Eugenia Sánchez - Antología 9 - Resiliencia

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Las personas resilientes son aquellas que tienen adentro un sol que nunca se pone. Podrán ser alcanzadas por nubes grises que lo opacan por un tiempo, pero ese sol vuelve a brillar. 32 autores nos comparten sus vivencias y las herramientas para salir adelante frente a cualquier circunstancia de la vida. Excelente para evangelizar, para alentar, para disfrutar.

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Pasaron varios meses y un día, al pasar por ahí, vi que de una de las partes dañadas habían nacido hojas. Usted me dirá: “He visto muchas veces esa maravilla de la naturaleza”. Yo solo había visto fotos. Y ahí estaba, delante de mí, palpable y admirable. Era un mensaje a mi alma. Me quedé absorta un buen rato, y le saqué una foto.

Mis pensamientos giraban en torno a esas hojas verdes, brillantes; hasta diría que eran alegres, sentía que me sonreían. Esa naturaleza emergente, airosa y debutante. ¡Tan real! De lo roto, de lo quebrado, de lo desechado, de lo caído… se puede renacer, volver a empezar, y creo que a veces mejor de lo que era antes.

Manos de lana

No sé por qué, pero esta imagen me recordó a mí. ¿Cuándo comencé a romperme? Porque de niña no me autolesioné, e igual que al árbol, hubo personas que destrozaron mi alma. ¿Fue por etapas? ¿Cuándo me di cuenta de que no podía unir mis pedazos rotos? Había algo en mi interior que me decía que no nací destrozada. Pero mis recuerdos llenos de heridas en el alma, etiquetas negativas, rechazo, miedos y desilusión, se entremezclaban. Igual que el árbol, había tenido un buen inicio. E igual que el árbol, me vi rota en mi interior, sola y abandonada.

Hoy solo hablaré de un pedazo de vida: mis manos. Recuerdo que cuando era niña solía frecuentemente dejar caer algo: una taza, un platillo, etc. ¿Tenía problemas de atención? No sé. ¿Será que hacer caer la primera cosa fue tan terrible para mí que el miedo hizo que vuelva a hacer caer las siguientes? Tampoco sé. Solo sé que me gané un sobrenombre: “Manos de lana” o “de trapo”. Quien me llamó así fue mi madre. Esa etiqueta negativa siempre estaba acompañada de apreciaciones sutiles sobre mi personalidad, denotando que era muy temerosa e insegura.

¿Y qué fue creciendo en mí? Por un lado, las tazas por el suelo eran la evidencia que gritaba mis fallas; y por el otro, el sentimiento oscuro, pesado, que se encriptaba en mi alma: “No sirves. Eres inútil. No puedes llevar ni una simple taza. Dudo que puedas lograr algo en la vida”.

Esos sentimientos de inutilidad, fracaso, impotencia e ira, de no lograr las cosas más simples, fueron marcados por otras experiencias tristes que se acumularon dentro mío. Era un mar de sentimientos dolorosos, de pedazos del alma que navegaban sueltos en mí, sin rumbo. Solo el dolor, que iba en aumento.

Dentro de los recuerdos que aún conservo, era una niña muy tímida, de pocos amigos. No solía corretear, porque siempre terminaba en el piso. Y si alguna vez trepé un árbol fue con nefastas consecuencias. Lo único bueno que solía hacer era estudiar y leer. Mi primer libro, a los nueve años, fue “Corazón”, de Edmundo De Amicis. Y desde entonces hasta ahora no dejé de leer. Mis libros son mis amigos y compañeros de la vida.

Decidí estudiar psicología pese a que quería estudiar arquitectura. Puse en la balanza costos, y además en esa época no era aún una opción común para chicas. Antes de concluir mi carrera, hice terapia. Logré hablar de algunos de mis miedos. Después que me gradué, comencé a trabajar.

Trabajé bien. Tenía estabilidad económica. Viajaba de vacaciones al exterior, y lo disfrutaba mucho. Todo parecía marchar bien, pero no era así. En mi interior los sentimientos de desvalorización crecían como hierba mala en un jardín descuidado. Trataba de disimular los síntomas, pero había un vacío que aullaba de dolor.

Había una niña que escondía sus faldas tras un paraguas de miedo. Veía cómo ese sentimiento de nulidad se desplazaba por mi mente con descaro, mostrándome los huecos inmensos en el piso de mi personalidad. Por prescripción propia comencé a consumir antidepresivos. Tremendo error. Creo que consumí alrededor de un año.

