Los califas tuvieron que organizar una administración eficaz para el gobierno de los territorios más lejanos, en los que apenas sí se dejaba sentir su control directo. Aparecieron así los emiratos, es decir, territorios que quedaban bajo el mando de un emir o gobernador directamente nombrado por el califa de Damasco y al cual había de rendir cuentas de su gestión, además lógicamente de seguir sus órdenes en cuanto a las indicaciones que desde la capital del califato le llegaran.
Es en este contexto de expansión y de crecimiento cuando a comienzos del siglo VIII, los musulmanes acabaron por ocupar todos los territorios del Magreb en el noroeste de África y llegaron prácticamente hasta las puertas del estrecho, que muy poco después se conocería con el nombre de Gibraltar.
En esa época, hacia el año 710, el islam se encontraba en su momento culminante. Sus ejércitos triunfaban en todos aquellos lugares en los que se enfrentaban contra enemigos. Pero esa misma grandeza, esa misma extensión, estaba minando la fuerza y el ímpetu que en un principio los caracterizó.
Las nuevas provincias cada vez estaban más lejanas del poder central del califa de Damasco y, en consecuencia, el control que estos podían ejercer a miles de kilómetros de distancia no era ya el que hubiera sido deseable para una gestión adecuada del mundo musulmán.
Según parece, durante la época del rey visigodo Wamba los musulmanes ya habían llegado con una pequeña expedición a las islas Baleares e incluso a la península Ibérica, pero si fue así, tal experiencia no tuvo mayor trascendencia. Sin embargo, tres décadas después, en el año 710, un caudillo llamado Tarif desembarcó cerca de lo que hoy es la ciudad que lleva su nombre, Tarifa, y allí con unos cuatrocientos hombres se dedicó a analizar la situación y a preparar la llegada de lo que un año después se convertiría en una verdadera expedición de conquista. A partir del año 711, la historia de la península Ibérica entró en una nueva etapa cuando los musulmanes decidieron, no ya realizar meras expediciones de reconocimiento de ese territorio, sino una ocupación sistemática del mismo.
CAPÍTULO II
EL EMIRATO DEPENDIENTE Y LA LLEGADA DE LA DINASTÍA OMEYA
La conquista del reino visigodo
Dos mundos tan distintos y antagónicos, y en un principio tan lejanos, como eran el visigodo y el islámico, habían llegado a unirse prácticamente con una frontera común. A principios del siglo VIII, solo los catorce kilómetros de agua que configuran al que habría de darse en llamar estrecho de Gibraltar separaban a uno del otro.
Esa distancia no podía ser obstáculo suficiente para que un mundo en expansión, como era el islámico, pudiera evitar la tentación de dar ese pequeño salto para ocupar un Estado en decadencia, como era el visigodo. Solo hacía falta que la oportunidad se presentase para atravesar ese pequeño espacio y penetrar en el continente europeo desde el norte de África.
Lo que dejó sorprendidos a propios y extraños no es que los musulmanes decidieran penetrar en la península Ibérica, sino la facilidad con la que lo hicieron y sobre todo la rapidez con la que ocuparon ese extenso territorio.
Para explicar esto, las crónicas cristianas posteriores recurrieron a crear curiosas leyendas que explicaban por qué la monarquía visigoda se rindió a las primeras de cambio sin prácticamente oponer resistencia a los invasores.
Según algunos, los visigodos fueron sorprendidos por los musulmanes pues, absortos en sus luchas internas, casi desconocían el peligro que procedía del sur. Esto es casi con toda probabilidad falso. Es cierto, no obstante, que en esta época perteneciente a la denominada Alta Edad Media, las comunicaciones se habían deteriorado hasta tal punto desde época romana que cada parte del mundo Mediterráneo se había convertido casi en una especie de isla, cuyo aislamiento hacía que las noticias procedentes de otros lugares apenas sí tuvieran eco en otros territorios.
