Un domingo por la tarde pedí prestada la bicicleta de mi padre. Habitualmente la usaba para ir y venir a su trabajo, pero de acuerdo a los turnos rotativos en los que trabajaba, este domingo le tocaba trabajar por la noche. A poco de andar, la bicicleta parecía ensañarse conmigo. La cadena se salía constantemente, volvía colocarla, a llenarme de grasa las manos y todo era inútil pues a poco de volver a andar volvía a desencajarse del plato y del piñón. Con cada uno de los desarreglos sentía una fiebre en aumento que me transformaba en espuma la sangre, y para la cuarta o quinta vez no lo soporté más. Sin medir las consecuencias tiré la bicicleta al piso y la emprendí saltando sobre las ruedas retorciendo los rayos y las llantas, inutilizando la bicicleta. En aquel preciso instante tomé conciencia de las dimensiones de mi ira, pero mucho peor, me representé la de mi padre al momento que le tocara utilizarla. Volví caminando a casa mientras iba oscureciendo, haciendo rodar a mi lado, y como fuera posible, la bicicleta. La apoyé en un pilar y entré tratando de perder la memoria del rato anterior, pero me fue imposible. Nadie advirtió el accidente. No tuve el coraje para declarar en mi contra y mantuve silencio esperando que el devenir de los acontecimientos desencadenara la tragedia. Mi padre entraba a trabajar a las diez de la noche, de manera que habiendo terminado de cenar a las nueve le anunció a mi madre que iba a recostarse un rato y que le avisara a las nueve y media. Menos veinte mi madre anunció: “Giovanni, son menos veinte”. Mi padre se levantó enseguida y preguntó si la bicicleta tenía las cubiertas infladas. La cuenta regresiva había llegado a su fin. Efectivamente. Tuve el tiempo necesario para que en el último momento pudiera idear una estrategia. Tuve el tiempo suficiente hasta que lo sentí caerse y escuché su voz retumbando entre el cielo y la tierra de Villa Clara: “Lo ammazzo ”. Entró a la casa como un ventarrón, con el cinturón en la mano y lo sacudió tres y cuatro veces sobre mi cama y al bulto. No se demoró más porque llegaba tarde a su turno en la fábrica, de manera que con la misma fuerza con la que entró volvió a salir prometiendo continuar haciendo justicia en la mañana siguiente.
Enseguida mi madre vino a la habitación. Sabiendo que, al menos por ahora, lo peor había pasado, supuse que mi estrategia de simular mi cuerpo con la almohada atravesada en la cama y convenientemente cubierta con la frazada había dado resultado. Entonces asomé mi cabeza por debajo de la cama y le pregunté satisfecho a mi madre: “¿Ya se fue?”. Mi madre respondió con un cachetazo que me hizo golpear bien fuerte la cabeza contra el larguero de la cama. De todas maneras, el saldo fue satisfactorio, lo había imaginado bastante peor.

Ya en la Argentina, en nuestra casa de Villa Clara, con mis hermanas y una prima.
Testimonios de la época en una foto publicada por el Diario Clarín: faenando un chancho.
Años después de nuestra llegada, fachada de la casa en Villa Clara, mi madre y mi hermana Livia con la Sra. Volpe y la Sra. Varone, también emigrantes de Montaquilla.

Cursando el tercer grado en la Escuela Nro. 41, hoy escuela Nro. 10.

Mi cuaderno de 6to. grado.
Mi primera comunión.
Ya casi adolescente junto a mi madre.
El jabón Manuelita con el que el novio de mi hermana Livia la agasajó en sus quince años.
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