muchos estudiantes no valoran el trabajo de los profesores, degradan a los mismos y son capaces de incluso formular algún plan para poder cumplir con “pasar una materia” y lo pongo así porque tienen una intencionalidad negativa aun cuando buscan un bien personal.
Pero es precisamente lo que queremos romper, esos estigmas y esa búsqueda de culpables, la presencialidad desde la virtualidad busca reducir la distancia social y física para encontrarnos con el otro en formas múltiples. Si somos capaces de cambiar la dinámica de nuestra enseñanza, seremos capaces de transformar la mentalidad de aquel al que estamos enseñando, porque entonces él se vuelve uno con nosotros y busca el aprendizaje como una forma de transformación personal.
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