1 ...8 9 10 12 13 14 ...17 Respiré hondo y respondí.
—No hay quien te entienda, Maite.
—¿A mí? —verbalizó.
—Sí, a ti. Nada más despertarte esta mañana me has insinuado que te gustaría tener un hijo… —le recordé— y ahora ya no te apetece tenerlo.
—¿Que yo te he insinuado esta mañana que quiero tener un hijo? ¡Ni de broma! Eso te lo dije hace más de un mes.
Me quedé atónito al descubrir que Maite había vivido una realidad paralela. Nunca deja de sorprenderme. A lo mejor tampoco se acordaba de que aquella misma mañana, aun siendo el día de nuestro aniversario, ella me había dejado con ganas de echar un polvo matinal simplemente porque le había tocado una teta sin previo aviso. Yo sólo quería echar uno de esos polvos de aquí te pillo, aquí te mato. Algo razonable. Sin embargo, no me parecía comprensible que su hermana la hubiera despertado tan temprano, un domingo por la mañana, a golpe de mensajes de WhatsApp. ¿Qué estaban tramando a mis espaldas?
—Esta mañana me lo has insinuado, sí —insistí.
—A lo mejor no me has escuchado —apostilló.
—Ahora resulta que no te escucho —continué.
—No es eso —añadió.
—¡Déjame hablar, por favor! —contraataqué. Aunque lo dije en voz baja, la mujer que viajaba delante con su hijo se volvió un instante a mirarme. Mantuvo el contacto visual durante un buen rato y después sonrió. Vestía una camiseta ajustada. Aprecié que no llevaba sujetador bajo la ropa.
Hay sonrisas que uno puede echar al cubo de la basura y otras que elevan algo más que el espíritu. Eso no significa que estés siendo infiel a nadie. Significa que estás vivo y que en tu pene hay cuerpos cavernosos que se llenan de sangre ante un estímulo visual. Los cuerpos cavernosos tienen un comportamiento automático más rápido que el razonamiento de una neurona. Ahora bien, una cosa es que tu pene tenga vida propia y otra muy distinta es que actuemos anteponiendo las necesidades sexuales por delante de la razón. Yo no estoy dispuesto a perder a mi chica por la primera mujer sin sujetador que me dedique una sonrisa, así que interrumpí el contacto visual con ella y me centré en la conversación telefónica. Aun así, ella siguió mirándome fijamente durante un buen rato.
—Dime.
—No hace ni un par de horas que me has preguntado si me apetece que tengamos un hijo. No lo he soñado. Y mi respuesta es a-fir-ma-ti-va —silabeé.
—¿Puedo hablar yo?
—Sí —afirmé.
—Tener un hijo ahora es una locura. Mejor esperar un par de añitos —añadió, con todo el sarcasmo del mundo—. No sé qué me pasó el día de Fin de Año. Se me cruzó el cable.
—Quizá tuviste una intuición.
Las mujeres son las de la intuición. O eso dice Shakira.
—La intuición la estoy teniendo hoy.. Cuando hemos hablado esta mañana, yo no tenía intención de volver a preguntarte si quieres que tengamos un hijo. Pienso que sería un error.
—¿Y entonces? ¿Qué ibas a preguntarme?
—Da igual —respondió, desganada.
Suspiré, intentando no perder la paciencia.
—¡Dime qué era, entonces!
—¿Era necesario ser más explícita o no te ha quedado claro con la gorra?
Me quedé sin palabras. Me llevé los dedos a la frente para acariciar las letras bordadas de los Yankees. Me quité la gorra de béisbol y la miré durante un rato. Era cierto que me había regalado una gorra, pero de ahí a que yo interpretase que su intención era que me fuese a Nueva York, hay un trecho. Bajé el volumen de la voz para que la mujer y el niño no me oyeran.
—No me queda del todo claro.
—¿Has llegado ya?
Me pasé los dedos por el flequillo para peinármelo. La mujer y el niño se pusieron en pie. Al girarse confirmé que no llevaba sujetador bajo la ropa, ni falta que le hacía. La forma en que los pezones destacaban bajo la tela apuntando hacia el cielo era demasiado llamativa como para no fijarse en ellos. Reparé en que ella también volvía a mirarme con atención. Me dedicó otra sonrisa mientras pasaba a mi lado de camino a la puerta de salida.
