El policía se quitó el sombrero, claramente listo para dar una explicación.
–¡Wendy!
Todos se voltearon. Las cortinas azules alrededor de la cama del chico se agitaron y enfermeras corrían detrás de ellas.
–¡WENDY!
Wendy no podía distinguir qué era lo que decían los doctores sobre los gritos frenéticos de su nombre. Se escucharon dos golpes fuertes cuando cayeron al suelo dos bandejas de metal.
Todos la estaban mirando fijo. Las enfermeras, los doctores, los policías, su madre.
–¡WENDY!
Giró la cabeza. Todos los demás sonidos se tornaron incoherentes y amortiguados, salvo por esos gritos penetrantes.
Se sentía como una pesadilla. Su pecho subía y bajaba con dificultad y sus manos se cerraron en puños. Caminó hacia la cama con cortinas.
–Wendy. –Esta vez fue su madre, colocó una mano sobre su hombro, pero la chica se liberó. Pasó por al lado de unas enfermeras, quienes la miraban sin disimulo y salieron de su camino.
–¡WENDY!
Estaba lo suficientemente cerca para estirarse y tomar la tela de algodón. Vaciló, notó la intensidad con la que temblaba su mano. Wendy jaló de la cortina.
Varias enfermeras giraron en su lugar. Hombres en ropa quirúrgica azul a cada lado del chico intentaban sujetar sus brazos. Sus piernas se retorcían debajo de la manta tejida. Había un doctor con una aguja y una pequeña botella de vidrio.
Pero luego todo se detuvo y Wendy se encontró mirándolo, y él le devolvía la mirada. Ahora podía ver que su cabello era castaño rojizo, los destellos de rojo se veían hasta debajo de la luz mortecina del hospital. El color de las hojas cuando termina el otoño. Al parecer, le habían quitado lo que llevaba puesto.
–¿Wendy? –Ya no estaba gritando. Inclinó la cabeza hacia un costado mientras la miraba entrecerrando sus ojos azules brillantes.
Wendy no podía encontrar su voz. No tenía idea de qué decir. Su boca estaba abierta, pero no salía nada.
El chico esbozó una amplia sonrisa que reveló unos hoyuelos profundos y un pequeño quiebre en su diente delantero. Los ojos llenos de estrellas se le iluminaron, esos ojos que ella nunca había podido capturar en sus decenas de dibujos. Pero eso no era posible…
–Te encontré –dijo él, triunfal. Siguió luchando con los dos hombres que lo sostenían, la sonrisa nunca abandonó su rostro. Esa mirada hizo que las mejillas de Wendy se encendieran y sintiera un vacío en el estómago.
El doctor insertó la aguja en su brazo y presionó el émbolo.
–¡No! ¡No lo hagas! –Las palabras salieron volando de su boca, pero era demasiado tarde. El chico se retorció, pero no pudo alejarse. Casi inmediatamente, esos ojos brillantes se tornaron vidriosos.
Meció su cabeza y se hundió en la cama del hospital.
–Sabía que te encontraría –arrastraba las palabras y sus ojos comenzaron a merodear por la habitación en trance, pero estaba tan feliz… tan aliviado.
Wendy se deslizó por al lado de una enfermera y se paró junto a él.
–¿Quién eres? –preguntó aferrándose a la baranda de la cama.
El chico frunció el ceño y sus cejas se elevaron, intentaba mantenerse despierto.
–¿Te has olvidado de mí? –Sus ojos se movieron hacia arriba y abajo buscando a Wendy. El corazón de la chica latía a toda velocidad. No sabía qué hacer y estaba agudamente consciente de que todos la estaban observando. Tenía tantas preguntas, pero el sedante estaba haciendo efecto a toda velocidad.
–¿Cómo te llamas? –preguntó con urgencia.
Sus ojos somnolientos encontraron los de Wendy al fin.
–Peter. –Parpadeó lentamente y su cabeza volvió a caer sobre las almohadas. Soltó una pequeña risa que sonó como la de un ebrio–. Estás tan vieja… –Sus ojos se cerraron y se quedó inmóvil, salvo por su pecho que subía y bajaba.
Peter.
