Ángel Luis Vera Aranda - Al-Andalus

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En esta Historia de al-Andalus se plantea esta etapa histórica como una más dentro de la evolución general de la Historia española, y no como un largo paréntesis en la misma. Las realizaciones del mundo islámico fueron tan importantes que es necesario recordar que todavía muchas de las costumbres, palabras e incluso buena parte de la cultura hispanas no son otra cosa que el importante legado que aquella civilización aportó al acervo peninsular.
Durante casi ocho siglos, los musulmanes permanecieron en la península Ibérica, en un territorio al que denominan al-Andalus. A lo largo de este período, la influencia islámica modificó sustancialmente la realidad histórica de la antigua Hispania romana y visigoda. Su repercusión sobre la España actual es mucho mayor de la que en principio cabe suponer. Este es el hilo argumental a lo largo del cual se desarrolla en esta obra la presencia de la civilización islámica en la Península, abordándose sus realizaciones, su herencia, sus problemas y la trayectoria histórica desde la llegada de los primeros musulmanes en el año 711 hasta su expulsión en 1492.

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Pero no ha existido, hasta ahora en la historia, un imperio que, por poderoso que fuere, haya sido capaz de imponer su autoridad al resto del planeta, y el islam no iba a ser una excepción, aunque sí ha sido uno de los que más cerca han estado de conseguirlo.

Poco después de la batalla de Guadalete, los invencibles jinetes árabes, montados en sus ágiles corceles, en camellos y en dromedarios, empezaron a ser vencidos en todas partes. Hasta entonces, habían mantenido varios frentes abiertos a la vez, con una táctica que, contemplada retrospectivamente, parece ser suicida. Pero habían triunfado hasta ese momento; sin embargo, todo tiene sus límites.

Durante la primera mitad del siglo VIII, los ejércitos musulmanes comenzaron a experimentar derrotas en todas partes, y su expansión se detuvo. Las consecuencias pronto se dejaron sentir, y comenzaron las críticas hacia el califato y con ellas la división interna del mismo.

Una familia cuyos miembros son conocidos como los Abbásidas o Abbasíes empezó a reunir partidarios para expulsar del poder a los Omeyas. En el año 750 tuvo lugar el enfrentamiento decisivo. A orillas del río Gran Zab, un afluente del Tigris, al norte de Mesopotamia (en el actual Irak) las fuerzas abbasíes derrotaron completamente a los Omeyas.

Los Abbasíes eran conscientes de que para poder imponer su poderío sobre la totalidad del mundo islámico era imprescindible que ningún miembro varón de los Omeyas quedara vivo. De esta forma, procedieron implacablemente a exterminar uno por uno a todos los Omeyas que habían sobrevivido al desastroso enfrentamiento del Gran Zab.

Sin embargo, hubo un príncipe Omeya, de nombre Abd al-Rahman (731-788) que logró sobrevivir milagrosamente a todas las persecuciones. El joven príncipe contaba solo con 19 años, pero era inteligente, valiente y decidido. Comenzó una larga huida buscando a antiguos partidarios que quisieran apoyar su causa perdida. Pero no los encontró. Durante más de cinco años viajó por todo el Próximo Oriente y por el norte de África, escondiéndose, disfrazándose y viviendo una serie de dramáticas aventuras en lo que constituye una de las peripecias más asombrosas de la historia.

Desesperado en su huida, el príncipe fugitivo marchó a los confines del territorio musulmán, allá donde él creía que el control de los Abbasíes no sería tan férreo.

A mediados del año 755, Abd al-Rahman se encontraba en el norte de África. Allí recibió noticias de que en al-Andalus habían estallado de nuevo los enfrentamientos tribales entre árabes, sirios y bereberes. Esta era la oportunidad que estaba buscando. ¿Por qué no aprovecharse de la anarquía reinante allí para ponerse al frente de uno de los grupos y derrotar al otro?

El último de los Omeyas tomó una arriesgada decisión. Atravesó el mar de Alborán con un grupo reducido de partidarios, y en septiembre de ese mismo año desembarcó en la localidad granadina de Almuñécar. Consiguió reunir un grupo de adeptos y marchó hacia Córdoba, la capital de al-Andalus.

En marzo del 756, se produjo el enfrentamiento en la al-Musara, en las afueras de Córdoba. Las tropas de Abd al-Rahman atacaron con brío a las de Yusuf al-Fihri, gobernador y cabeza de la causa abbasí. En un determinado momento del fragor de la batalla, el príncipe Omeya necesitó guiar a sus hombres en una dirección determinada contra el enemigo, y al no poseer en ese momento pendón o bandera que los guiase, se quitó el turbante, que era de color verde, lo ató a una lanza y lo tremoló como estandarte, guiando a sus hombres a la victoria definitiva.

