Liteo Pedregal - La llamada del vacío

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Liteo Pedregal nos regala dos viajes iniciáticos que te atraparán desde la primera página: uno a la ciudad de Nueva York y otro a la de Nueva Delhi, escritos según los puntos de vista, masculino y femenino, de sus dos personajes principales. Ambos tienen lugar durante el año 2012, considerado para algunos el final de una Vieja Era y el principio de otra Nueva Era para la Humanidad. Simbolizan el contraste entre Oriente y Occidente, reflejo de los aspectos masculino y femenino que hay en cada ser humano. La novela incluye la originalidad de presentar dos modos de lectura diferentes, ofreciéndote dos formas de vivir esta trepidante historia en función de con qué energía te identifiques más. La percepción de los dos sorprendentes finales también es distinta según el modo de lectura que escojas. En ambos casos La llamada del vacío te permitirá descubrir que el auténtico viaje no es el que lleva a cada personaje al otro extremo del planeta, sino el viaje a lo más profundo de sus almas. Una de esas novelas que no se olvidan nunca.

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Un plano del edificio Chrysler sobresaliendo entre los rascacielos me empujó de vuelta al sofá. La música de George Gershwin4 consiguió que apretase un cojín contra mi estómago.

—Capítulo primero —comenzó la voz de Allen en versión original mientras yo leía los subtítulos en español—. Él adoraba Nueva York. La idolatraba de un modo desproporcionado.

Alcé las piernas y las apoyé en la mesa baja. Crucé un pie por encima del otro y me rasqué la barbilla.

—No, no. Mejor así —continuaba la voz de Allen—: Él la sentimentalizaba desmesuradamente. Eso es.

La narración me sumergió en un mar de rascacielos en blanco y negro.

Casi un par de horas después, la película estaba a punto de terminar.

—Tengo que tomar un avión —le decía Mariel Hemingway a Woody Allen.

—Oh, vamos, vamos, no… no puedes irte —le suplicaba él.

—¿Por qué no sacaste este tema la semana pasada? Seis meses no es tanto tiempo. No todo el mundo se corrompe —susurraba ella, inocente—. Debes tener un poco más de fe en las personas.

Después Allen sonreía y la música de Gershwin subía de volumen a medida que las imágenes mostraban el skyline de Manhattan. Los nombres del equipo técnico se sucedían fundiéndose en la pantalla al son de la rapsodia. Me estiré, alargando los brazos cuanto pude con los puños cerrados. Después de acabar de ver los créditos, estuve hipnotizado durante un tiempo indefinido mirando la pantalla.

No tenía ni idea de dónde podía estar Maite. Me apetecía llamarla para decirle que por fin podíamos pasar el día juntos, pero me sentía egoísta haciéndolo después de que ella hubiera hecho otros planes. Pasé el resto del día zapeando de programa en programa, a la espera de que comenzara la retransmisión de la entrega de los premios Goya.

Un par de horas después escuché la llave de la puerta abrirse. Maite entró con una bolsa de cartón en la mano. Me encontró tumbado frente al televisor.

—Tienes mala cara —exclamó, nada más verme—. ¿Qué te pasa?

—Nada —respondí.

—¿Qué estás viendo?

—El paseo por la alfombra roja —le expliqué.

—¿Quién está nominado?

—Adrián.

—¿Qué Adrián? —me preguntó.

—Lastra.

—No sé quién es.

—El que trabajó conmigo en Broadway Millennium—le recordé. Maite negó con la cabeza. —En Keops Karnak, con Freddy.

—¿Y está nominado como protagonista o como actor de reparto?

—Como actor revelación —le aclaré.

Maite se sentó junto a mí.

—Algún día tú estarás ahí.

—¿Tú crees? —concluí, rodeándola con los brazos por la cintura.

—Sí —añadió, dándome un beso en los labios. Mientras le seguía besando cada vez más intensamente, la voz de una presentadora entrevistaba en la televisión a los candidatos a los Goya. Me miró con esas pupilas que me conectaban con su alma en estado puro. Al rato íbamos camino de la cama. Las mujeres pueden ser muy insistentes cuando tienen ganas de sexo. Da igual que les digas que no. Da lo mismo que tú tengas o no tengas ganas. Cuando se empeñan, ponen todo su ahínco en el asunto hasta vencer al adversario por aburrimiento. Bajé con la lengua a lo largo de sus senos mientras ella se dejaba hacer. Tenía tal nivel de erección que la polla me iba a estallar.

