Wendy trotó hacia la figura, intentaba balancearse en puntas de pie para hacer el menor ruido posible mientras se acercaba. Daba cada paso lentamente, obligando a sus ojos a abrirse todavía más, a ajustarse en la oscuridad. Haciendo equilibrio estiró el cuello para poder ver mejor, justo cuando una nube se desplazó y un brillo plateado iluminó al chico que yacía de costado.
Un temblor sacudió el cuerpo de Wendy, corrió hacia adelante y se dejó caer de rodillas al lado del chico. La gravilla filosa se clavó en sus jeans.
–¿Hola? –su voz y sus manos temblaban, revoloteaba sobre el chico sin saber qué hacer–. ¿Estás bien?
¿Estás vivo?
El chico soltó un gruñido adolorido.
–Oh, por Dios. –Wendy alejó sus manos y gateó hacia su otro costado para poder ver su rostro. Su madre le había enseñado que nunca debía mover a alguien que estaba inconsciente.
El chico yacía de costado con sus brazos enroscados en el pecho, como si estuviera durmiendo. Estaba vestido con cierto tipo de material que envolvía sus hombros, su torso y caía hasta sus rodillas. No podía distinguir qué era en la oscuridad, pero tenía bordes ásperos y dentados y olía como las hojas que sacaba de la cantarilla en primavera.
Wendy apoyó una mano en el suelo y se acercó. Lenta y cuidadosamente, se estiró y empujó el cabello húmedo del rostro del chico, acarició su frente con el pulgar. Algo en la manera en que sus pecas descansaban sobre su nariz y debajo de sus ojos cerrados le resultaba familiar…
Antes de que pudiera dilucidarlo, un gruñido sonó en el pecho del chico. Rodó sobre su espalda mientras sus ojos se abrían y se enfocaban en los de ella.
La reacción natural de Wendy fue retroceder, pero no podía moverse.
Sus ojos eran extraordinarios. Un tono oscuro de cobalto con explosiones de azul cristalino alrededor de sus pupilas.
Conocía esos ojos. Eran los mismos que había dibujado una y otra vez, pero nunca lograba que quedaran bien. Eso era imposible. No podía ser…
–¿Wendy? –susurró el chico, el olor dulce a hierba acarició el rostro de Wendy.
Ella retrocedió. Al mismo tiempo, los ojos cósmicos del chico volvieron a cerrarse.
Wendy cubrió su boca con una mano.
Era más grande que el chico de sus dibujos. Su rostro no era tan redondo y sus mejillas no eran tan regordetas como en las docenas de dibujos que tenía en su auto, pero había algo en la pendiente de su nariz y la curva de su mentón que Wendy reconocía.
Su respiración sacudía sus hombros y se escapaba por su nariz. ¿Cómo sabía su nombre? Su corazón se estampó contra sus costillas como un animal salvaje. No podía reconocerlo. No había manera de que ese chico que estaba mirando fuera el mismo chico de sus dibujos.
Peter Pan no era real . Solo era una historia que su madre había inventado. Wendy estaba volviéndose loca y su mente estaba jugando con ella. No podía confiar en lo que su instinto le estaba diciendo.
Aunque cada fibra de su ser le gritaba que era él.
No tenía sentido. Su imaginación estaba venciéndola. Necesitaba conseguir ayuda para el chico.
Wendy intentó concentrarse e ignorar la laguna en su cabeza. Hundió su mano en su bolsillo y sacó su teléfono. La pantalla estaba borrosa y se dio cuenta de que sus ojos estaban humedecidos, pero pudo llamar al 911.
Apenas dejó de sonar y antes de que el operador pudiera decir una palabra, Wendy exclamó ahogada:
–¡Ayuda!
Capítulo 2
–¿Cuál es su nombre, señorita?
–Wendy Darling –respondió ella, inclinándose hacia un costado para intentar ver al chico que seguía inconsciente mientras otro paramédico lo acomodaba en la camilla.
–¿Sabe en dónde está?
–Estoy a un kilómetro de mi casa, sentada aquí, contigo –Wendy alejó su mano cuando el hombre intentó medir su pulso.
–Soy Dallas, soy paramédico.
Wendy le echó un vistazo a la placa brillante en su uniforme azul marino, el parche bordado en su manga decía astoria, departamento de bomberos de orgón - paramédico.
–Eso veo.
