Eugenia Sánchez - Antología 9 - Resiliencia
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Nunca vi a mis abuelos dar un abrazo a mi madre. ¿Se sintió ella amada por sus padres después de todo lo que hizo por ellos? No sé. ¿Recibió valoración de parte de mi padre? Tampoco sé. Cuando mi padre se enfermó de cáncer tuve que viajar a buscarlo a otra ciudad para internarlo aquí. Ella fue a visitarlo a la clínica. Volvía a verlo después de más de treinta años de divorcio, y lo hizo con una actitud de verdadera hija de Dios, con respeto. A la semana falleció, y estuvo en el velorio y en el entierro, viendo sepultar al único hombre que conoció y amó.
Cuando el Señor terminó de mostrarme su soledad y carencia de amor, me preguntó: “¿Puedes transformarla? ¿Puedes cambiar ese dolor?”. Dije: “No”. Entonces, dulcemente dijo: “Solo ámala. Es mi creación”. Nunca más pregunté el porqué de su rechazo. Simplemente aprendí a disfrutarla cuando ella me lo permitía. Y aprendí a perdonar con el perdón de Dios, y a mirar con Sus ojos. Mientras lo hagamos con los nuestros vamos a ver fallas en los otros, pero con los ojos de Dios vamos a ver que en cada falla muchas veces hay una herida abierta. Es nuestra decisión.
Tuve que elegir entre mi pasado lleno de dolor o aceptar el asombroso amor de Dios. Yo no era mi pasado. Decidí por la verdad, por el amor y dejé que restaure todas las áreas de mi vida, no solo mis manos. Mi hijo, ya en la adolescencia, solía visitar a mi madre por largas horas, quizás como un presentimiento de que se acortaba su estadía en esta tierra.
Como todo lo que hace el Señor tiene su tiempo y su manera, una linda tarde de otoño recibió a Jesús en su corazón, confesándolo como su único Salvador. Mi madre era un roble, de pocas palabras, de salud inquebrantable. Fue una excelente maestra de escolaridad básica. Y cuando se jubiló, se negó a estar frente a una pantalla de televisor y decidió pasar sus horas sirviendo al prójimo, ayudando en su parroquia.
Un día, con ochenta y dos años presentó una neumonía y fue internada. Dios permitió que no sufriera, porque a las dos semanas falleció. Fui la última hija que cerró sus ojos. Estoy segura de que volveré a verla, y nuestro caminar será pleno. Tres meses antes de su fallecimiento, segura de que Dios me guiaba, le pedí perdón. Respondió que no tenía nada que perdonar. Varios años después me enteré de que estaba orgullosa de la clase de madre que yo era. Lloré, y di gracias a Dios.
Manos transformadas
¿Y mis manos? Fueron transformadas desde esa conversación con Jesús. Quitó los rótulos y etiquetas que tenía grabados en mi mente y en mi corazón. Cambió todos los sentimientos de desvalorización por amor y aceptación. Entonces aprendieron a dibujar, a pintar, a tejer, a cocinar, a formar rosas en porcelana fría, a hacer bolsos de macramé, a bordar, y escribir cuentos y poemas.
Mis manos levantaron vuelo y volaron lejos, porque las palabras negativas fueron retiradas. Volví al diseño original, tal como me creó Dios. Mis bordados fueron pequeñas creaciones hechas con amor, porque mis manos se deleitaban en su nuevo caminar. Mis trabajos viajaron primero por mi país y luego cruzaron fronteras: Estados Unidos, Australia, Brasil; y seguirán viajando, porque no hay límites para aquello que Dios restaura.
Hay que creer la verdad, la cual está en las palabras de Jesús en Lucas 4:18: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos”. Esta verdad está vigente: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.
Él anhela nuestra restauración. Al sanarme, también me dio un propósito. Y desde hace veintinueve años he sido instrumento en Sus manos para sanidad interior de muchas personas. He visto cómo Su amor asombroso ha sanado y transformado, y le dije: “Sí, heme aquí”. Así será hasta que tenga que tomar “el último tren a casa”, como dijo el pastor Dante Gebel.