Me deslicé encima de ella y comencé a penetrarla. Nos besamos sin parar. Se aferró a mi espalda permitiéndome sólo unos cortos movimientos pélvicos. Me rodeó con las piernas para inmovilizarme. Nos dimos la vuelta. Se colocó encima de mí para cabalgar más deprisa con objeto de facilitar su llegada al clímax.

Dicen que los polvos de reconciliación son los mejores. Tal vez el sentido de discutir con tu pareja sea, finalmente, fusionarte en una relación sexual para ser, por unos instantes, un solo espíritu.

—Tenemos que hacerlo más —musitó.

—¿Me lo dices o me lo cuentas? —le pregunté, sin dejar de jadear ni de mover el coxis.

—No me gusta discutir contigo —admitió.

—A mí tampoco —susurré, sin prestar atención a sus palabras.

Poco después de asegurarme de que ella llegaba al orgasmo, la escuché romper a llorar. Le solía ocurrir cuando llevaba mucha tensión acumulada. Le acaricié el pelo, me incorporé y le di un beso en los labios. Ella se tumbó boca arriba a mi lado. La rodeé con un brazo mientras usaba el otro para buscar a tientas el mando del pequeño televisor de la habitación y subir el volumen. Estábamos prácticamente a oscuras. Sólo nos iluminaba la luz del televisor.

—Y tú, ¿no terminas? —me preguntó.

—No me apetece.

—¿Estás enfadado conmigo?

—No —contesté, extrañado por su pregunta—. Estoy cabreado con el mundo. ¿Por qué has llegado tan tarde?

—He pasado el día de compras con Natalia.

Estuvimos en silencio un rato, mientras los invitados a la gala daban sus últimos pasos por la alfombra roja.

—Jaime —continuó, en voz baja—. ¿Tú y yo somos amigos?

Respiré hondo.

—¿Por qué me lo preguntas?

El sonido lejano de un motor avanzó tras mis palabras.

—Por saberlo.

Pude adivinar el brillo creciente de sus ojos abiertos, a medida que mi pupila se iba acostumbrando a la oscuridad.

—Supongo —añadí.

Maite se giró hacia mí.

—¿Pero somos amigos o no?

—¿Tú quieres que seamos amigos?

—Quiero saber la verdad.

—Yo sólo puedo hablar por mí —añadí.

—Por ti quiero que hables —me respondió—. ¿Vas a estar evadiendo la pregunta toda la noche?

Tragué saliva.

—¿Adónde quieres llegar?

Guardó silencio un instante. La presentadora de la gala, Eva Hache, saltó al escenario del Palacio Municipal de Congresos enfundada en una especie de smoking y cantando una canción.

“No sé muy bien qué hago aquí ”, cantaba Eva.

—Siempre he querido parecerme a mi hermana —dijo Maite.

—¿A Alejandra? —le pregunté.

—A Natalia —respondió, con cierto tono de indignación.

—Eres idéntica a Natalia. Sois gemelas —aclaré, sin apartar la mirada del televisor.

—¡No me digas! —añadió, sarcástica—. Pienso que… —se detuvo, como si midiera sus palabras— su vida es más interesante que la mía.

—¿Por qué?

Eva Hache seguía cantando.

“Tengo mucho miedo”, decía la letra. “No sé si voy a poder”.

Alcé las cejas en señal de sorpresa.

—Por nada —siguió Maite—. En realidad hoy hemos pasado el día de compras hablando de cuestiones banales. Yo he comprado una chorrada y ella ha arramblado con medio centro comercial. Sabe cómo desenvolverse. Ha recorrido medio mundo y ha conocido a mucha gente interesante. ¿Qué he hecho yo?

Un montón de actores y actrices saltaron al escenario para bailar con Eva Hache. Yo, con un ojo en cada flanco.

—No hace falta irse lejos para encontrar gente interesante —maticé.

—Supongo que no, pero yo nunca he salido de España —añadió—. Y, si me apuras un poco, casi ni de Madrid.

—¿Y te gustaría?

Guardó un instante de silencio.

—Me encantaría.

—¿Dónde querrías ir?

Se calló un instante, como si su mente volara a kilómetros de distancia.

—A Nueva Delhi —contestó.

—¿A Nueva Delhi? —le pregunté, apartando la cabeza hacia atrás.

—¿Por qué no? —añadió, aún más contundente—. ¿Nunca has sentido una especie de llamada?

—¿Como la de los monjes?

—No, tonto—me contestó—. No es ese tipo de llamada que sienten los que tienen vocación religiosa. Es una especie de imán que tira de ti.

—¿Y por qué ese imán tira de ti hacia Nueva Delhi?

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