Eugenia Sánchez - Antología 9 - Resiliencia
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Cuando las cosas se pongan mal, cuando todo se desordene y parezcan desvanecerse tus sueños, aférrate al Dios que consuela, restaura, perdona y hace nuevas y mejores todas las cosas.

Leo F. J. Tomeo es pastor de la Iglesia Cristiana Evangélica "Vida en Jesús" en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Con su esposa Marcela De La Via son padres de 3 hijas: Cecilia, Giuliana y Rosella. Su ministerio está orientado a la predicación y enseñanza de la Palabra.
Email: leofjtomeo@gmail.com
Facebook: https://www.facebook.com/leotomeo
Nadie más resiliente que Jesucristo
No hay alguien en este mundo que haya sufrido más que Él, y todo lo hizo por amor.
Por Eugenia Sánchez Cisneros
El célebre neurólogo, psiquiatra y fundador de la logoterapia, Viktor Frankl, vivió en su propia carne los horrores del holocausto al ser prisionero en los campos de concentración de Auschwitz y Dachau; una experiencia que superó de forma estoica para posteriormente ayudar a millones a trabajar en sus propios sentidos de vida, a través de su visión de: 1) trabajar día a día con motivación, 2) vivir desde la esfera del amor, y 3) tener coraje en cada momento para hacer frente a la realidad. Todo ello utilizando a la resiliencia como capacidad transformadora que nos permite sobreponernos en casos de frustración.
“Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas—la actitud personal ante un conjunto de circunstancias—para decidir su propio camino”. Viktor Frankl
Resiliencia igual a fortaleza
Mi Dios, ese Dios de infinito amor, lleno de bondad, misericordia, humildad y generosidad, es también un Dios de lecciones y regalos. Y uno de esos maravillosos que me ha dado, es enseñarme el valor de la resiliencia, esa misma que se encierra en la preciosa y firme enseñanza de “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. (Filipenses 4:13). Pues ese todo del que habla, significa saber aceptar Su voluntad frente a cualquier situación de nuestra vida.
Si entendemos por resiliencia, a la capacidad que tenemos de enfrentar situaciones negativas y adversas, recuperarnos de ellas de forma rápida y total, dar un giro y regresar a la normalidad, no cabe duda de que necesitaremos todo el poder y la fortaleza que solo podremos encontrar en una sola persona: Jesucristo.
Desde un lenguaje bíblico, debemos aprender a ser resilientes mientras atravesamos lo que llamamos desiertos, valles de sombra, pruebas, tribulaciones y oscuridad. Pero no debemos perder de vista, que es en las cuevas donde necesitamos estar por un tiempo, para que Dios haga su mejor trabajo al moldear nuestra vida y hacernos crecer, en tanto que nos damos cuenta de que únicamente lo tenemos a Él.
Cuanto más veo, me doy cuenta de que tristemente los cristianos nos hemos acomodado a ese evangelio edulcorado y light que nos hace pensar que todo es fácil y rápido, como meter unas palomitas al microondas. Se ha construido un nuevo sistema de creencias anti-sufrimiento como camino a la realización personal y la felicidad, lo que está trayendo como consecuencia que, ante esas tribulaciones y adversidades que todos experimentamos en algún momento de la vida, nos sintamos devastados e incapaces de seguir adelante.
Y las preguntas serían: ¿Dónde ha quedado Jesús en esta fórmula? ¿Qué papel juega en nuestro dolor? ¿Acaso se ha ido del trono o está dormido? ¿Se ha vuelto indiferente ante el clamor de sus hijos?
Ninguno de esos cuestionamientos es lo que Dios está haciendo. Él sigue sentado en Su trono de gloria queriendo que aprendamos la lección aún por encima de nuestro pesar, nuestro apoltronamiento espiritual y nuestra falta de crecimiento.
