1 ...7 8 9 11 12 13 ...16 Teodomiro llegó a un pacto con los invasores en el año 713, del cual todavía se conservan las capitulaciones del mismo. En este acuerdo aceptaba el dominio de los recién llegados y, a cambio, estos le concedían autoridad sobre el territorio siempre y cuando les pagase unos impuestos que se fijaron de manera justa y equitativa entre el propio Teodomiro y los representantes de Musa. Esos mismos acuerdos se llevaron a cabo en otros lugares de la Península, y es con ellos como se explica en gran medida por qué la conquista fue tan fácil y por qué visigodos e hispanos apenas si se opusieron a los conquistadores.
Musa completó la ocupación del territorio que Tariq no había puesto todavía bajo su control. Otras tropas se dirigieron hacia Galicia y fue su hijo Abd al-Aziz el que ocupó la región murciana después del pacto con el ya mencionado Teodomiro.
Abd al-Aziz se separó del grueso del ejército de su padre, y entre el 713 y el 715 ocupó Andalucía oriental y la mayor parte del Portugal actual, además de la ya citada región de Murcia. En un intento por legitimar su situación como gobernante en la Península, decidió casarse con la viuda del rey visigodo Rodrigo, y de esta forma contrajo matrimonio con Egilona. La vida de esta mujer fue curiosa, pues no solo estuvo unida a dos de los principales caudillos de su época, sino también con otro que poco después daría mucho que hablar, Pelayo, con quien al parecer mantuvo una excelente relación en la corte toledana antes de contraer matrimonio con el rey Rodrigo.
A finales del año 714, la mayor parte del territorio peninsular estaba en manos de los musulmanes. En solo tres años se había completado de manera sorprendente la ocupación de un considerable espacio, y ello se había hecho con escaso derramamiento de sangre y con una casi inexistente oposición por parte de los nativos. Solo algunas zonas al norte de las montañas cantábricas y al sur de los Pirineos permanecían prácticamente sin ocupar, pero esto era más por el desinterés que mostraban los invasores con respecto a esos territorios fríos y húmedos, que porque realmente hubiera existido entre sus habitantes una oposición organizada contra los mismos.
No obstante, en algunos lugares sí que se gestó una desesperada oposición. Por ejemplo, los partidarios de Agila se refugiaron en el norte de la actual Cataluña, y allí, durante algunos años mantuvieron un pequeño e intrascendente reino que incluso llegó a emitir algunas monedas propias. Pero pronto fueron también absorbidos en cuanto el impulso musulmán se puso de nuevo en marcha.
El final del expansionismo islámico
De la rapidez de la conquista podría deducirse que esta fue una especie de paseo militar exento de problemas para los invasores. Pero eso no fue del todo así. Los dos caudillos implicados en la misma tuvieron fuertes desavenencias, y estas llegaron a oídos del califa de Damasco Suleimán I.
Así, en el 714, el califa ordenó que tanto Musa como Tariq se presentaran ante él para rendir cuentas de su actuación. Tariq aprovechó la ocasión para denunciar a su superior por haber malversado los fondos destinados a la conquista y por haberse apropiado de ellos. Suleimán I condenó a Musa a muerte, pero finalmente lo indultó a cambio de que el antiguo emir pagara una multa considerable como compensación a todo lo que había robado. No obstante, pocos años después, Musa resultó asesinado como consecuencia de una conspiración contra él.
Pero Musa había dejado en la Península a su hijo Abd al-Aziz como encargado del gobierno y de la expansión por nuevos territorios. El nuevo califa decidió también destituirlo y en el 716 nombró como walí a al-Hurr. El título de walí tenía un significado parecido al de emir, pero este último se aplicaba a gobernadores de territorios más extensos, mientras que el walí gobernaba sobre territorios más reducidos.
El waliato de al-Hurr fue importante por tres motivos. En primer lugar porque su reconocimiento supone la primera división administrativa del nuevo territorio conquistado. En segundo lugar porque por primera vez aparece el nombre de al-Andalus, escrito en una moneda de un dinar que se acuñó en el año 716.
