Annette Nana Heidhues - Desaprender para transformar

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Este libro reúne las voces de mujeres y hombres que, inspirándose en el legado de Paulo Freire, han acudido a la pedagogía como herramienta para la transformación de las relaciones de poder hegemónicas y las desigualdades.Personas dedicadas a la educación, el trabajo social, la comunicación, las artes, la investigación, defensoras de los derechos humanos, líderes de movimientos campesinos y comunitarios y acompañantes psicosociales comparten aquí sus experiencias y reflexiones, fruto del encuentro y de la construcción colectiva de saberes.En variados escenarios y múltiples países se han gestado estos textos: centros educativos desde el preescolar hasta la universidad, sedes de acogida de inmigrantes, centros de salud, casas de la cultura, cárceles y lugares de memoria en territorios de Chile, Perú, Colombia, El Salvador, Honduras, Guatemala, Mozambique, República Democrática del Congo y Alemania.Los escritos que conforman el compendio muestran la vigencia del pensamiento de Freire en el mundo actual. Nos descubren la multiplicidad y riqueza de caminos de transformación que ofrece la pedagogía social, así como la fortaleza del actuar colectivo para construir una convivencia más justa y equitativa.

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Sin mucha claridad sobre lo que buscaba, pero inconforme, seguí explorando caminos. Así, encontré un espacio de acogida en la biblioteca del Centro Regional de Educación Fundamental para la América Latina (Crefal) de la Unesco orientada a la formación de adultos, en Pátzcuaro, Michoacán, donde aprendí mucho sobre el ­trabajo con población indígena. Estando allí me enteré de un seminario que se realizaría en el Centro de Información y Documentación ­(Cidoc) en Cuernavaca, dirigido por Ivan Illich. El objetivo del seminario sería debatir, junto a Paulo Freire y muchos otros revolucionarios latinoamericanos del ámbito de la educación, sobre las preguntas fundamentales de las tan necesarias reformas educativas6. Para ese entonces, con Salvador Allende a la cabeza, la Unidad Popular había ganado las elecciones en Chile, y en el Perú el general Juan Velasco Alvarado estaba llevando a cabo una profunda reforma agraria y educativa. Con todos estos sucesos, la pregunta por el rol de la educación en el proceso revolucionario había adquirido una importancia central.

Yo tenía apenas 23 años y era la única persona europea presente. Ivan Illich no había estado de acuerdo con que yo participara del seminario, pero de manera cordial Freire había dicho: “También necesitamos el pensamiento europeo”. En ese momento no entendí lo que se escondía detrás de esas palabras, porque la percepción que yo tenía de mí misma era la de una insignificante estudiante europea que andaba en un proceso de búsqueda. Su comentario me llevó a preguntarme qué podría ser eso del pensamiento europeo. En mi época escolar, durante la posguerra en Alemania, había notado que mis profesores y profesoras tenían muchas dificultades para enfrentar sus propias historias. Algunos lloraban en clase, como por ejemplo mi maestro de matemáticas, que había perdido una pierna durante la guerra. O el de música, que tocaba el piano mientras cantábamos, para así disimular su propio llanto.

El extendido silencio de la generación de nuestros padres sobre su intento de reprimir el recuerdo del Holocausto nazi, y su “incapacidad de sentir duelo” (Mitscherlich y Mitscherlich, 1973) por haber formado parte de la Segunda Guerra Mundial, habían sido un factor central en el surgimiento del movimiento estudiantil alemán. Pero no podría decir que en mi infancia, transcurrida en el ámbito rural, me hubiera enfrentado a una reflexión intensa sobre las raíces de la filosofía europea. Y menos que esa formación me hubiera dado herramientas para tomar conciencia de mi propio eurocentrismo o de la arrogancia implícita en el colonialismo. Recién en Cuernavaca entendí que mi lugar de origen no solo me había marcado, sino que también correspondía que me hiciera cargo de él.

Cada tarde, después de terminar las actividades planificadas, Paulo Freire me preguntaba cuáles habían sido mis impresiones y qué había aprendido de nuevo. Al comienzo me sentí muy intimidada, porque temía que me estuviera sometiendo a algún tipo de prueba, pero gracias a lo afable que era rápidamente comprendí que mi opinión de verdad le interesaba. Cuando el seminario finalizó, supe que esa era la manera de entender la educación que yo había estado buscando.

