Fernando Vela - Ensayos

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Los ensayos recogidos en este libro son testimonio de los amplios intereses del escritor Fernando Vela. Abarcan la actualidad y la historia, la literatura y el arte, la política, la sociología, la filosofía, la ciencia… En ellos el autor somete los más diversos aspectos de la realidad humana a examen riguroso para ofrecernos nuevas formas de ver esa realidad.Vela publicó una mínima parte de su abundante producción escrita y quedaron al margen excelentes trabajos, que pueden encontrarse en este volumen.

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Ortega constituye para Vela, en fin de cuentas, un feliz esfuerzo de superación de las contradicciones internas que parecen haber llevado a la filosofía al callejón sin salida de los racionalismos e irracionalismos a ultranza; a una fenomenología que restringe el campo de acción del pensamiento, e incluso a un existencialismo al que puede reprochársele su enfangamiento en el yermo nihilista. Ortega representa, en tal sentido, la afirmación de la filosofía como entidad intelectual suficiente; como instrumento capaz de afrontar, contra las difusas formas del escepticismo contemporáneo, el enigma que para el hombre constituye su propia existencia. De ahí que en «Sobre el problema de la filosofía» señale Vela como principal conflicto del pensamiento moderno su renuncia a postular una teoría que lo defina por sus propios fines. El relativismo de Dilthey, sostiene Vela, parece haber dejado espacio sólo a una sistematización de las diversas concepciones del mundo, lo cual bien puede interpretarse como síntoma de un tiempo «que poetiza sobre la poesía, critica la crítica, novela la novela, y en todo paraleliza los reflejos intelectuales hasta lo infinito»79; que se resigna, en definitiva, a abandonar toda pretensión de que la filosofía cristalice en una disciplina independiente, en una verdadera «ciencia de las esencias». No menos relativista y escéptica —no menos restrictiva— juzga Vela la postura de Simmel, en quien advierte similar renuncia a toda posible unificación del concepto de filosofía a través de su justificación objetiva. La inversión orteguiana consistente en una redefinición del relativismo como objetivismo, inspirada en buena medida en ideas de Simmel y expuesta en El tema de nuestro tiempo , es aquí señalada como primer paso para solucionar el problema eminentemente filosófico de la esencia de la filosofía.

Argumentos análogos a los que sirven para la crítica de las corrientes de raigambre neopositivista o neoempirista se emplean en la denuncia de la amenaza que constituye para el pensamiento metafísico el nihilismo contemporáneo. El problema de la relación entre el existencialismo y la filosofía orteguiana preocupó largamente a Vela, al punto de impulsarlo a consagrar muy buena parte de su última recopilación de ensayos, Ortega y los existencialismos , a una obstinada y un tanto dogmática afirmación del raciovitalismo frente a las que juzgaba —según tesis inspiradas en los escritos póstumos de Ortega sobre Leibniz— contradicciones de la filosofía de Heidegger80. Pero ya desde fines de la década de los cuarenta había manifestado Vela enérgico desacuerdo con la corriente filosófica existencialista, cuyos precedentes históricos más próximos reconocía en la fenomenología y en la filosofía de Kierkegaard. Data de 1949 el prólogo a su traducción del estudio de Harald Höffding sobre la figura del pensador danés. «La descendencia de Kierkegaard» constituye uno de los más decididos ataques de Vela al existencialismo desde la interpretación del problema del «suicidio de la razón» como causa del aflorar de la desesperación y la angustia contemporáneas. «Sin la fe religiosa de Kierkegaard —sostiene Vela—, el hombre de ciertos existencialismos se encuentra en una historia y un mundo que considera absurdos, y además sin Dios, y tiene que caer forzosamente en un nihilismo irremediable»81. Todo lo desorbitable del pensamiento de Kierkegaard se ha desorbitado en el «existencialismo a lo Sartre» por el procedimiento de asimilar las consecuencias últimas de aquella filosofía desde la posición racionalista y atea predominante en la Francia del siglo XX. Pero una filosofía sustentada en la negación, observa Vela, no puede sino «quedar empapada de la cabeza a los pies por un negativismo irremediable»82, y es ese el árido terreno hollado tanto por el existencialismo de Sartre como por el de Heidegger. Por más que las dos corrientes partan de presupuestos muy distintos, a cuyo análisis dedica Vela generoso espacio en su prólogo, ambas convergen en la concepción de una existencia humana abocada a «la angustia y la incomunicación absolutas». La conclusión de Vela sitúa en su justa dimensión el negativismo sartreano, pero parece desatender (y continuaría haciéndolo más tarde en ensayos como el que da título a su último libro) las reflexiones de Heidegger sobre la fundación del ser en el lenguaje. Estas se habían inaugurado con el admirable escrito del filósofo alemán sobre Hölderlin de 1937 y orientarían desde entonces su pensamiento hacia una búsqueda incesante en el lenguaje —una espera y una escucha— de nuevos significados del ser, que mal podía conciliarse con el veredicto de nihilismo decretado en las, por otra parte, muy reveladoras páginas de Vela.