No es imposible que esto sucediera dada la postración en la que se encontraba el mundo de aquel tiempo. Pero aun así, no es creíble que hechos como la caída de Jerusalén o la del patriarcado de Alejandría en manos de los musulmanes no llegasen al menos al conocimiento de las altas jerarquías eclesiásticas hispanas. El factor sorpresa, por tanto, no es suficiente para explicar la rápida desaparición del reino visigodo.
Hay otra curiosa leyenda que, unos cuarenta años después de la caída de la monarquía visigoda, intentó explicar el porqué de la rapidez de la invasión. Según esta fue el conde de Ceuta, don Julián, el que llamó a los musulmanes para vengar una afrenta personal. Esta se basaba en que la hija del conde, Florinda, apodaba la Cava (qahba, ‘prostituta’ en árabe), había sido violada en la corte de Toledo por don Rodrigo, que al parecer se había prendado de ella cuando la vio bañándose desnuda en el río Tajo, mientras que por el contrario, la hija del conde no se avenía a los requisitos amatorios del monarca.
El indignado Julián, cuando se enteró de que su honor había sido mancillado por el rey, tramó dura venganza y se prestó a apoyar a las tropas musulmanas con el objeto de que invadieran la Península, para lo cual él cedería el puerto de su ciudad y también su escasa flota para poder transportarlos.
Esta leyenda, aunque ha cautivado la imaginación de muchas generaciones, no tiene el más mínimo viso de realidad, pese a que, como toda leyenda, algo de verdad sí que esconde.
Como vimos en el capítulo anterior, la península Ibérica a comienzos del siglo VIII era prácticamente un Estado que vivía en la anarquía. Las conspiraciones y las luchas intestinas entre los aspirantes a la corona habían minado la vitalidad del reino y lo habían debilitado enormemente.
Es más, cuando se produjo el hecho de la invasión musulmana, una nueva guerra había estallado en la Hispania visigoda. Fueron los witizianos, es decir, los partidarios del bando perdedor en esa guerra civil, los que sin duda llamaron a los musulmanes para que les ayudasen en la lucha contra el usurpador Rodrigo.
Musa ibn Nusayr, que por aquel entonces era el emir o gobernador musulmán de la provincia de Yfriqiya, lo que hoy conocemos como el norte de África y más propiamente como el Magreb, prestó oídos a la petición y decidió intervenir en la lucha. Para ello ordenó a su lugarteniente Tariq ibn Ziyad que llevase con él a unos siete mil bereberes, es decir, hombres pertenecientes al pueblo que habitaba y aún habita en la zona del Magreb, y que con ellos desembarcase en la Península para ayudar al bando que lo había llamado.
Con la ayuda del conde de Ceuta, Tariq desembarcó en abril del 711, en un lugar que los geógrafos de la Antigüedad denominaban el promontorio de Calpe. Pero los musulmanes le cambiarían el nombre, y a partir de esta época el lugar se conoce como el ‘Monte de Tariq’, en árabe Yabal Tariq, y esa misma denominación por deformación ha llegado hasta nosotros como Gibraltar.
Cuando llegaron los musulmanes, el rey visigodo se hallaba de campaña por el norte, según unos para sofocar una rebelión de los vascones, según otros combatiendo contra Agila II, que era el candidato de los witizianos que todavía luchaba contra él al sur de los Pirineos. Sea como sea, con las comunicaciones existentes en aquella época, la noticia debió tardar al menos dos o tres semanas en llegar a conocimiento del rey Rodrigo y su ejército.
El monarca pidió a las escasas tropas que había en el sur peninsular que se enfrentaran con las de Tariq y las detuvieran, pero este las derrotó con facilidad en una breve escaramuza que debió tener lugar entre mayo y junio del año 711 cerca de la zona de al-Yazira, en árabe ‘la isla’, conocida hoy por nosotros como Algeciras, muy cerca de Gibraltar.
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