Pero yo no quería renunciar a la posibilidad de un verdadero diálogo y reconocimiento mutuo. Su búsqueda sería la base del actuar en una pequeña ONG berlinesa llamada Asociación de Acción para un Mundo Solidario (ASW) donde inicié la construcción de un área dedicada a América Latina para el trabajo en derechos humanos y equidad de género. No se trataba de llegar con nuestras ideas para cambiar la vida de las personas, se trataba de apoyar las iniciativas de los movimientos sociales que decidían hacia dónde caminar; nuestro aporte era acompañarlas con la escucha, el diálogo y algunos recursos. Se trataba de apoyar los sueños de otras y otros.
Quién iba a pensar que sería en la Facultad de Educación de la Universidad Técnica de Berlín, en la que fui catedrática durante seis años, donde comprendería que para lograr un proceso de liberación se requiere la sinergia de diferentes fuerzas y de que ocurra el kairós, aquel momento en el cual las fuerzas que han madurado y se han unido para lograr una transformación la llevan a cabo efectivamente. El pedagogo Federico Copei lo denomina “el momento fértil” (Copei, 1960). La transformación no sucede solo porque es anhelada unilateralmente por una de las partes en cuestión; surge en un debate con su contexto y está vinculada a la desarticulación de las estructuras anteriores. Conocí este límite al que se enfrenta la transformación a través de situaciones muy difíciles, junto a mis estudiantes que participaban en los círculos de reflexión biográfica. En estos seminarios, conversábamos por un lado sobre nuestras propias biografías y, por el otro, nos dábamos cuenta cuán importante era el momento histórico. En el marco de nuestro esfuerzo por encontrar instancias de diálogo entre estudiantes de la República Federal de Alemania (RFA) y de la antigua República Democrática Alemana (RDA), se nos hizo evidente que para lograr procesos de toma de conciencia y transformación, primero era necesario que se cumplieran ciertos requisitos estructurales que posibilitaran un diálogo en condiciones de simetría. Y aprendimos también que esa simetría no se puede generar artificialmente y no puede ser impuesta.
Nicanor Perlas afirma:
La transformación social recién se hace posible cuando identidades diversas aprenden a crear una sinergia entre ellas. Esto, porque esas sinergias son algo así como el contorno de una futura sociedad, que quiere hacerse realidad. Eso es lo que el futuro nos depara. Por esa razón —tal como las células imago de las orugas— debemos encontrar caminos para construir puentes, permitiendo que lo nuevo se expanda. Muchas personas e individuos creativos pierden de vista que la red creativa debería ser la prioridad, y en cambio buscan llevar a cabo sus propias ideas, metas y soluciones de manera individual.
Darnos cuenta de lo anterior resultó más que doloroso. Mientras quienes habían crecido en la Alemania Oriental, en la RDA, habían aprendido que su esfuerzo por adaptarse a la ideología dominante era una manera exitosa de mantener márgenes de acción, quienes eran de la Alemania Occidental —muy seguros de sí mismos y entrenados para argumentar bien en sus discursos— participaban de los debates en el aula sin escuchar ni percibir el universo semántico de su contraparte. En virtud de esas experiencias emprendimos actividades orientadas a tematizar el poder de lo discursivo en las relaciones este-oeste (de Alemania) e intentamos construir puentes para que pudiera surgir lo nuevo que se esperaba emergiera en la Alemania reunificada. Sin embargo, fracasamos. En vez de crear sinergias, lo que pasó fue que cada parte defendió inconscientemente el modelo ideológico en el cual había sido educada, sin tener conciencia de lo que provocaba en la contraparte. A pesar de que ambos lados se esforzaban por hablar de los cuarenta años de no-encuentro, muchas veces esas conversaciones, más que lograr avances, provocaban más humillaciones y heridas.
De esos dramáticos debates aprendí que el encuentro solo es posible cuando los dos lados están verdaderamente dispuestos a que este se produzca. Y eso requiere de al menos tres elementos: una cierta distancia temporal, empatía para comprender el sufrimiento y las humillaciones vividas por el otro, y una determinada visión para construir confianza a través de proyectos conjuntos. Esos tres elementos no habían estado presentes en mis primeras clases universitarias después de la reunificación, pero fueron premisas fundamentales para todas nuestras actividades internacionales en el futuro.