En 1960 seguía estimando Vela la reluctancia frente a lo objetivo el rasgo propio de toda filosofía existencialista:

«En todas las filosofías existenciales y existencialistas late este mismo terror a lo objetivo. Sartre habla de engluement por lo objetivo en que el sujeto se queda pegado como la mosca en el papel engomado. Es cierto que la cultura se ha hecho demasiado objetiva, racional, fría y abstracta, pero no parece que el modo de salvarla sea acentuar en tal grado lo subjetivo, pasional y concreto. La cultura europea —es cierto— se ha apartado de la vida y sus fermentos, embarcándose en la nave del racionalismo puro, pero como las tripulaciones de los veleros antiguos en sus largas travesías, ha enfermado de escorbuto, por falta de vitaminas. “Cultura anémica” la llama Ortega en el primer volumen de El Espectador , añadiendo: “La vida tiene que ser culta, pero la cultura tiene que ser vital”»83.

Ante lo inequívoco del diagnóstico —cultura desvitalizada, pensamiento que renuncia a afirmarse como necesidad—, la propuesta orteguiana de insertar el concepto de razón pura, objetiva, en el de «razón vital» y definir el ser objetivo de las cosas se alza como alternativa a la encrucijada en que se halla el pensamiento contemporáneo. «Una exigencia de equilibrio y serenidad» ante la desazón de nuestro tiempo y una enérgica reacción frente al patetismo, frente a la gesticulación y el miedo, que había de seducir profundamente a Vela y dejar huella indeleble en su obra escrita.

EL RECURSO A LA HISTORIA

La extraordinaria versatilidad de la escritura de Vela se manifiesta también en su capacidad de abordar los más variados temas históricos desde diversas perspectivas y permite establecer una línea divisoria entre la serie de textos en que alientan inquietudes de orden político y los redactados sin otra intención que la divulgativa. De entre estos últimos, trabajos para Revista de Occidente como «Genserico, rey de los vándalos» o «Mapa real de las fuerzas francesas», además de numerosos artículos aparecidos desde 1949 en el suplemento semanal de España de Tánger, pueden muy bien avecinarse a otros de tema vario, como los sugestivos «El grano de pimienta», «La muy francesa historia del coñac» o la serie de artículos que componen su «Viaje a Inglaterra». Son estas apuntaciones sueltas de un país muy apresuradamente visitado las que mejor prueban la maestría de Vela en el ejercicio de una escritura capaz de discurrir con libertad por entre los meandros de su pensamiento atento a la sociedad y la cultura europeas: un Vela más jovial, bienhumorado, se nos revela en estas páginas que, si no nos engañamos, se cuentan entre las de más grata lectura de su obra periodística. Pero al margen del talento de Vela para la amena divulgación, la historia tiende a ser en sus manos instrumento de reflexiones de mucho mayor alcance.

La posguerra supuso para Vela el abandono temporal del territorio español y el definitivo de su precedente y a menudo solapada participación política en la prensa, pero no el de su interés por la circunstancia histórica contemporánea. En cierta medida, ese análisis histórico encontraría el modo de persistir en las páginas de España de Tánger como forma tangencial de su reflexión política. Hablar de las vicisitudes del viejo continente, de los avances aliados durante la guerra, del peligro implícito en una deserción europea de la nueva dinámica de equilibrios internacionales, de los avatares del concepto de cooperación mundial o de las amenazas de un presente incierto y tempestuoso era el modo de impedir que quedase interrumpida una vieja vocación de análisis político que estaba en la misma base de los intereses intelectuales de Vela. El limbo tangerino ofreció para ello algún espacio, y fue allí, y en las páginas de un espléndido rotativo, donde halló la manera de dar continuidad a aquella vocación y donde se gestaron sus dos biografías políticas. En ambas subyace un mismo propósito de análisis de las circunstancias que habían llevado a la civilización occidental a la situación presente y habrían de determinar su inmediato porvenir.

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