Eugenia Sánchez - Antología 9 - Resiliencia

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Las personas resilientes son aquellas que tienen adentro un sol que nunca se pone. Podrán ser alcanzadas por nubes grises que lo opacan por un tiempo, pero ese sol vuelve a brillar. 32 autores nos comparten sus vivencias y las herramientas para salir adelante frente a cualquier circunstancia de la vida. Excelente para evangelizar, para alentar, para disfrutar.

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Quiero ser feliz

Esta es la segunda vez que resumo el tiempo de duelo de nuestra familia. Y aunque la historia es la misma, me doy cuenta de que hoy puedo mirar hacia atrás con otros ojos. La mirada no es la misma, porque ya no soy quien fui hace once años atrás. He recorrido un largo camino y en ese trayecto Dios ha estado trabajando en mi vida, emociones y pensamientos. Sé que he cambiado y mis hijos también.

Del duelo queda solamente una cicatriz que me recuerda las cosas que quedaron atrás en mi vida. Entre ellas, un esposo y el tiempo de la familia con los hijos adolescentes. Hace seis años me mudé a otra ciudad en la que tengo una hija, una hermana y amistades. Así que también dejé atrás mi casa vacía, mi trabajo y la congregación en la que junto a mi esposo e hijos compartimos tantos momentos de nuestras vidas. No fue fácil, pero me ayudó a dar vuelta la página y comenzar a vivir una etapa diferente.

En este tiempo aprendí que es más importante coleccionar experiencias y no cosas. Por eso disfruto de cada momento que Dios me regala para compartir con los que están. Ahora soy abuela de cinco nietos y aunque algunos están lejos, disfruto el tiempo jugando con los que están cerca y haciendo uso de la tecnología con los que están lejos. Ser abuela es un regalo que no tiene precio ni comparación.

Tengo nuevos sueños y proyectos. Con la ayuda de Dios quisiera realizar muchas cosas. Entre ellas, sueño con armar un grupo de autoayuda para personas que pierden seres queridos. Estamos en el año de la pandemia del Covid y por lo tanto muchos planes se están postergando, pero confío en que pronto saldremos de esta situación.

Como familia seguimos afrontando adversidades de distintas índoles, pero personalmente puedo decir que “el Dios de toda gracia” ha restaurado mi vida y me ha devuelto el gozo que tanto le pedí desde un comienzo, cuando creí que nunca más volvería a ser feliz.

Entre la resiliencia y la gracia divina

“Y después de que hayan sufrido un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, que los llamó a Su gloria eterna en Cristo, Él mismo los perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá”. (1 Pedro 5:10,11, NBLA).

¿Lloro? Sí, pero también río.

¿Lucho? Sí, pero también me rindo.

¿Tengo dudas y temores? Sí, pero también confío.

¿Siento impotencia? Sí, ¡pero en Cristo soy más que vencedora!

Parece contradictorio, pero es así. Llorar, dar peleas y sentir temores e impotencia es parte de nuestro peregrinaje por esta tierra. Confiar y rendirse ante la gracia divina es el lugar en el que Dios nos quiere tener. Creo que estar entre la resiliencia y la gracia es ese estado que nos permite ser pulidos como la piedra que se convierte en diamante. Es ahí donde seremos creativos y tenaces en la oración, y afrontaremos los desafíos haciendo uso de las capacidades que Dios puso en nosotros. No hay méritos por nuestra parte si no es por Su gracia.

Videlma Vogel vive en Leandro N Alem Misiones Argentina y se congrega en la - фото 4

Videlma Vogel vive en Leandro N. Alem, Misiones, Argentina, y se congrega en la Iglesia de Dios de la misma ciudad. Es docente jubilada, y ha enseñado el idioma inglés principalmente en escuelas secundarias por 30 años en la ciudad de Montecarlo, Misiones. Es viuda y madre de 3 hijos adultos, con sus familias ya conformadas. Es autora del libro "Caminos de Cenizas y Esperanza"; el mismo fue traducido al inglés y está disponible en Amazon (“Paths of Ashes and Hope”). Sueña con ser parte de un grupo de autoayuda para personas que pierden a sus seres queridos.

