Ángel Luis Vera Aranda - Al-Andalus

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En esta Historia de al-Andalus se plantea esta etapa histórica como una más dentro de la evolución general de la Historia española, y no como un largo paréntesis en la misma. Las realizaciones del mundo islámico fueron tan importantes que es necesario recordar que todavía muchas de las costumbres, palabras e incluso buena parte de la cultura hispanas no son otra cosa que el importante legado que aquella civilización aportó al acervo peninsular.
Durante casi ocho siglos, los musulmanes permanecieron en la península Ibérica, en un territorio al que denominan al-Andalus. A lo largo de este período, la influencia islámica modificó sustancialmente la realidad histórica de la antigua Hispania romana y visigoda. Su repercusión sobre la España actual es mucho mayor de la que en principio cabe suponer. Este es el hilo argumental a lo largo del cual se desarrolla en esta obra la presencia de la civilización islámica en la Península, abordándose sus realizaciones, su herencia, sus problemas y la trayectoria histórica desde la llegada de los primeros musulmanes en el año 711 hasta su expulsión en 1492.

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¿Cuáles fueron las causas de esta situación tan inestable? Para explicarlo se pueden citar factores muy variados que más adelante analizaremos con mayor profundidad. Por un lado, hay que tener en cuenta la presencia de, al menos, tres religiones (musulmana, cristiana y judía), diferentes grupos étnicos (árabes, sirios, yemeníes, bereberes, eslavos, negros africanos, hispanogodos, etc.) y, por otra parte, un complejo componente social (mozárabes, muladíes, esclavos, judíos…).

Es preciso tener en consideración estas circunstancias para comprender los difíciles avatares históricos en los que se vería envuelto al-Andalus. Como en todas las sociedades complejas interétnicas, existieron unas grandes diferencias en cuanto a riqueza y poder.

Estaba en primer lugar el grupo de los árabes, que formaba la élite social y que procedían, como su nombre indica, de la península Arábiga. En este grupo también se podría incluir a yemeníes y sirios. Sin embargo, entre los musulmanes también se encontraban los llamados bereberes, procedentes del norte de África y punta de lanza del ejército que conquistó la Península. Este grupo étnico apenas si había conseguido privilegios y sólo recibieron los territorios más alejados y montañosos en el reparto del botín de conquista.

Los bereberes no sólo no consiguieron prebendas sino que estaban obligados a pagar elevados impuestos. Por ese motivo, cuando el gobernador de Tánger amenazó con incrementar la presión fiscal, e intentó impedir que la población emigrara desde el norte de África a al-Andalus, estalló una feroz revuelta en aquella región del imperio.

En el 740, la insurrección se había extendido a al-Andalus, y la casta árabe dominante no sabía cómo detener a los amotinados. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, el walí decidió solicitar directamente la ayuda del califa de Damasco, y este se vio obligado a enviar a 12.000 hombres del yund o distrito militar sirio.

Estos sirios, acompañados de algunos egipcios y yemeníes, se enfrentaron a los bereberes norteafricanos derrotándolos. A continuación, pasaron a la Península y se dirigieron a la ciudad de Toledo, foco de la rebelión en al-Andalus, donde, tras una batalla en las proximidades del Tajo, derrotaron a los insurrectos.

Pero ahora surgió un nuevo e inesperado problema. Los sirios habían acabado con las revueltas y no desean volver a su país. Prefirieron quedarse en esta nueva tierra que les agradaba más. Mas los árabes andalusíes no estaban dispuestos a aceptar la pérdida de su destacado papel socioeconómico y político. De nuevo, vientos de guerra soplaron en la península Ibérica.

Los califas de Damasco, entretanto, cada vez tenían más problemas en Oriente y, en consecuencia, no deseaban perder más tiempo ni más hombres a 4.000 kilómetros de distancia.

Durante tres años, árabes y sirios mantuvieron sus posturas enfrentadas, pero finalmente se llegó a un acuerdo. Los primeros mantendrían el poder, aunque cederían parte del mismo a los sirios. La solución de compromiso funcionó porque no había más remedio.

Es preciso tener en cuenta que el número total de musulmanes que llegó a la Península fue muy escaso. Las distintas fuentes dan cifras muy dispares que van desde un mínimo de 40.000 a un máximo de 200.000, y es necesario comparar esta cantidad con la de 3 o 4 millones de hispanogodos que formaban el resto de la población y que, de momento, parecían solo limitarse a contemplar las querellas internas entre los recién llegados.