Magalí Núñez Camacho nació en Camiri y actualmente reside en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Es licenciada en Psicología y exdocente universitaria. Es autora de textos escolares de tutoría “Santa Cruz con valores”. Fue parte del equipo profesional que en 1990 fundó el Hogar de Niños Santa Cruz. Es directora del Proyecto Misericordia, asistiendo con víveres y medicamentos a personas sin trabajo. Magalí brinda apoyo en Sanidad Interior.
Whatsapp: +591-78539779
Email: nunezcamachomagali@gmail.com
No quiero ser fuerte, ¡quiero ser feliz!
¿Alguna vez escuchaste hablar de resiliencia? ¿Sabías que superar las dificultades y estar dispuesto a aprender de ellas te capacita con mayores recursos para afrontar el futuro?
Por Videlma Vogel
Mientras preparaba una charla para mujeres de todas las edades, me inspiré en un libro escrito por Bárbara Johnson, titulado “Ponte una flor en el pelo y sé feliz”, donde dice “El dolor es inevitable, pero sentirse miserable es opcional”. ¡Cuánta verdad hay en esta frase!
La historia de Bárbara es sumamente impactante y a la vez motivadora. Después de perder a dos de sus tres hijos y atravesar un sinfín de adversidades tanto de salud como familiares, habla de esperanza y anima a otros a no perder la fe en Dios. Asegura que Él puede tomar tu tribulación y convertirla en un tesoro, y que en medio de la oscuridad aprenderás lecciones que tal vez nunca habrías aprendido a la luz del día.
Resiliencia
Dejaré en manos de los profesionales la definición y procedencia del término, y su adaptación de la física a la psicología. Seguramente estará explicado más de una vez en esta antología. En cuanto a ejemplos de personas resilientes podríamos comenzar nombrando una larga lista de personajes de la Biblia tales como Sara y Abraham; José, el hijo de Jacob; Moisés; Job; Ester; David; Pablo; luego los discípulos, y así podríamos seguir. Cada uno de ellos con sus características y matices.
Un gran ejemplo de resiliencia fue Rahab, la prostituta de Jericó. Escondió a los espías salvándoles la vida y, en consecuencia, salvó la suya y la de su familia. Rahab demostró tener una gran capacidad de adaptación, dejando atrás su pasado para abrazar la fe en un Dios vivo y amoldarse a una cultura desconocida, con otras costumbres y tradiciones nuevas para ella. ¿Cómo es que una ramera termina siendo mencionada en la genealogía de Cristo?
A lo largo de la historia de la humanidad hubo infinidad de ejemplos de personas resilientes cuyas historias impactan e inspiran a enfrentar gigantes, pelear batallas, luchar contra viento y marea, y a no darse por vencidos. Las personas resilientes:
Asumen la dificultad como una oportunidad para aprender; como Liz Murray, psicóloga, escritora y conferencista, hija de padres adictos a las drogas, criada en las calles y con todas las fichas apostadas a que sería una indigente más. Decidió cambiar el rumbo de su vida, retomando sus estudios a la edad de 15 años. (Película: “Una indigente en Harvard”).
Son conscientes de sus potencialidades y limitaciones, como Tony Meléndez, guitarrista y cantautor discapacitado que aprendió a tocar la guitarra con los pies, por haber nacido sin brazos. Un ejemplo de vida, superación y auto aceptación.
Son perseverantes, como Abraham Lincoln, cuya carrera estuvo llena de fracasos antes de llegar a la presidencia de los Estados Unidos y ser recordado por abolir la esclavitud.
Son tenaces en sus propósitos, como Nelson Mandela, quien después de haber estado 27 años preso llegó a ser presidente de Sudáfrica, cambiar la historia de ese país y recibir el premio Nobel de la paz.
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