—Estoy llegando. ¿De verdad que no quieres que tengamos un hijo?
—No —insistió.
—¿Lo seguimos hablando esta tarde?
—Los domingos por la tarde no son buenos momentos para hablar. Mejor lo hablamos mañana. Ah, no, calla, que mañana tienes casting.
—No voy a ir al casting —informé.
—¿Qué?
—Que no voy a ir al casting de mañana.
—Vas a ir a ese casting —decidió, sin contar conmigo.
Hice un pequeño silencio antes de contestar.
—No hables como mi madre. Piden actores de treinta años.
—Tú das el perfil de un hombre de treinta.
—Doy el perfil de treinta y siete. Déjalo ya, por favor. No tiene sentido ir a más castings. No tiene sentido hacer más anuncios. Ni siquiera sé si tiene sentido seguir con esta obra de teatro. Creo que lo único que tiene sentido ahora es que tengamos un hijo.
Me colgó. Yo me puse en pie. El autobús viajaba por la calle vacía a toda pastilla. Caminé dando tumbos hasta la puerta de salida. Cuando estaba a punto de llegar, el conductor dio un frenazo. A punto estuve de caerme encima de la madre y del hijo. El niño se echó a llorar del susto.
—¡Perdona! ¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí —dijo la mujer, acariciándole la cabeza—. Sólo ha sido el susto.
—¡Malo! —me espetó el niño, con los ojos llorosos. Sonreí.
—¿Cómo te llamas?
—Avo —respondió. Miré a su madre sin entender.
—Pablo —me aclaró ella.
—Ah, Pablo —repetí—. ¿Es tu hijo?
—Sí —aclaró.
—Es muy salao.
El conductor comenzó a frenar de camino a la parada.
—Me suena tu cara —me dijo la mujer, antes de bajarse.
—¿Sí? —sonreí—No es fácil criar hijos, ¿no?
Intenté cambiar de tema.
—Es lo mejor que le puede pasar a uno en la vida.
—Lo mejor que le puede pasar a uno en la vida —repetí, inspirando hondo.
Entonces ella puso cara de sorpresa, como si también hubiera tenido una revelación. Levantó el dedo índice en el aire y me miró.
—Convierte en placer tu higiene bucal —añadió, encantada de haberse conocido. Me quedé un instante en silencio, mientras se me desdibujaba la sonrisa.
—Buena memoria —respondí, al escuchar el eslogan del anuncio publicitario de pasta dentífrica que por desgracia protagonicé años atrás y que seguían pasando por televisión. Sí que lo estaban rentabilizando. Cientos de veces. Sólo me faltó escuchar el jingle en mi cabeza. Se me hicieron eternos los segundos que pasaron hasta que el autobús se paró por completo.
—Lo venía pensando todo el rato. De qué me sonaba tu cara.
—Pues ya sabes de qué —finalicé-—. Que tengáis un buen día.
Por no decir que os den morcilla.
Me bajé del autobús. El cielo estaba completamente despejado. Miré el reloj. Mierda. Llegaba tarde.
El intenso frío de la mañana me revitalizó. Corrí cuesta arriba por el barrio de Lavapiés. Las calles estaban igual de vacías que el Metro y que el autobús. Pasé por delante de la puerta del Teatro Valle-Inclán. Continué corriendo por la calle Argumosa hasta el destartalado edificio donde está la sala de teatro en la que estábamos ensayando el montaje de la compañía de teatro alternativo de Wladimir Ivanovski. Iba nervioso, porque no me gusta llegar tarde. Eran los últimos días antes del estreno. Llevábamos cuatro meses ensayando.
Entonces me sonó el móvil. Pensé que sería de nuevo Maite, pero era Borja, mi representante. Dudé en qué hacer. Finalmente claudiqué.
—Llego tarde al ensayo, Borja. Dime.
—No te han cogido —me espetó.
—Vale.
—Lo siento, no sé qué decirte. Han cogido a… —le interrumpí.
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