Se reanudó el movimiento alrededor de Wendy. La gente le hacía preguntas, pero no podía oírlos. Personal del hospital la alejó de Peter con suavidad. De repente, Wendy sentía que iba a vomitar. La saliva se acumuló en su boca mientras la habitación se mecía a su alrededor.
“¿Te has olvidado de mí?”.
Wendy hundió su rostro entre las manos. Su corazón palpitaba. Todavía podía oler la tierra y la hierba húmeda de su piel. Cerró sus ojos con fuerza y vio ráfagas de imágenes de árboles y atardeceres entre hojas.
Unas manos frotaron su espalda y la guiaron hacia un asiento en donde hundió la cabeza entre sus rodillas, entrelazó sus manos detrás del cuello sudoroso y presionó los antebrazos contra sus orejas.
¿Cómo la conocía? ¿Por qué la estaba buscando? ¿Y quién era? No podía ser Peter Pan, su Peter. Él no era real, solo era una historia inventada. ¿Verdad?
“¿Te has olvidado de mí?”.
Había olvidado tantas cosas, grandes lapsos de tiempo simplemente habían desaparecido de su memoria. ¿Y si él era uno de ellos? ¿Y si él sabía qué había sucedido?
De repente, la idea de que el chico se despertara la aterraba.
Todos los cuerpos a su alrededor se alejaron y sintió la leve presión de lo que solo podía ser el mano de su madre sobre su cabeza. Wendy alzó la mirada hacia ella.
–Te llevaré a casa, ¿sí?
Las enfermeras detrás de la señora Darling seguían observándola, pero la señora Darling miraba el cabello de Wendy, envolvió un dedo con un mechón y jaló con gentileza.
Wendy asintió.
–Señora Darling –Smith todavía estaba allí–. Tenemos más preguntas para su hija. –Las sospechas que había mostrado antes fueron reemplazadas con una mirada de aprensión mientras le echaba un vistazo a Wendy.
–Nada de eso sucederá esta noche. –La señora Darling cruzó los brazos–. Mi hija ya tuvo bastante para un día, pero estaremos felices de hablar con ustedes mañana.
El oficial Cecco retrocedió y habló rápidamente por su radio.
–Lo lamento, señora, pero… –Wendy dejó de escuchar. Inclinó su mejilla contra su rodilla y volvió a mirar hacia la cama de Peter.
Habían levantado la bandeja del suelo y solo podía ver una de sus manos; su muñeca estaba amarrada a una esposa de cuero. Lo habían encadenado a la cama.
Wendy recordaba cómo se habían sentido esas esposas contra sus propias muñecas cuando la encontraron en el bosque el día que cumplió trece años.
Al principio, solo estaba en el hospital para que revisaran sus heridas menores, pero como Wendy no dejaba de llorar y seguía despertándose en el medio de la noche gritando y retorciéndose, comenzaron a amarrar sus muñecas y tobillos. Habían dicho que era para protegerla. No podía recordar mucho, salvo por la marea constante de doctores, trabajadores sociales y psicólogos.
Sus hermanos seguían desaparecidos y todo era su culpa.
Una enfermera se paró junto a Peter y registró sus signos vitales. Su madre y el oficial Smith estaban inmersos en una conversación profunda. El rostro del oficial se había tornado rojo ciruela y el mentón de su madre estaba inclinado tercamente. El otro oficial ahora estaba hablando por un teléfono celular y les daba la espalda.
Cuando la enfermera se marchó, Wendy se escabulló de su asiento.
Volvió a caminar hacia el costado de la cama. Sus ojos recorrieron el contorno de la mandíbula del joven, sus orejas, su cabello. Wendy buscaba algún signo que probara que no era Peter Pan. Definitivamente era más grande que el chico de sus historias y dibujos. El Peter Pan que ella conocía era un niño que nunca envejecía. El chico en la cama de hospital definitivamente era un adolescente. Era tonto aferrarse a la idea de que no podía ser Peter Pan porque Peter Pan nunca envejecía, pero al menos era algo.
El chico tenía pómulos definidos e, incluso bajo la luz pálida fluorescente, su piel lucía bronceada. Sus pecas sobresalían entre la suciedad de su rostro como las manchitas en las hojas de otoño.
Читать дальше