Ángel Luis Vera Aranda - Al-Andalus

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En esta Historia de al-Andalus se plantea esta etapa histórica como una más dentro de la evolución general de la Historia española, y no como un largo paréntesis en la misma. Las realizaciones del mundo islámico fueron tan importantes que es necesario recordar que todavía muchas de las costumbres, palabras e incluso buena parte de la cultura hispanas no son otra cosa que el importante legado que aquella civilización aportó al acervo peninsular.
Durante casi ocho siglos, los musulmanes permanecieron en la península Ibérica, en un territorio al que denominan al-Andalus. A lo largo de este período, la influencia islámica modificó sustancialmente la realidad histórica de la antigua Hispania romana y visigoda. Su repercusión sobre la España actual es mucho mayor de la que en principio cabe suponer. Este es el hilo argumental a lo largo del cual se desarrolla en esta obra la presencia de la civilización islámica en la Península, abordándose sus realizaciones, su herencia, sus problemas y la trayectoria histórica desde la llegada de los primeros musulmanes en el año 711 hasta su expulsión en 1492.

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Para muchos autores, Covadonga significa el comienzo de un largo proceso al que se denomina Reconquista y que consiste en la “recuperación”, lentísima, por parte de los cristianos de los territorios que tan rápidamente habían perdido a manos de los musulmanes en el 711.

Covadonga también supone un hito, porque conlleva la creación del nuevo reino de Asturias, del que partirá la mayor parte del esfuerzo militar y político que se desplegó en siglos posteriores. Pelayo será el primer rey de ese territorio cristiano y de este modo fue considerado tradicionalmente por muchos historiadores posteriores como el primer rey de una nueva Hispania, o España, como se denominará a este territorio desde la Edad Media.

El hecho de que desde este lugar partiera el fenómeno de la Reconquista hizo que posteriormente, a partir del siglo XIV, los monarcas atribuyeran el título de “príncipe de Asturias” a todos los herederos que deberían de ser proclamados reyes a la muerte del soberano reinante. Felipe de Borbón, el actual príncipe de Asturias, no sería sino el último eslabón de esa larga cadena que comenzó hace más de seis siglos.

Durante un siglo, desde que en el 622 Mahoma protagonizara la Hégira, el imperio musulmán no había hecho otra cosa que avanzar en su expansión por los tres continentes conocidos hasta entonces. En el 712 había llegado a la India, en el 751 hasta los confines occidentales del mundo chino, y entre el 717 y el 739 había intentado conquistar Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, tanto por tierra como por mar, fracasando estrepitosamente.

Durante la primera mitad del siglo VIII, el mundo islámico había alcanzado su máxima expansión. Se había creado un imperio inmenso, solo superado posteriormente en la Historia en cuanto a su superficie por el mongol y el español.

Pero su impulso se estaba agotando. La rapidez de las conquistas había llevado a los árabes a miles de kilómetros de distancia de su núcleo central, y cuanto más se alejaban, más difícil se hacía el control de las regiones periféricas y la adquisición de nuevos dominios de los ámbitos exteriores que todavía estaban sin controlar.

En este contexto es donde hay que ubicar la siguiente y última campaña de importancia que tuvo lugar al norte de los Pirineos. En el 730, un nuevo walí llamado al-Gafiqi, decidió vengar la muerte de su antecesor ante Eudes, duque de Aquitania, y se dispuso a darle un escarmiento.

Para ello sus tropas partieron de Pamplona, atravesaron de nuevo los Pirineos, esta vez por su sector occidental y se dirigieron hacia el norte, justo hacia el corazón del reino franco. Los hombres de al-Gafiqi tomaron las ciudades de Burdeos, Angulema y Poitiers (los nombres de las ciudades no son los que tenían en aquella época, pero para su más fácil comprensión, los hemos actualizado en todos los casos). El duque, aterrorizado ante el imparable ejército musulmán, solicitó ayuda al rey franco en el poder, Teodorico IV, un pelele que no pintaba nada en realidad, pues la dinastía merovingia que fundara Clodoveo había decaído de tal forma en dos siglos que a los soberanos que por aquel entonces reinaban se les denominaba despectivamente “los reyes holgazanes”. Pero estos reyes tenían la enorme suerte de contar a su lado con alguien en quien delegar de forma eficaz los asuntos importantes, y estos eran los mayordomos de palacio.

