Eugenia Sánchez - Antología 9 - Resiliencia
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Son creativos como Bárbara Johnson, que usa el humor en situaciones adversas.
Desarrollan un optimismo realista, como la madre de Thomas Edison, quien rehusó hacer caso a la carta del maestro que decía que su hijo era un ignorante.
Confían en sus capacidades, como Nick Vujicic, un hombre nacido sin brazos ni piernas, que recorrió el mundo dando conferencias de superación.
Se dice que la resiliencia puede ser innata o adquirida. Hay personas que parecen tener desde su nacimiento cierta capacidad para tolerar las frustraciones y dificultades de forma positiva. Pero también existe la posibilidad de desarrollar e incorporar este tipo de recursos personales si tenemos a Dios en nuestras vidas. Él nos da las herramientas necesarias para afrontar cualquier desafío.
Son innumerables las historias de personas que supieron levantar los brazos en señal de victoria después de haber atravesado situaciones extremas como tragedias, enfermedades o experiencias traumáticas y dolorosas. Pero también hay que decir que el lapso entre el primer momento del dolor y la superación de este… es un camino árido, donde abundan las lágrimas y, en muchos casos, se vuelve insoportable.
Entre el duelo y la resiliencia
El duelo es, por definición, “tristeza por la pérdida o ausencia de un ser querido”. Los duelos “duelen”, y no se puede evitar. Es un tiempo durante el cual se transitan etapas que para los profesionales tienen nombres o fases, pero para aquel que se encuentra en ellas es una montaña rusa de emociones incontrolables.
La sensación de vacío generada por una pérdida demanda un período de adaptación a las nuevas circunstancias. Encontrar un nuevo sentido a la vida después de perder a un ser querido muy cercano dependerá de la capacidad de cada ser humano en forma individual. Pero cuando creemos y confiamos en que de alguna forma se puede seguir adelante, nuestras posibilidades de avanzar se multiplican.
No quiero ser fuerte
Cuando mi esposo falleció, algunas personas con buenas intenciones nos decían que debíamos ser fuertes. A mis hijos les decían que tenían que serlo para ayudar a su madre, y a mí, por ellos. Mi reacción, aunque no en palabras audibles, pero sí en mis pensamientos, fue “No quiero ser fuerte”.
Se suponía que debía reponerme rápidamente para poder hacerme cargo de la familia. En ese momento, mis hijos estaban cursando sus estudios en la facultad y ese año me tocó enfrentar sola el nido vacío. A ellos les tocó seguir con sus estudios sin el apoyo y presencia de su padre. El primer tiempo del duelo llegué a pensar que jamás volvería a experimentar momentos de alegría en mi vida. El dolor era demasiado fuerte.
La familia: el antes y el después
“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.” (Isaías 55:8). Perder a mi esposo a los 46 años y de manera repentina no era algo que se me hubiera cruzado por la cabeza en esa etapa de nuestras vidas. Teníamos proyectos como matrimonio y también como familia. Hasta entonces funcionábamos bastante bien, con los altibajos que tienen casi todas las familias.
Estábamos en una etapa muy linda en la cual habíamos fortalecido las relaciones entre nuestros hijos y nosotros, disfrutando de las pequeñas cosas como jugar a las cartas o simplemente charlar sobre sus estudios, sus intereses o sus preocupaciones. Nos gustaba mucho viajar los cinco, compartir un rico asado los fines de semana y tomar mate alrededor de la cocina a leña en invierno.
Beto y yo fuimos padres jóvenes e inexpertos. Nuestros tres hijos nacieron al poco tiempo de casados y nuestro mayor desafío fue el de formar una familia cristiana. Deseábamos transmitir a nuestros hijos la fe y la confianza en un Dios vivo, y que aceptaran a Cristo como su amigo y su Salvador.
Debo decir que la iglesia, como familia de Dios, fue parte de este proceso ya que de una u otra manera siempre estuvimos involucrados en algún ministerio. Esto permitió que ellos crezcan en un ambiente sano, con enseñanzas basadas en la palabra de Dios y actividades adaptadas a las etapas de crecimiento de niños y adolescentes.
