—¿Dónde vas? —me susurró.
—¿Qué has dicho? —preguntó Wladimir.
No les contesté ni al uno ni al otro. Metí la toalla en la bolsa y me puse los zapatos. Lluís se me acercó y me cogió por un brazo. Algunos compañeros estaban boquiabiertos.
—Para —me aconsejó Lluís. No le hice caso.
—Que se joda.
—¿Qué?
—Que se jodan él y su puta mierda de compañía.
—No estás hablando en serio —respondió Lluís.
—¿Dónde te crees que vas? —me gritó el barbudo.
Mientras salía del teatro, escuché por última vez a Wladimir gritándome.
—¡Si te vas, no vuelvas! ¡No vas a trabajar en tu puta vida en esta profesión! ¡Te voy a hundir!
Salí a la calle. La acera estaba completamente plagada de gente. Había salido el sol. A mi alrededor se desplegaba un muestrario de miradas lascivas sobre una serie de faldas cortas, camisetas de licra, vaqueros ajustados y tacones de aguja. ¿Cómo se puede detener ese tsunami de deseo sexual incontenible a medida que se acerca la primavera cuando uno está poseído por la rabia?
No había dado ni cinco pasos cuando escuché una voz familiar que me llamaba por mi nombre. Era Lluís, corriendo con su mochila a la espalda.
—¡Pedazo de cabrón hijo de la gran puta! —me gritó.
—Vete a la mierda —le respondí.
—Vuelve, por favor.
—Déjame en paz.
—No puedes irte ahora. Wladimir se ha pasado tres pueblos contigo, pero te ha dado uno de los papeles más jugosos. Él confía en ti.
Solté un bufido de ironía.
—Pues vaya una forma de confiar en alguien.
Me sonó el móvil de nuevo. Era Borja otra vez. Seguro que alguien de producción le había llamado. Le colgué.
—Está muy nervioso con el estreno.
—Y yo estoy hasta los cojones de aguantarle.
Lluís tecleó en su móvil un mensaje.
—¿Puedes dejar el teléfono?
—Me están escribiendo de producción. Me preguntan si estoy contigo.
—¿Me llevas a casa o qué?
—Sabía que hoy la ibas a montar.
—¿Que yo la iba a montar? ¡La ha montado él!
—¿Qué les digo?
—Que me he ido y que le cuenten a Wladimir cómo hay que tratar a los empleados. Llevo diecisiete años en esta profesión. A mí nadie me trata así.
—Lo de la pasta de dientes no ha sido afortunado, pero… —Me detuve en seco. Debí de echarle una mirada de las que perforan, porque se puso pálido—. No puedes dejar colgado el montaje con tan poco tiempo de reacción. Todo el mundo se pondrá en contra de ti. ¿Quién va a hacer tu papel?
—Me importa una mierda quien lo haga.
Hubo un rato de silencio incómodo entre ambos.
—Tu reputación se va a ir a la mierda.
—¿Pero qué reputación? —pregunté, alzando la voz—. Todos los directores de casting de este país me conocen de sobra. Tonucha Vidal, Elena Arnao… ¡Todos! Me he formado en Corazza, he participado en once montajes teatrales, veintidós cortometrajes, trece episódicos de televisión y ya no sé ni cuántos spots publicitarios o catálogos de ropa. Y sólo se me conoce por un puto anuncio de pasta dentífrica—. Lluís hizo un amago de interrumpirme—. Si dices el eslogan, te juro que te pego una hostia.
—Si no me dejas hablar.
—Estoy cansado de sentarme junto al teléfono a esperar esa llamada que nunca llega. O esa llamada que, cuando llega, es para decirte otra vez que no. Para darte otro portazo en las narices.
Aceleré el paso.
—¿Y eso qué tiene que ver con Wladimir?
—Lo dejo, Lluís.
—¿Qué?
Asentí.
—Que lo dejo todo, tío.
Lluís se quedó petrificado en mitad de la calle. Hizo un silencio largo, como si no supiera qué decir.
—¿Cómo vas a dejarlo todo con el talentazo que tienes? ¡Tú vales más que todos nosotros juntos! ¡Tienes que dedicarte a esto!