Desde hacía más de un siglo, una familia procedente del norte de la actual Francia era quien verdaderamente llevaba las riendas del reino. Cuando en el año 732 Eudes solicitó ayuda a uno de ellos, se encontraba al mando de los asuntos del gobierno Carlos Martel, el más poderoso de todos los vástagos que hasta aquel momento habían existido en dicha familia.

Carlos Martel se dio cuenta inmediatamente del peligro que se cernía sobre el territorio franco y comenzó a reclutar rápidamente a todos los hombres que le resultó posible. Se calcula que en octubre del 732 entre 15.000 y 30.000 guerreros (algunos autores hablan exageradamente de hasta 75.000), se reunieron bajo el mando del mayordomo en la ciudad de Tours, hacia donde se dirigían las tropas musulmanas en busca de ricas abadías e iglesias de las que apoderarse de sus tesoros.

Las tropas de al-Gafiqi que debían de contar con entre cuarenta y sesenta mil hombres, aunque quizás su número fue posteriormente exagerado por los historiadores cristianos, abandonaron Poitiers siguiendo la antigua calzada romana que conectaba a esta ciudad con la de Tours.

En algún lugar de esta calzada situado entre las dos ciudades se encontraron ambos ejércitos y allí, el día 10 de ese mes de octubre del año 732, tuvo lugar una de las batallas más conocidas de la Historia, pero hay que reconocer que también a su vez se trata de una de la más sobrevaloradas.

Nuestro conocimiento histórico actual deriva en buena medida de los historiadores de Europa occidental de los últimos siglos. Para esos mismos historiadores franceses esta “decisiva” batalla supuso una trascendental derrota de los musulmanes y un cambio radical en la historia del mundo a partir de aquel momento.

Nada más alejado de la realidad. Aquel enfrentamiento en una zona marginal y periférica del imperio musulmán tuvo una escasa repercusión real en el mundo de su tiempo.

Muy probablemente se trató de una batalla más de las muchas que por estas fechas los musulmanes empezaron a perder, pero no fue en modo alguno un hecho decisivo que acabara con el expansionismo islámico y que cambiara de forma definitiva el curso de la historia.

Si acaso hubiera que encontrar esa batalla decisiva habría que buscar al otro extremo del mundo mediterráneo. Allí, entre el 717 y el 718, tuvo lugar un gigantesco asedio contra Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, en el que, durante casi dos años, cientos de miles de hombres bizantinos y musulmanes decidieron en buena medida cuál sería el futuro de la humanidad en los siguientes siglos.

Pero fuera como fuese, el empuje islámico estaba llegando a su fin. NI en la Galia, ni en Constantinopla, ni en casi ningún lugar, las tropas musulmanas eran capaces de seguir avanzando. Su vigor inicial parecía haberse detenido por todas partes en el breve espacio de treinta o cuarenta años, y este hecho iba a acabar pasándole una dura factura a los últimos califas de la dinastía Omeya.

Todavía entre el 735 y el 737, el gobernador musulmán de la Septimania (nombre de origen latino que los árabes habían mantenido para el territorio que se encuentra al norte de Cataluña, en la región septentrional de los Pirineos), hizo un último intento por avanzar. Se dirigió con sus tropas hacia la desembocadura del Ródano, ocupando Arlés y Aviñón y penetrando en la Provenza, pero esa acción representaría el canto del cisne del empuje islámico.

Al año siguiente Carlos Martel, cuyo apodo se deriva de “martillo”, pues era así como machacaba a los árabes, irrumpió con su ejército en este territorio y expulsó de él a los invasores, que a partir de entonces comenzaron definitivamente a retroceder.

A mediados de ese siglo VIII, Pipino el Breve, hijo de Carlos Martel, fue recuperando paulatinamente el territorio de manos musulmanas. En el 759 conquistó Narbona, la capital de Septimania. Los musulmanes nunca, salvo en alguna esporádica ocasión, volverían a traspasar la barrera de los Pirineos y desde ese momento quedarían constreñidos a los límites físicos de la península Ibérica.

Como tantas veces se demuestra a lo largo de la historia, es mucho más fácil conquistar un territorio que mantenerlo y administrarlo posteriormente.

En el caso de al-Andalus esto fue lo que ocurrió. A lo largo de casi 800 años, el territorio andalusí no paró de sufrir una crisis tras otra. En algunos momentos se trató de insurrecciones o motines esporádicos, sin menor transcendencia. En otros, por el contrario, los acontecimientos alcanzaron tal gravedad que llegaron incluso a tomar el cariz de verdaderas guerras civiles que se prolongaron durante muchos años.

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