Nadie más resiliente que Jesucristo
Nuestro Padre, creador de los cielos y la tierra, en Su infinito amor, envió a Su único hijo para poder restaurar la relación con Él, quebrantada por nuestros pecados y la rebelión en Su contra. De esta manera, Jesucristo llegó a esta tierra a través del vientre de una mujer llena de gracia, que dio a luz a un hijo de carne y hueso, que sería grande y llamado Hijo del Altísimo (Juan 3:16; Lucas 1:30-32).
Y los primeros años de ese niño se resumen en Lucas 2:52, quien narra “Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres”. Y en realidad, esto suena completamente humano. Sin embargo, hoy en día, se hace notorio que en la Iglesia de Cristo ponemos nuestro mayor enfoque en Su divinidad, y perdemos de vista que Él decidió hacerse carne, y vivió y murió como un ser humano (Juan 1:14; Filipenses 2:6-8).
De esta forma, debemos valorar el enorme dolor que representó el hecho de que, durante Su ministerio, Jesús fue ridiculizado, despreciado, humillado, vituperado y rechazado; no solo por los dirigentes religiosos de su tiempo sino por los suyos, quienes le desconocieron y le dieron la espalda, exigiendo su crucifixión; y finalizando con sus discípulos quienes lo abandonaron y lo negaron durante su sufrimiento.
“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de Él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos” (Isaías 53:3). “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”. (Juan 1:11)
Su naturaleza humana le permitió experimentar los dolores que cualquier humano haya podido padecer, incluyendo las tentaciones de Satanás, que en sí mismas producen sufrimiento y prueba, y Jesús lo venció a través de la Palabra de Dios, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, resultando ser el único ser humano que ha resistido toda tentación sin caer en el pecado (1 Juan 3:5; Hebreos 4:15; 2 Corintios 5:21).
La agonía de la que nuestro amado Señor Jesucristo fue preso en el Getsemaní, y la angustia que representó saber que la hora de Su muerte se acercaba, provocó que de Su rostro brotaran gotas de sangre (Lucas 22:44).
Los azotes previos a Su crucifixión, ordenados según la costumbre romana, fueron realizados con un instrumento que provoca tortura y dolor. Las bolas de plomo caídas con fuerza sobre el cuerpo de Jesús le causaron toda clase de heridas, contusiones, irritaciones y llagas hasta dejar su cuerpo hecho trizas (Isaías 53:4,5; Mateo 27:26-31).
Y finalmente, Su crucifixión; el más grande y supremo acto de amor, que lo llevó a cargar con los pecados de toda la humanidad alejándose por única vez de Su Padre y haciéndose maldito hasta la muerte de cruz (Lucas 23:33; Gálatas 3:13; Filipenses 2:8).
No hay pues alguien en este mundo que haya sufrido más que Él; y todo lo hizo por amor. Y si la resiliencia se trata de recobrarse de situaciones que perturban nuestro cuerpo, mente y alma, Él se levantó una y otra vez hasta llegar a conquistar la más grande victoria para la humanidad.
¿Por qué estaría interesado Dios en tener hijos resilientes en Cristo?
Porque quiere que en todo momento pongamos nuestros ojos en Él como única fuente de confianza, seguridad y fortaleza; dependiendo absolutamente de Su buena voluntad y protección, y encontrando en Sus brazos el refugio y abrigo de nuestra alma y corazón, sabiendo que alejados de Él nada podemos hacer (Jeremías 17:7-8; Juan 15:5).
Porque habiendo padecido todo aquello que le causó tanto dolor, Él es capaz de compadecerse y sentirse feliz de llevar la carga junto con nosotros. Y cuando clamamos como Pablo, que nos sea quitado el aguijón de nuestra carne, quiere que no olvidemos que Su gracia es suficiente, que Su poder se perfecciona en nuestra debilidad y que cuando soy débil, fuerte soy. No sea que creamos que somos autosuficientes y que merecemos la gloria que solo le pertenece a Él (Hebreos 4:15 y 5:7; 2ª Corintios 12:9,10).
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