Por lo dicho, todas las actuaciones que desde entonces hemos desarrollado en el Instituto Paulo Freire han partido de la pregunta por su relevancia para nuestra propia sociedad. A su vez, la formación continua que ofrecemos nunca la hemos entendido como pura transmisión de conocimientos, sino como un esfuerzo por lograr empatía y encuentro con el otro. Nos guía la convicción de que este mundo necesita ser transformado y que eso es algo posible de hacer, tanto en el norte como en el sur, para lo cual es importante, además de tomar conciencia de la opresión y la injusticia y de desarrollar resistencia, generar ideas y propuestas acerca de cómo nos imaginamos un mundo mejor; por ello, en todos nuestros espacios nos ocupamos activamente de garantizar ambientes para crear alternativas.
En 1996 la Fundación Alemana para el Desarrollo (DSE) nos encargó diseñar y conducir un currículum para docentes chilenos orientado a la educación para la democracia, en el marco del programa chileno de becas en el exterior. En Alemania, poco tiempo antes de ese encargo hubo varios ataques racistas en las ciudades de Rostock-Lichtenhagen y Mölln. En el Instituto Paulo Freire sentimos una gran consternación por la situación y nos preguntábamos cómo podríamos contribuir a un proceso de transformación en Chile, si en nuestra propia sociedad no habíamos sido capaces de superar las consecuencias del racismo y del antisemitismo.
La vergüenza que sentíamos por la fracasada elaboración de nuestra propia historia con el Holocausto en Alemania nos impulsó entonces a desarrollar un currículum que intentaba retomar las cuestiones que ya el movimiento estudiantil había planteado, pero que habían quedado sin respuesta: tanto las preguntas sobre una cultura de la memoria, respecto a nuestra historia reciente, así como el debate acerca de la migración en nuestra sociedad, emergieron como temas de central relevancia. El objetivo de este curso que desarrollamos entre 1997 y 2003 era reflexionar, con la distancia geográfica necesaria, sobre la orientación que requerían tener la escuela y la sociedad chilena en un contexto posdictatorial. Más tarde, entre 2009 y 2014 incluimos esta reflexión en un programa de formación para docentes de matemática de Chile e investigamos de qué manera las matemáticas podrían servir como un medio crítico y alternativo de entender la sociedad. En el inicio de este proceso, 1997, entregamos al Ministerio de Educación de Chile una propuesta que incluía un módulo denominado “Cultura de la memoria/Elaboración del pasado”; sin embargo se nos dijo que después de 18 años de iniciada la transición, Chile aún no estaba en condiciones para enfrentarse a lo sucedido durante la dictadura, así que le cambiamos el término “memoria” por “Reflexión sobre la historia”.
Este primer curso con veinte profesoras y profesores de todo Chile, se convirtió en una guía para nuestro trabajo posterior. Efectivamente, nos mostró la magnitud del silencio (y del silenciamiento) presente en la sociedad chilena, pero también que nuestro curso en Alemania, de dos meses de duración, ofrecía un espacio protegido que hacía posible construir confianza y romper lentamente aquel silencio instalado en cada uno de los frentes. Este espacio, además de estar geográficamente lejos de Chile, facilitó que las personas que participaron empezaran a conversar sobre las experiencias que habían tenido según sus respectivas posturas políticas, y que tomaran conciencia del dolor y los bloqueos que este extendido silencio sobre el pasado reciente volvía a desencadenar una y otra vez. Al finalizar el curso, y gracias a los múltiples acercamientos y diálogos, la dureza de los frentes se había disipado y los profesores y las profesoras habían comenzado a adoptar una actitud más abierta respecto de lo sucedido durante la dictadura. Después de su regreso de Berlín, muchos de estos colegas chilenos fueron a visitar los antiguos lugares de violaciones a los derechos humanos de la dictadura chilena, de cuya existencia recién se habían enterado estando en Alemania. Les resultaba inconcebible saber que ellos, habiendo vivido esa época, no se hubieran enterado de su existencia, de la ocurrencia de aquellas violaciones, y de que estas hubieran sido completamente acalladas o (in)conscientemente bloqueadas.
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