En realidad hoy, a mis 72 años, aún sigo indagando, pero aquellos días en Cuernavaca me enseñaron la importancia de escuchar con el corazón y de comprender que solo de ese modo se pueden llevar a cabo transformaciones sociales profundas. Sin que yo tuviera conciencia de ello, Freire había estimulado en mí las células imago7, como lo que sucede con una cuncuna (oruga) que comienza a transformarse en crisálida. El encuentro con Freire fue aquel momento de mi vida en el que tomé conciencia de que mi voz también importaba y que mi propia perspectiva sobre las cosas pequeñas de este mundo podía contribuir a transformarlo. No necesitaba un profundo estudio sobre las raíces del pensamiento europeo, bastaba con reflexionar en el aquí y el ahora, junto al otro, sobre mis propias experiencias y mi Weltbild (visiones del mundo). Entonces me di cuenta de que no era necesario esperar un futuro lejano, sino que este siempre sucede en el encuentro con el otro. Somos parte de una realidad, y a través de nuestro actuar se convierte en una realidad diferente. Así lo expresa Nicanor Perlas:

La comprensión de este fenómeno es el verdadero nacimiento de la mariposa. Porque desde entonces, cada célula de la mariposa puede hacerse cargo de su propia misión. Cada célula tiene un trabajo que hacer, cada una es importante. Y cada célula comienza a hacer lo que más le atrae. Las células se apoyan mutuamente, para que cada una pueda realizar justamente lo que más le atrae.

Y todas las otras células la apoyan en exactamente hacer esto. Es el método perfecto de la naturaleza para crear una mariposa. Esta toma de conciencia ocurrida en enero de 1971 ha marcado mi vida hasta el día de hoy, y me ha llevado a ser aquella persona que quienes me acompañan en el camino y que participan en mis talleres conocen.

Con una nueva mirada, avancé en mis estudios universitarios y como trabajo de doctorado opté por estudiar los procesos educativos en la reforma agraria en el Chile de los años setenta, país que me acogió y donde hice grandes amigos y amigas. Yo quería auténticamente aprender de ellas y ellos, así que como había hecho Freire conmigo, me dediqué a escucharlos, estuvieran donde estuvieran. Eran tantas personas buscando salidas, todo un movimiento de esperanza muy diverso; a donde fuera, se aprendía. Pronto descubrí algo maravilloso, mi escucha atenta generaba diálogos entre ellos, yo era como la disculpa para que conversaran mucho y en ese intercambio terminaban de descubrir lo que estaban haciendo.

No obstante, la vida me mostraría luego que el diálogo siempre está marcado por dinámicas arraigadas culturalmente y que comprenderlas ayuda a tomar posiciones éticas consecuentes. Fue en la pequeña isla de Maio, de tres mil habitantes, perteneciente a la República de Cabo Verde, donde me confronté con una sociedad organizada jerárquicamente en función de su propia supervivencia e incluso de los más débiles, y además con huellas de un colonialismo que así como había hecho daño, adelantó acciones para proteger a las personas desfavorecidas. Toda una contradicción con mis ideas políticas de equidad y relaciones de igualdad, que me llevó a preguntarme por el tipo de apoyos que se dan a quienes están en una situación difícil, y cómo cuidar sin quitarles a las personas su dignidad. De igual manera comprendí que las relaciones de poder eran complejas, que había muchos grises y no podía verlas solo en blanco y negro.

Llegué a Maio como coordinadora de un proyecto integral de la Cooperación Alemana que manejaba la organización Servicio Mundial para la Paz. Deseaba aportar al establecimiento de relaciones más equitativas, y con eso a la emancipación de las mujeres, y creía que lo estábamos logrando a partir de un diálogo de igual a igual, nosotras con ellas, y entre ellas mismas. Pero no era cierto ese diálogo, no como yo me lo imaginaba. Por una parte, mi rol implicaba cierta distancia que me cuestionaba, pero a su vez descubrí que las estructuras sociales en la isla eran muy fuertes y, a su manera, equitativas en cuanto a garantizar el cuidado de todos los habitantes en situaciones de crisis extrema de sequía. También me di cuenta de que nuestras actuaciones, aunque bien intencionadas, no eran respetuosas de su cultura, no estábamos viendo más allá ni comprendíamos la lógica de su manera de organizarse para poder salvarse de la ­catástrofe en el último barco. En este contexto, el orden establecido por el colonialismo se mantenía: después de los portugueses había llegado la Cooperación Alemana con otra forma de intervención desde afuera, con una visión de equidad de género que no correspondía a las necesidades reales de las mujeres. Varias preguntas me acompañaban: ¿de qué manera la historia y la cultura de un pueblo fueron ­marcadas por el encuentro con el otro europeo?, ¿puede una reflexión ­crítica acerca del ­colonialismo ­convertirse en una fuerza liberadora y de autodeterminación?, ¿debe hacerlo? Cuando tomé conciencia de mi rol como mujer blanca, alemana, con un poder que me otorgaba el ser representante de la cooperación internacional, entendí que ese no era mi lugar, por lo menos no en ese momento. Agradecí todo lo aprendido y renuncié al cargo publicando la reflexión “No puede haber un verdadero diálogo” en la revista Querbrief del Servicio Mundial de la Paz.

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