No sólo fueron disputas por la propiedad de las tierras conquistadas o por prerrogativas y privilegios, los únicos que afectaron a esta etapa final del waliato. La naturaleza, como sucede en tantas ocasiones, también quiso imponer su ley, y cuando ella lo hace, las consecuencias suelen ser mucho más terribles que las derivadas de los propios seres humanos.

Entre el año 751 y el 755, se abatieron sobre la Meseta septentrional una serie de años extraordinariamente secos. En una época en la que la productividad de la tierra era muy escasa, al igual que las técnicas para la conservación de alimentos, la única alternativa que quedaba a un lustro de malas cosechas era el hambre.

De esta manera se generó un círculo vicioso, al que los historiadores de la demografía denominan “el ciclo de la muerte”. El hambre traía la muerte por inanición, pero, antes de que eso ocurriera, se debilitaban tanto las defensas naturales de las personas que éstas se convertían en seres totalmente proclives a contraer cualquier tipo de enfermedad. Era entonces cuando llegaba la peste.

La peste es una enfermedad contagiosa producida por las pulgas que viven entre los pelos de determinados roedores, en particular de las ratas. En condiciones normales, la cepa del bacilo que provoca la epidemia no suele ser excesivamente virulenta. Pero cuando sucede una época de debilitamiento generalizado de las poblaciones humanas, unido al contagio, los resultados son catastróficos.

No obstante, hay que resaltar que, comparada con las epidemias que hubo entre el siglo II y el VI, esta peste no fue particularmente mortífera. Y aún lo serían menos las que aparecieron hasta mediados del siglo XIV, cuando el fenómeno se reactivó dramáticamente.

Sequía, hambre y pestes tuvieron consecuencias muy importantes. Buena parte de la población que vivía entre el río Duero y las montañas cantábricas huyó de aquel territorio ante las dificultades que tenían para sobrevivir. De hecho, miles de bereberes que se habían establecido en la zona, decidieron regresar a sus territorios de origen, si hacemos caso a los cronistas del momento.

Para aprovechar la coyuntura, el rey de Asturias, Alfonso I, decidió realizar una serie de violentos ataques contra las poblaciones y fortalezas que habían creado allí los musulmanes. El objetivo era muy claro, expulsarlos de aquel territorio para crear un vacío, una especie de “tierra de nadie”, como se llamó en su época, para garantizarse la seguridad de su frontera meridional y evitar en el futuro nuevos ataques de los musulmanes, dado que éstos se tuvieron que retirar inevitablemente hasta bases más lejanas.

Así, a mediados del siglo VIII, se consolidó una frontera permanente entre cristianos y musulmanes. Aquellos quedaron confinados en sus inaccesibles montañas. Los habitantes de al-Andalus se quedaron con la mayor parte de la Península, que también era la más fértil, en su conjunto.

Esta delimitación cambiaría, como veremos, a lo largo del tiempo, pero durante los tres primeros siglos de la existencia de al-Andalus, la línea fronteriza se mantuvo casi igual, con ligeros retoques de escasa importancia.

El final del waliato. La llegada del príncipe Omeya Abd-al-Rahman

Durante los últimos 27 años del waliato, llegó a haber nada menos que 23 gobernadores, es decir, casi uno por año. La cifra es sin duda muy elevada, pero cobra aún mayor importancia si se tiene en cuenta que, con el sistema de comunicaciones existente en la época, en el trayecto entre Damasco y Córdoba se podía tardar hasta cuatro meses. El dato habla por sí sólo de la inestabilidad que se vivió durante estas primeras décadas de la historia de al-Andalus como provincia del imperio islámico. También de la dificultad de los califas de gobernar sobre un territorio tan lejano.

Para que al-Andalus dejara de ser territorio del imperio, y las relaciones político-administrativas se interrumpieran definitivamente, fue preciso un hecho transcendental en la historia del islam. Para entenderlo mejor, será preciso retroceder hasta el año 750 y ver lo que ocurría en Damasco y, en general, en Mesopotamia.

Durante casi un siglo, la dinastía Omeya había llevado el califato a su máxima extensión. El imperio islámico se había convertido en una gigantesca extensión de tierras que englobaba a pueblos y antiguos reinos de los tres continentes. Parecía como si la doctrina de Mahoma fuese invencible, y los designios de Alá acabarían imponiéndose en todo el mundo.

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