–Solo haré un par de pruebas más para asegurarme de que esté bien –continuó.
Después de que Wendy llamara al 911, los bomberos llegaron al lugar seguidos por una ambulancia. Se dirigieron directamente al chico antes de apartarla a un costado para hacerle preguntas.
–Estoy bien, Dallas, el paramédico –dijo y empujó el bolígrafo con linterna que estaba apuntando hacia su rostro. Al ser voluntaria en el hospital, sin mencionar que su madre trabajaba en la sala de emergencias, Wendy conocía a todos los trabajadores médicos de emergencias en Astoria, Oregón. Dallas, el paramédico, era nuevo. Si Wendy tuviera que adivinar, basada en que sus preguntas eran idénticas al manual, diría que probablemente seguía cumpliendo sus horas de voluntario.
–¿Algún dolor?
–Solo mi trasero por estar sentada al costado de la carretera –le respondió y volvió a estirar el cuello para observar a la ambulancia. La camilla repiqueteaba mientras los paramédicos subían al chico en el vehículo. Wendy quería pedirles que fueran más cuidadosos.
–¿Se ha golpeado la cabeza en el accidente?
–No fue un accidente. Estoy bien, mi camioneta está bien –inhaló profundamente–. No hubo un accidente.
–Está bien, señorita –dijo, se puso de pie y guardó el estetoscopio en su bolso. Las puertas de la ambulancia se cerraron con fuerza.
Estaban llevándoselo. Wendy sintió una ola de pánico. Necesitaba verlo, hablar con él. Necesitaba descubrir quién era, probarse a ella misma que no era Peter Pan sino solo un chico. Un muchacho muy perdido que, de alguna manera, había terminado en el medio de la carretera.
–Quiero ir al hospital –soltó y Dallas la miró perplejo.
–¿Qué?
–Al hospital. Quiero ir al hospital. ¿Puedo seguirlos? Como dije, mi camioneta está bien y allí, junto a la carretera. –La necesidad imperante de seguirlo solo creció cuando la ambulancia empezó a alejarse.
–No creo que sea buena idea que conduzca –Dallas frunció el ceño–. Si cree que necesita atención hospitalaria…
–No –la frustración de Wendy estalló–, mi madre trabaja allí. Quiero verla, es enfermera –explicó. Las luces de la ambulancia desaparecieron tras la curva.
–Ah –Dallas volvió a parpadear–. Está bien.
Vaciló y le echó un vistazo a su sargento, que estaba en la autobomba hablando por la radio.
–¡Ey, Marshall! –gritó–. Diles a los oficiales que nos busquen en la sala de emergencias del hospital.
Oficiales. Genial. Tendría que hablar con la policía. Se le erizó el vello de los brazos y pudo sentir el sudor atravesando su camiseta.
Dallas volvió a mirarla con una expresión contrariada.
–¿Está segura de que puede conducir?
–Poseo todas mis facultades mentales y me niego a recibir cuidados y transporte –recitó Wendy mirándolo directo a los ojos.
Las cejas del paramédico se arrugaron, pero después de un instante suspiró y tomó su sujetapapeles de metal.
–Firme aquí reconociendo que… –Wendy le arrebató el formulario de la mano y rápidamente garabateó su nombre en la última línea antes de devolvérselo con fuerza. Dallas lo tomó con torpeza.
El paramédico escudriñó la licencia antes de devolvérsela.
–Por cierto, feliz cumpleaños.
–Sí, gracias –Wendy trotó hasta su camioneta. Encendió el motor, se alejó de la maraña de ramas y se dirigió al pueblo. El bosque desapareció tras ella, desvaneciéndose en la noche.
Wendy ingresó el código para colarse en la sala de emergencias por la puerta lateral de la sala de espera. La sala de emergencias era pequeña y anticuada, en tonos azules y verdes. Las cubiertas de plástico de las terribles luces fluorescentes estaban pintadas de azul con nubes, como si eso de alguna manera suavizara el fuerte brillo. La estación de las enfermeras estaba ubicada en el centro y las seis divisiones para pacientes de urgencias la rodeaban en forma de U; con cortinas y puertas de vidrio corredizas. Wendy caminó directo hacia uno de los dispensadores de sanitizante en una de las paredes, colocó tres cargas en su mano y las frotó vigorosamente. Hizo que ardieran las grietas en sus dedos.
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