1 ...6 7 8 10 11 12 ...16 Conocedor de estas noticias tan desastrosas, Rodrigo hizo un llamamiento a la nobleza visigoda para que se reuniera con él en Toledo y Córdoba y se aprestara a enfrentarse contra el enemigo musulmán. Con renuencia, muchos nobles acudieron a la batalla, pero entre ellos se hallaban también partidarios de Agila que no se habían atrevido a oponerse a las órdenes del rey, si bien resultaban ser tropas escasamente de fiar como se demostró poco después.
Tariq tampoco perdió el tiempo. Visto la facilidad con la que había desembarcado, y las escasas dificultades que había encontrado en los meses posteriores, solicitó más ayuda a su superior Musa ibn Nusayr y le pidió permiso para enfrentarse directamente al grueso del ejército visigótico.
Musa le envío unos cinco o seis mil hombres más, y con ese pequeño ejército, Tariq se decidió a penetrar más hacia el interior en busca del ejército visigodo que se dirigía contra ellos.
El choque tuvo lugar a finales de julio del 711. El lugar no está nada claro. Debió ser entre la laguna de la Janda (que ya no existe como tal laguna, pues fue desecada hace aproximadamente medio siglo para que la superficie que ocupaba fuera puesta en cultivo) y el río Guadalete, que atraviesa aproximadamente la parte central de la actual provincia de Cádiz. Se trata de un lugar bastante impreciso, pues entre un hito y otro hay una distancia de unos sesenta o setenta kilómetros, pero las crónicas de la época no dan más precisión al respecto.
La batalla del Guadalete fue un desastre absoluto para los visigodos y un gran triunfo para los musulmanes. Rodrigo se situó en el centro de su ejército, mientras que en las alas del mismo puso a las tropas que les resultaban menos fiables, lo que en el transcurso de la misma se reveló como un terrible error. Es muy difícil precisar el número de visigodos que lucharon bajo sus órdenes, pero se calcula que debieron ser algo más de treinta mil, es decir, probablemente el doble o quizás el triple que las fuerzas de Tariq que se le enfrentaban.
La lucha pareció ir más o menos igualada hasta que en un momento de la batalla, una parte del ejército de Rodrigo al mando del obispo don Oppas lo traicionó y se pasó al enemigo. Ante esta pérdida, los visigodos no pudieron reaccionar, y fueron las tropas musulmanas las que se lanzaron al ataque definitivo y masacraron a buena parte de los visigodos. Se calcula las bajas de estos en más de diez mil hombres, mientras que las de los musulmanes quizás no llegaron a tres mil.
El cuerpo del rey jamás se halló, aunque sí el de su caballo, que fue encontrado junto al río totalmente destrozado por una gran cantidad de saetas que le habían clavado los arqueros musulmanes. Don Rodrigo probablemente cayó al río y allí se ahogó, si es que no estaba muerto anteriormente a que esto sucediera. De todas formas, luego aparecieron nuevas leyendas que narraban que el rey se había salvado y había huido, pero jamás se volvió a saber nada de él, y con su muerte se inició también la del reino visigodo.
Tariq se encontraba ahora libre para avanzar y no desaprovechó el tiempo en absoluto. Inició una rápida carrera que le llevó hasta la corte de Toledo. Según algunos autores, el motivo de tan veloz marcha era capturar el tesoro de los reyes visigodos que se había ido acumulando allí durante tres siglos. Otra explicación más razonable es pensar que era allí donde se tomaban las decisiones del reino visigodo y que por tanto el control de la ciudad era una necesidad estratégica de primer orden.
Durante el resto del año 711 y los comienzos de 712, Tariq avanzó con sus hombres con una escasa oposición por parte de los vencidos. Es más, lo que se encontró en muchas ocasiones fue el sentimiento contrario, porque las minorías perseguidas por los visigodos, como los judíos, se prestaron a ayudarle cada vez que pudieron, como sucedió cuando las tropas musulmanas llegaron a la actual ciudad de Écija. De ahí se dirigieron a Córdoba, sede de la facción que apoyaba a Rodrigo, y de ahí a Toledo, que se rindió como las anteriores prácticamente sin combatir.
