—¿Para qué quieres impresionar a tus padres? —preguntó.
—Cuando eres hijo único, fijas tus metas en la vida en consonancia con las expectativas que tus padres depositan en ti. Yo quería demostrarles que triunfaría como actor. Y después de todo este tiempo, ¿quién conoce a Jaime Garlop? ¡Nadie!
—¡Eres hijo único! Si tuvieras hermanos, como yo, dejarías de hacerte la víctima. ¿Tú estás en Twitter?
—No.
—¿En serio?
—En serio.
—¡Si no estás en Twitter no existes! ¿Por qué no te abres un perfil?
—¿Tengo que existir virtualmente para existir en la realidad?
—Si no estás en Twitter no eres nadie. ¡Hay que estar ahí! ¡Mira el muro de cualquier actor de renombre!
—¿Qué muro?
—¡Échale un vistazo a la página de Mario Casas en Facebook! ¡Es el puto amo y creo que tiene mi edad! ¿Cómo crees que lo ha petado con la de Tres metros sobre el cielo? Este año estrenan la segunda parte y el cabrón lo volverá a petar. Los actores de verdad tienen perfiles públicos. Tienen los blogs más visitados de la red, páginas web, ¡cuelgan sus reels! ¡Envían Newsletters! ¡Saben promocionarse! Consiguen aparecer en Wikipedia y en IMDB.
—¿Qué cojones es IMDB?
—¿En serio no conoces IMDB?
—¡No! —gruñí.
—Te estás quedando anticuado, Yeims. Cómo se nota que te queda poco para los cuarenta. Si no estás en IMDB, no eres nadie en esta profesión. Hay que estar en todos sitios. El otro día abrí una página del periódico ése que dan en el Metro ¡y allí estaba este actor de moda! ¿Cómo se llama…?
—No sé quién dices.
—¿Cómo coño ha sido capaz de colarse ahí? Ha estado en la última película de Sánchez Arévalo y en la segunda parte de Fuga de Cerebros. ¡Lo han nominado al Goya! Todo el mundo habla de él. ¡Y tiene menos de treinta años! Hay que estar en todos los sitios. Sin embargo aquí estem tu i jo, perdent el temps.
—Déjalo ya, Lluís. ¡A la derecha!
Parecía no oírme. Iba a seguir hablando, pero le interrumpí.
—Escúchame… —continuó.
—Para de hablar, por favor. Me estás mareando con tu verborrea y el humo del cigarro. ¿Puedes desbloquear mi ventanilla?
—¿Por dónde tengo que ir ahora? —preguntó entonces.
—Sigue todo recto por la A-42.
Estuvo callado otro rato mientras aceleraba para dejar Madrid atrás y para avanzar por la A-42 en dirección a Toledo. Supongo que el silencio le incomodaba, porque estuvo fumando sin parar, hasta que de pronto volvió a abrir la boca.
—Ser español está de moda en Estados Unidos.
—¿Puedes callarte de una vez, por favor?
—Podemos buscar un agente allí. Me han hablado de Jesús Ciordia. Es el mejor. Seguro que podemos ponernos en contacto con él. Desde allí todo será más fácil. ¡Mira Bardem!
—Si todo fuera tan fácil, Lluís…
—¡Despierta, joder! ¡Tu momento es ahora! ¿Cuánto más vas a esperar?
Parecía que a Lluís le hubieran dado cuerda.
—Te he dicho que no voy a ir a Nueva York. A Maite no le haría gracia que me fuera. ¡La salida!
Lluís apartó la mirada del parabrisas.
—¿La salida de Leganés? —preguntó.
—¡Claro, cuál va a ser si no! —le contesté, sin apartar la mirada de la ventanilla—. ¡A la derecha, coño! —vociferé enfurecido.
—¿De verdad crees que no merece la pena intentarlo sólo porque a tu chica no le haría gracia que te vinieras? Creo que ella es algo posesiva contigo.
—¿Por qué dices eso?
—Fue lo que me pareció el día que vino a recogerte y me la presentaste. Esa mujer no puede vivir sin ti.
—Maite no es así, no digas eso.
Me irritó que juzgara a Maite de esa manera.
—Podríamos buscar audiciones en el Instituto del Cine de Lee Strasberg. Seríamos un tándem perfecto. Yo aportaría mis contactos y tú aportarías tu inglés. Juntos podemos comernos el mundo.
—¿Mi inglés?
—El mío es macarrónico. Yo no pasaría del nice to meet you.
—¡¡¡¿Te quieres callar de una puta vez?!!! —aullé.