En tercer lugar porque al-Hurr decidió cambiar la capital que hasta entonces se había fijado en Sevilla y trasladarla a Córdoba. No están muy claros los motivos de esta decisión de gran trascendencia, pero quizás en ello influyó el hecho de que la ciudad cordobesa había sido la base del gobierno de Rodrigo en la Bética, mientras que Sevilla, que había permanecido más favorable a la invasión árabe, mantuvo en cierta medida en el poder a las familias nobiliarias visigodas que apoyaron a los invasores. Tampoco hay que olvidar que Córdoba poseía el puente sobre el Guadalquivir más cercano a su desembocadura (puente de piedra construido en época del emperador romano Augusto y que todavía hoy se conserva en perfecto estado), además de tener una posición más central en el valle del gran río.
Durante el gobierno de al-Hurr se incorporaron a al-Andalus los territorios de lo que hoy día es el País Vasco, Navarra y el alto Aragón, aunque como veremos su permanencia en manos musulmanas fue efímera.
En 719 fue nombrado walí al-Sahm, quien en los escasos dos años que se mantuvo en el poder tomó la decisión de continuar la expansión hacia el norte. Por primera vez los musulmanes se atrevieron a pasar los Pirineos y penetraron en lo que en la actualidad es el sur de Francia.
Ya entre el 719 y el 721 las tropas del walí tomaron Lérida, Urgel y Narbona, y cuando se dirigían a capturar la ciudad de Tolosa, el duque de Aquitania, Eudes, se enfrentó contra sus tropas y en la batalla que tuvo lugar el 10 de junio del año 721 falleció el emir.
Su sucesor fue otro walí llamado Ambasa, que continuó con la política de expansión por el sur de la Galia.
Para ello, Ambasa capturó en primer lugar Barcelona y Gerona, y luego pasó los Pirineos, conquistando Carcasona y Nimes. En el año 725, sus avanzadillas llegaron incluso a un lugar tan septentrional como Autun, tras remontar el rio Ródano, pero en este caso sus intereses no eran tanto la ampliación territorial de los dominios musulmanes como el saqueo de las ricas abadías y de los monasterios que existían en el territorio franco.
Y es que los árabes no sentían una especial atracción por las tierras del norte, casi siempre frías y húmedas, cubiertas por extensos bosques. Estas les eran ajenas a sus lugares de origen, cálidos y secos, de ahí que no mostraran interés en ellas más allá de la mera exploración y rapiña de las riquezas que atesoraban.
Eso explica, en parte, el porqué del poco caso que hicieron a los territorios de las montañas cantábricas. El clima lluvioso y fresco era muy distinto al del resto de la Península y al del mundo mediterráneo o del Próximo Oriente, que les resultaba más familiar. Además, entre aquellos escarpados riscos se refugiaban los últimos supervivientes de los nobles visigodos.
Los pueblos astures, cántabros y vascones ya opusieron una feroz resistencia a las legiones romanas, y lo mismo ocurriría con los jinetes árabes, siete siglos y medio después.
El 28 de mayo del año 722 (aunque las crónicas no son nada precisas pues también hay quien sitúa el acontecimiento hasta cuatro años antes), una expedición musulmana, que según los historiadores cristianos estaba compuesta por la improbable y exagerada cifra de 10.000 soldados, penetró en la zona asturiana de Covadonga, y allí, en lo alto de las peñas, los estaban esperando agazapados unos 300 montañeses bajo las órdenes del noble visigodo Pelayo, que había combatido en la batalla de Guadalete, consiguiendo escapar con vida de aquel desastre.
Para los cronistas cristianos, la escaramuza de Covadonga se convirtió en una gran batalla en la que las escasas tropas cristianas derrotaron por completo al potente ejército musulmán, causándole más de mil bajas. En la realidad, probablemente, nada de eso sucedió, pero los vapuleados cristianovisigodos necesitaban narrar un hecho favorable de armas, por pequeño e intranscendente que fuera. Covadonga les dio la excusa perfecta para convertirla en un símbolo de propaganda antimusulmana y el punto de inflexión, según el cual, se iniciaría la decadencia del poder musulmán en la Península.
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