Una vez tomada la capital del reino, las tropas de Tariq siguieron avanzando sin un objetivo claramente definido. Parecía como si los invasores no tuvieran muy claras las ideas desde un punto de vista geográfico y avanzaban por aquí y por allá sin llevar un orden determinado que les permitiera ocupar sistemáticamente un territorio que desconocían. Así, a lo largo de ese año, el 712, fueron ocupando diferentes localidades del norte como Guadalajara, Soria, León o Astorga.
Por otra parte, Musa seguía atentamente la evolución de los acontecimientos. Se sorprendió por el rápido triunfo de su general, y cuando le llegaron noticias sobre la facilidad con la que se estaba derrumbando el reino visigodo, consideró que había llegado su momento y tomó también cartas en el asunto. A mediados de ese año 712 desembarcó a 18.000 hombres al otro lado del Estrecho y se dispuso a completar la conquista que Tariq había iniciado un año antes. En este caso, sus tropas ya no solo eran de la etnia bereber, sino que en ellas tomaban parte también árabes y gentes procedentes de otros territorios de Oriente, en particular sirios, así como algunos bereberes más del norte de África.
Entre el 712 y el 713, las tropas de Musa se dieron casi otro paseo militar por la Península sin apenas resistencia. Las ciudades y los notables que dominaban el territorio se iban rindiendo prácticamente sin oponerse a los invasores. Sus tropas llegaron a Sevilla, de allí a Mérida, donde tuvo lugar el único caso en el que se planteara una verdadera resistencia por parte de los antiguos visigodos, pero después de varios meses de asedio, la ciudad acabó también capitulando. Luego continuaron hacia Palencia, Oviedo, Logroño y Zaragoza.
La facilidad de esta victoria solo puede ser comprendida desde la óptica de la disgregación del mundo visigodo y de sus constantes luchas internas que lo habían llevado a un estado de casi anarquía. Los nobles godos que habían sido partidarios de Witiza preferían estar dominados por los musulmanes que por el usurpador Rodrigo. Daba igual que estos hubieran llegado para prestar ayuda a su bando, los preferían incluso después de esta traición a caer bajo la férula del monarca que ostentaba la corona. También los judíos se pusieron rápidamente de parte de los musulmanes. Durante las últimas décadas habían sido duramente perseguidos por los reyes visigodos, y su situación era bastante lamentable. Eran gentes con riqueza y con instrucción, y fueron una apreciable ayuda que les brindó un gran apoyo a los invasores en su avance.
Estaba también la población hispanogoda que, mayoritariamente, residía en las zonas rurales. Pero a estos les daba realmente igual quien mandara. Los visigodos no eran precisamente unos terratenientes amables y condescendientes, más bien todo lo contrario. Los esquilmaban a base de elevados impuestos y siempre estaban enzarzados en querellas internas en las que los grandes perdedores eran siempre los más pobres y los que nada tenían que ver con las guerras de sus señores. En consecuencia, optaron por mantenerse al margen de los acontecimientos y esperar que el gobierno de los recién llegados fuese más eficaz que el de los antiguos nobles, y en efecto, así fue con el paso del tiempo.
Y por si esto fuera poco, los musulmanes optaron también por la táctica más sensata. Procuraron no tener que enfrentarse directamente con toda la nobleza visigoda y con todo el campesinado cristiano. A este le respetaron íntegramente su religión, al igual que hicieron con los judíos. Con los nobles visigodos hicieron todo lo posible por llegar a acuerdos. Quizás el más conocido de todos estos acuerdos o capitulaciones es el que se llevó a cabo con Teodomiro, o Tudmir según las fuentes árabes, que era el señor de la región de Murcia.
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