El triunfo tras el turbante verde dio lugar a que este color se convirtiese en el símbolo de la dinastía Omeya. Todavía, hoy día, las banderas oficiales de las comunidades autónomas de Andalucía y Extremadura mantienen en ellas el color verde como símbolo de aquella época histórica.

En recuerdo de su procedencia extranjera, Abd al-Rahman fue apodado por sus contemporáneos al-Dajil, que significa ‘el Inmigrado’.

Una vez asentado en el poder, Abd al-Rahman proclamó a al-Andalus como territorio independiente del califa de Damasco, y él mismo asumió el gobierno como emir, es decir, como representante máximo de la administración del nuevo Estado y como cabeza de su ejército. Así pues, al período que comienza a partir del año 756 y hasta la proclamación de Abd al-Rahman III como califa en el 929, se le conoce como el emirato de Córdoba, independiente de Bagdad.

Y es que seis años después del comienzo del emirato, los Abbasíes decidieron abandonar Damasco, a la que se la recordaba como capital Omeya, para trasladarla a una ciudad nueva que construyeron en Mesopotamia, Bagdad, y que hoy día sigue siendo capital de ese mismo territorio al que conocemos como Irak. No obstante, los califas de Bagdad no aceptaron, como era de esperar, la pérdida de una de sus provincias, por muy lejana que estuviera. De esta forma, fomentaron constantes rebeliones contra el que ellos calificaban como príncipe usurpador, cuando no incluso llegaron a enviar sus propios ejércitos para destronarlo.

Así, entre el 761 y el 768 estallaron hasta cuatro levantamientos pro abbasíes en al-Andalus. Abd al-Rahman, al que numeramos como primero por dar comienzo a una larga dinastía en la que abundaron sucesores con su mismo nombre, no se amedrantó ante las continuas insurrecciones si no que, por el contrario, se enfrentó a ellas con mano dura y firme.

La voluntad del nuevo emir para mantenerse independiente quedó bien demostrada cuando, tras capturar a los cabecillas, no se le ocurrió una venganza mayor que cortar las cabezas a los líderes insurrectos, guardarlas en tinajas, conservándolas en alcanfor y sal, y enviársela al califa de Bagdad para que viera cómo se pensaba tratar a todos aquellos que, a 4.500 kilómetros de distancia, se rebelaban contra el príncipe Omeya.

Aún así, el califa intentó mantener la discordia en al-Andalus y, entre el 768 y el 776, tuvieron lugar nuevas rebeliones organizadas por elementos bereberes en Zaragoza que, como veremos, propiciaron la intervención del rey franco Carlomagno. Al año siguiente, en el 777, desembarcaron en la zona de Valencia tropas enviadas por el califa y allí se mantuvieron durante dos años, intentando que la población se levantara contra el emir. No lo consiguieron y, en el 779, las tropas del emir de al-Andalus aniquilaron a las del califa. Éste no lo volvió a intentar más y, de esta forma, al-Andalus se consolidó definitivamente como un territorio independiente de Bagdad.

Para consolidarse en el poder, Abd al-Rahman se rodeó de una guardia personal en su palacio a la que se conocía como la guardia muda. Tan extraño apelativo se debe a la desconfianza que el emir tenía hacia árabes y sirios, de quienes no se fiaba porque pensaba que podrían asesinarlo. Por ese motivo, eligió a lo que hoy llamaríamos sus escoltas entre eslavos y bereberes, gentes que en general no hablaban el árabe y que, difícilmente, se podrían poner de acuerdo con posibles traidores que quisieran asesinar al emir, de ahí el apelativo de mudos. Esta estrategia ha sido llevada a cabo muchas veces a lo largo de la historia, ya que este tipo de hombres no hacen causa común con las posibles rebeliones populares que puedan estallar, sino que establecen una relación de fidelidad con el soberano, basada en que él es quien los paga directamente y, por tanto, su sustento depende de las órdenes de, en este caso, el emir.

Abd al-Rahman no sólo se rodeó de hombres fieles que le protegieran, sino que también sintió la necesidad de poseer un poderoso ejército que causara temor entre sus enemigos e impidiera las veleidades de los gobernadores de las provincias más alejadas de rebelarse contra su emir.

De esta forma, Abd al-Rahman llevó a cabo una profunda reforma del ejército a cuya cabeza se puso él mismo. Organizó uno de hasta 40.000 hombres con carácter mercenario, pues sus miembros recibían mensualmente una paga por combatir. Eligió sus tropas, principalmente, entre cristianos, bereberes y eslavos, y a su mando puso oficiales sirios que le fueran fieles. Esto le permitió enfrentarse de tú a tú al más poderoso soberano de la Europa cristiana: el rey de los francos, Carlomagno, que por aquella época estaba extendiendo sus dominios constantemente.

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