—A esto y a la pasta de dientes, querrás decir —ironicé.
—No digas gilipolleces —me contestó.
—¿Me llevas a casa o no? Es mi aniversario.
—Ya te he dicho que sí. ¿Dónde vives?
—En La Fortuna —le aclaré.
—Eso está en Leganés, ¿no?
—Sí.
Recorrimos varios metros en silencio por la calle de la Fe hasta llegar al parking público de la calle Primavera. Nos cruzamos con una mujer atractiva de unos cincuenta años que se contoneaba vestida con un abrigo de ante, botas de tacón y un generoso escote de pecho operado. Mantuvo contacto visual conmigo durante un buen rato y me sonrió con sus sugerentes labios inyectados en bótox. Aparté la mirada.
—En Madrid estáis reprimidos —añadió en voz baja—. Barcelona es otro mundo. Uno puede echar un polvo a cualquier hora del día y en cualquier lugar. Provocando al personal con esos bíceps que vas exhibiendo, ésa que acaba de pasar no se te habría resistido. ¿Has visto cómo te ha mirado?
—Yo no voy provocando a nadie. Soy un chico de pueblo, Lluís.
—¿Y eso qué tiene que ver? —exclamó—. Llevas manga corta en pleno invierno, Yeims. Medio Madrid mataría por acostarse contigo.
—Me basta y me sobra con Maite.
—¿Me vas a decir que si te surge la posibilidad de tirarte a una mujer como la que acaba de pasar, le dirías que no?
—No tengo ningún interés en mantener una relación sexual que no sea con mi pareja.
—Qué aburrido eres. ¿Cuál es tu problema?
—El problema, si quieres llamarlo así, es que estoy enamorado de Maite. ¿Nunca has estado enamorado? —le pregunté. Él se sonrojó—. Coño, Lluís, mira por dónde resulta que tienes sentimientos. Y yo que creía que sólo pensabas con la polla. Cuando alguien te gusta, quieres hacer el amor con esa persona. Con esa persona y con nadie más.
—Sólo me falta oír de fondo la banda sonora de Love Story —añadió, con tono sarcástico.
—Maite quiere que tengamos un hijo.
—Y tú no quieres —opinó.
—Me empezó a plantear la idea a principios de año. Ahora dice que ha cambiado de opinión, pero la conozco. Es sólo su manera de llamar la atención. Lo está deseando.
—No te veo cambiando pañales.
—Pues yo cada vez me veo más.
—Espera primero a que acabemos la función y luego toma la decisión que quieras. Yo, en cuanto terminemos con la función, me voy de Madrid.
—¿Me estás hablando en serio?
—Sí, estoy cansado de esta ciudad.
—¿Te vuelves a Sant Cugat?
Lluís estuvo en silencio un momento. Supuse que se iría de vuelta a Sant Cugat del Vallès, que era de donde había venido después de dejar de trabajar en el negocio familiar para buscarse un hueco como actor en Madrid. ¿De verdad iba a volver con el rabo entre las piernas a trabajar en el restaurante de sus padres? Su respuesta me dejó atónito.
—Me voy a Nueva York en agosto a hacer un taller intensivo en el Estudio de Johnna Marchese.
Me detuve en seco. Dos de sus palabras resonaron en mi mente: Nueva York.
—¿Por cuánto tiempo?
—Tres semanas. Si te animas, puedes venirte conmigo. Puedo conseguirte una prueba de acceso para el taller. ¡Son solamente tres semanas!
—Es… es… cojonudo —solté—. Me alegro mucho por ti.
El edificio del parking estaba lleno de desconchones y olía a desagüe atascado. Le seguí hasta su coche, un deportivo de color rojo. Lluís apretó la llave poco antes de llegar y las puertas se desbloquearon.
—¿Por qué no te vienes? —me insistió.
—Menudo buga nuevo te has comprado —le dije, con total desgana.
—Es de segunda mano —respondió, satisfecho—. Lo he financiado, así que aún tengo que pagarlo, no te creas.
Entré en el coche y curioseé los detalles del salpicadero. Una vez que Lluís se montó en el asiento contiguo, los seguros de las dos puertas se cerraron al unísono. Puso en marcha la calefacción y lo arrancó.
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