Conociendo a Jesús

Una noche, unos amigos me invitaron a una reunión. No me explicaron que era de oración, y menos de evangélicos (en esa época era una buena católica). Las alabanzas me gustaron mucho (eran canciones de Marcos Witt), pero lo que me impresionó fue la seguridad de ese hombre delgado con acento brasilero que daba el mensaje de Dios y hablaba como si Él fuera su gran amigo. Era el pastor José María Gontijo.

Me impactó. ¿Este hombre realmente hablaba con Dios? Pensaba: “¿Será cierto? ¿Se podrá conversar con Él?”, y esa noche me rendí al amor de Dios, a Su presencia. Regresé a casa con esperanza. Esa esperanza se convirtió en convicción. Esa convicción se transformó en decisiones. Esas decisiones dieron curso a una nueva vida, hasta el día de hoy.

Fue una maravillosa noche estrellada de septiembre en 1992 cuando recibí al Señor en mi corazón. De ahí, a bautizarme y disponer la casa para un grupo de oración de jóvenes, fueron decisiones en secuencia. Inmediatamente dejé los antidepresivos. ¡Qué alivio! Después descubrí que estaba escrito en la Palabra de Dios: “Venid los que están cansados y yo los haré descansar”.

Estaba cansada de las pastillas, y me quitó esa carga. A cambio puso gozo en mí. Nunca más volví a probar un antidepresivo. Todo esto ocurrió casi en los tres o cuatro primeros meses después de esa reunión. Mi angustia se convirtió en paz, esa paz que sobrepasa todo entendimiento, y la inseguridad aterradora se transformó en fortaleza.

Me aferré a la Palabra de Dios. El primer versículo que recuerdo es 2 Timoteo 1:7: “Porque Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”. Llegó a lo más profundo de mi corazón. Fue escrito para mí y era una invitación a mi sanidad. Jesús sabía lo que me pasaba. No podía ocultarle nada. Él quería mi restauración, unir todos los pedazos rotos. Abrazaba mi alma y me valorizaba. Estaba en un pozo y me sacó, limpiándome con tanta delicadeza y ternura que vi cómo llenaba de amor mi vaso vacío.

Mi madre

Así empezó mi caminar con Jesús. Me hablaba a través de su Palabra, y todo lo que aprendía estaba bajo su dulce mirada. Caminar con Él es sencillo. No hay un ápice de confusión. Por ejemplo, cuando le pregunté por qué mi madre me mostraba rechazo, me llevó a una nueva forma de ver la relación, haciéndome preguntas que fueron ordenándose muy lentamente, con amor:

“Magalí, ¿sabes cuántos años estuvo tu madre en un internado de monjas?” Respondí: “Casi diez”. A los ocho años, mi madre y mi tía Fanny fueron enviadas a un internado de monjas italianas. Terminaban las clases y en vacaciones viajaban mis abuelos y las llevaban a casa. Pero a veces decidían vacacionar solos y las dejaban todo el verano en el internado. “Y tú, ¿cuántos años estuviste en un internado?”. Quedé en silencio, porque Él sabía la respuesta: Apenas logré soportar un año. Al siguiente me mudé a la casa de una amiga.

Con mucho amor y respeto siguieron las preguntas sobre la vida mi madre. Quería estudiar bioquímica, pero mi abuelo quebró económicamente y ella abandonó su anhelo de ir a la universidad. A cambio, sostuvo la casa de sus padres no solo en lo económico, sino haciéndose cargo de sus hermanos.

Comencé a caminar a través de recuerdos, revisando cada circunstancia que tuvo que enfrentar mi madre: la discapacidad de su hermano como consecuencia de la polio; el fallecimiento de su hermana menor a los veintiséis años, quedando su hijo bajo la tutela de mi madre y sin el apoyo expreso de mi padre, quien luego le fue infiel y abandonó el hogar. Quedamos tres hijos y ella embarazada de cuatro meses.

Y así, soportó adversidad tras adversidad. Todo en silencio, sin queja, refugiándose en Dios. Solo la vi llorar desconsoladamente cuando recibió la noticia del fallecimiento de mi tía. También cuando murieron mis abuelos. Y hace nueve años, cuando falleció su último hermano. Solo lloraba ante el dolor de la muerte.

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