Hubo un silencio tenso que ninguno de los dos se atrevió a romper. Mientras avanzábamos por la carretera comarcal y entrábamos en la rotonda de Parquesur, tiró su cigarrillo por la ventanilla sin apagarlo.
—¡Tampoco hace falta que te pongas así, tío! —agregó.
—¡Para el coche! —le interrumpí.
—¿Ya hemos llegado? —inquirió, extrañado.
—¡Que pares el coche te digo, joder!
Lluís se apartó hacia la cuneta y frenó en seco. Salí del vehículo de un salto y cerré de un portazo.
—¿Qué collons te pasa? —me gritó.
Le mostré el dedo corazón y seguí caminando sin mirar atrás. Poco después oí el bramido del tubo de escape, el chasquido característico de la marcha atrás y el sonido, cada vez más tenue, del motor desandando el camino.
Estaba todavía a varios kilómetros de casa, pero decidí correr durante el resto del trayecto. Crucé la calzada en busca del sol y mantuve el ritmo a lo largo de la avenida vacía. Se me atravesó una lata de refresco en la acera y le propiné una patada con toda la rabia que llevaba dentro.
Había tantos viandantes por la calle que a ratos parecía que hubiese que apartarlos a codazos. Mi lado más violento lo habría hecho de buena gana. En cambio, me puse los auriculares del iPod para refugiarme en la música. Necesitaba retirar de mi mente aquel pastiche de Lee Strasberg, Johnna Marchese y Nueva York.
La música del piano de Billy Joel3 comenzó a sonar.
“Tomorrow… is today”.
Me puse las gafas de sol y aceleré. Sólo quería correr y correr. Quería olvidarme del mundo y que el mundo se olvidara de mí. Con las primeras zancadas sentí la suela de mis zapatillas vibrando sobre el asfalto. Me encaminé hacia la carretera de La Fortuna.
“Tomorrow… is today”.
Inhalé a pleno pulmón el aire contaminado de Leganés. Algunos vencejos solitarios gritaban a mi alrededor por encima de la melodía, a medida que avanzaba sin rumbo al son de la canción. Cuando llegué a casa, la misma canción seguía sonando en bucle. Metí en la bolsa de deporte unas zapatillas de entrenar, una camiseta amplia de tirantes que deja los costados al aire y unos pantalones cortos. Cuando lo tuve todo, me fui al gimnasio. La voz de Billy Joel me sopló al oído:
“Tomorrow… is today”.
Después de varias series de trabajo con pesas, me acerqué al espejo para comprobar el progreso en el volumen de mis bíceps. Me subí la camiseta para ver cómo andaban mis abdominales. Algunas miradas convergían hacia mí.
Decidí salir a la calle a correr un rato. Estuve corriendo sin parar durante una hora. Permanecí en pie durante un breve instante mientras recuperaba el aliento. Respiré hondo y continué la marcha. Poco después crucé el umbral de la puerta de nuestra casa.
Abrí el grifo del fregadero de la cocina y dejé correr el agua mientras fijaba la mirada en los azulejos blancos. Tomé un vaso limpio del escurreplatos y lo situé debajo. Después de apurar el contenido, dejé el vaso sobre la encimera y caminé hasta el baño. Alcé la tapa del inodoro y aligeré mi vejiga mientras miraba al techo. Me di una ducha rápida. A tientas busqué una toalla y me sequé los ojos ante el espejo. Entonces me encontré frente a mi propia imagen a un palmo de mí mismo. Hubo algo en el pelo que llamó mi atención. Me acerqué al espejo para verlo mejor. Era una cana. Traté de arrancármela sin éxito. Me retiré unos centímetros y contemplé mi aspecto tratando de escrutar la mirada de mi alter ego.
“Gilipollas”, me oí decir mentalmente.
Me preparé una ensalada y unos filetes de pollo a la plancha para comer. Tras acabar, estaría más de media hora tumbado en el sofá mirando al techo. De pronto, como si fuera un autómata, me levanté de un brinco y me acerqué a la estantería que había en el mueble del televisor. Tenía ganas de volver a ver Reencuentro, la película de Lawrence Kasdan. Entre la fila de DVD’s encontré la carátula. La saqué, creyendo que sería la película que yo buscaba, pero resultó ser Manhattan, de Woody Allen. Irritado, la volví a dejar en su lugar y seguí pasando el dedo índice a lo largo del resto de los títulos intentando buscar la caja de Manhattan para devolver el DVD a su sitio. Después de un rato de búsqueda, me rendí y deslicé el disco en la ranura del reproductor para verla por enésima vez, aunque me supiera los diálogos de memoria.
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