Whatsapp: +54(3751)31-2444

Email: videlmak@hotmail.com

¿Por qué a mí?

Los buenos también sufren…

Por el pastor Leo Tomeo

No está dentro de nuestros cálculos. No entra en nuestras previsiones. Cuando algo malo sucede, cuando el dolor irrumpe, cuando la enfermedad, la muerte, la crisis financiera o el abandono dicen presente, hay una sensación, un grito que se anuda en la garganta, se clava en el pecho, se apodera de nuestra mente y echa raíces profundas y dolorosas en nuestro corazón. Injusticia. Esa es la palabra que mejor describe lo que sentimos.

Solemos asociar cada cosa que nos sucede a una suerte de justicia retributiva. Un premio o castigo por nuestra forma de vivir y actuar. Por eso nos cuesta tanto aceptar y entender las cosas que nos pasan cuando no son buenas. Si ellas no son resultado de nuestras acciones, entonces es injusto que tengamos que soportarlas. Estamos convencidos de que evidentemente alguien se equivocó.

Esto no es nuevo, la idea de asociar la enfermedad o la desgracia a las malas acciones es tan vieja como el hombre mismo. Entendemos que alguien tiene la culpa, alguien hizo algo para que esto sucediera. Muchas veces incluso se culpa al mismo afectado, que además de cargar con la pena, debe soportar el juicio de los otros.

Ya en tiempos de Jesús esta idea estaba arraigada en la gente. En el capítulo 9 del Evangelio de Juan, podemos leer un episodio en el cual Jesús y sus discípulos, mientras caminaban, se toparon con un hombre ciego. Inmediatamente surgió la pregunta: “Rabí, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por sus propios pecados o los de sus padres?”

Los discípulos entendían que debía haber un culpable para la ceguera del hombre. Si nació ciego evidentemente sus padres habían hecho algo mal y la ceguera del hijo era el justo castigo para ellos. O peor aún, Dios sabía del pecado que este hombre cometería y lo castigó de antemano.

Jesús comenzó a desenredar esa madeja de pensamientos condenatorios sobre el origen de la enfermedad de este hombre. Y sin nombrarlo, también del origen o causa de los males que nosotros atravesamos actualmente. En el versículo 3 dice: “No fue por sus pecados ni tampoco por los de sus padres que este hombre nació ciego”.

Jesús inició así un proceso liberador en este hombre. Y seguramente también puede comenzar el mismo proceso en tu corazón, tantas veces agobiado por el dolor, por la culpa -impuesta o auto impuesta- de buscar los motivos ocultos detrás de lo que te pasa. No vamos a poder responder el porqué de nuestros problemas, pero sí vamos a ir descubriendo juntos parte del poder transformador del Salvador.

Jesús completó su respuesta con una declaración maravillosa, orientada hacia el futuro. Hacia un propósito transformador y un cambio de enfoque en las perspectivas del hombre en relación con su enfermedad. Él dijo: “No pecó ni él ni sus padres, pero a través de este mal, Dios va a ser glorificado”.

No podemos explicar por qué nos pasan ciertas cosas. Pero de esto podemos estar seguros: Dios puede hacer algo maravilloso con nosotros y en nosotros, a pesar de las dificultades, con ellas o a través de ellas.

Hace unos años fue muy popular una telenovela llamada “Los ricos también lloran”; no soy amante de ese género, pero tenía razón en algún punto: los buenos también sufren.

Lo sabía el rey David. En el Salmo 73 escribió que casi pierde su equilibrio emocional al ver el éxito de los malos. También lo sabes tú, y lo sé yo. Y precisamente es de mi experiencia que quiero contarte en las páginas que siguen. Comenzaremos haciendo un poquito de historia.

El sueño…

Corría el año 1998 cuando dejé de luchar con mis libros de Derecho. La pelea era pareja por momentos, aunque confieso que cada día eran más los golpes que recibía que los que daba. Claro, estaba dando mucha ventaja. Mis sueños iban por otro lado. No me veía dando un vigoroso alegato en un tribunal oral, sino predicando, enseñando, consolando, y llevando a los pies de Jesús a alguien que estuviera tan necesitado como yo.

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