Pudimos presenciar con mucha emoción el día que cada uno se bautizó y agradecíamos a Dios por habernos guiado y acompañado en la tarea de ser padres. No fue un camino fácil y no fueron sólo rosas. También hubo espinas. Juntos atravesamos montes y valles. Hubo salud y enfermedad, risas y llantos. Pero Dios siempre estuvo a nuestro lado día a día, en las buenas y en las malas, nunca nos abandonó.
¿Por qué comparto esta parte de nuestras vidas? Justamente porque aquél 29 de marzo de 2010, cuando la tragedia golpeó a nuestra familia, no pude entender qué había pasado. Hasta ese día estaba acostumbrada a una relación con Dios marcada por la bendición de ser su hija. Contaba con su protección y cuidado. No dudaba de su presencia en nuestras vidas.
Entonces, ¿dónde estaba Dios en ese momento? Algo estaba mal, muy mal. En mi cabeza había pensamientos que nunca antes había tenido: seguramente Él se había equivocado, había un error. De inmediato comencé a experimentar emociones desconocidas para mí. Negación de la realidad. Sentía un dolor punzante en el pecho. Confusión en mi relación con Él. Sentí un vacío inexplicable en mi interior, acompañado de un fuerte deseo de morir. De un momento a otro mi mundo se volvió cenizas.
Aquella hermosa familia que Dios nos había regalado, la que juntos estábamos construyendo, fue partida como por un rayo y la vida dejó de tener sentido. Sentí mucha impotencia. Ver a mis hijos llorar al lado del ataúd de su padre me rompió el corazón, y ver a mi suegra despidiendo a su hijo me dejó sin palabras.
Un tiempo diferente: el camino del duelo
“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.” (Mateo 5:4). Tengo que reconocer que la palabra duelo sólo la empleaba para hablar de otras personas que perdían a sus seres queridos. Eso era todo. Ni siquiera sabía qué decir en momentos así. Y ahora éramos nosotros los que recibíamos abrazos con lágrimas y palabras de consuelo. Ahora nos encontrábamos del otro lado. Cada uno comenzando a transitar un camino llamado duelo, que no habíamos elegido y del cual no teníamos referencias, al menos no lo suficiente como para avanzar.
Duelo y muerte son palabras que, por lo general, tratamos de evadir. Es como si pudiésemos evitar morir al no pronunciar la palabra. A nadie le gusta hablar de dolor y muerte. Sin embargo, después de haber atravesado ese camino, descubrí lo importante y necesario que es hablar del tema hasta agotar las palabras.
Está bien que no estés bien
Iniciar ese camino fue una de las cosas más difíciles que nos había tocado hacer como familia. No teníamos la menor idea de cómo transitar un duelo o cuánto tiempo duraría. No había una ruta marcada. Al comienzo dependíamos de otras personas que nos fueron ayudando a dar los primeros pasos.
Una persona sabiamente me describió esos pasos como los de un niño que aprende a caminar: un paso a la vez, con caídas, golpes y volver a levantarse para seguir avanzando. No correr, porque no hay una salida rápida, pero siempre avanzando para no quedar estancado en alguna parte de ese camino. Y cada uno buscó su propio camino de duelo, como en un laberinto con varias salidas.
Ayudar a otros
A mis manos comenzaron a llegar libros de autoayuda. La lectura fue una de las maneras de iniciar ese camino. Pronto pude entender que si las experiencias que otros vivieron y contaron me ayudaron, también mi historia podría ser un eslabón en esa cadena. Entendí que, si Dios me había consolado de esa manera, también yo debía consolar a otros (2 Corintios 1:3,4).
Entonces, para ayudar a otros, me embarqué en la tarea de escribir historias de familias que habían transitado el camino del duelo, incluyendo la mía propia. Gracias a la editorial de Marcelo Laffitte se pudo publicar el libro titulado “Caminos de Cenizas y Esperanza” en el año 2015. El día que hicimos la presentación dije que escribir ese libro no era para mí un sueño cumplido, sino una tarea terminada. Y, si haberlo escrito servía para ayudar al menos a una persona, entonces habría valido la pena hacerlo. Hoy sigo pensando igual.
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