Aiden Thomas - Perdidos en Nunca Jamás

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Hace cinco años, Wendy apareció en el bosque. Sus hermanos, John y Michael, no aparecieron nunca. Jamás.
Ahora niños han empezado a desaparecer sin dejar rastro por toda Astoria y el caso de los Darling vuelve a estar en el foco de todas las miradas, ¿acaso están relacionados?
Wendy no quiere abrir esa herida. No quiere más interrogatorios policiales. No quiere sentir esperanza. Pero, entonces, un chico inconsciente cae del cielo directo hacia ella.
Un chico imposible. Uno que no debería existir fuera de las historias que Wendy les contaba a sus hermanos antes de dormir. Uno que le dice que, si no actúan pronto, los niños perdidos correrán la misma suerte que John y Michael.
¿Acaso él sabe dónde están sus hermanos? ¿Es posible que ese chico sea realmente Peter Pan?

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Wendy no pudo evitar reírse ante la emoción de Jordan y sus pequeños saltos. Arrancó el papel de regalo y encontró un cuaderno de dibujo. La cubierta tenía la ilustración de un ave volando y Jordan había pegado una caja de lápices de dibujo sobre la tapa.

–¿Un cuaderno de dibujo? –preguntó sorprendida y un poco confundida.

–¡Sí, un cuaderno de dibujo! –anunció Jordan de manera triunfante–. Noté que has estado dibujando mucho últimamente –replicó e inclinó su mejilla en un ángulo orgulloso mientras cruzaba sus brazos.

–¿Los has visto? –preguntó Wendy.

–Eh, sí, ¡por supuesto que sí! –dijo resoplando antes de sonreír–. Solo pretendía que no lo notaba para que te extrasorprendieras al darte tu regalo. Pensé que un cuaderno de dibujo sería mejor que retazos de papel al azar, ¿no te parece?

Wendy soltó una risa extraña mientras pasaba un dedo por las páginas gruesas.

–Sí, definitivamente.

–Muchos árboles, ¿verdad? –Era claro, por la sonrisa en su rostro, que Jordan estaba intentando probar cuánto había notado–. ¿Y quién es el chico?

–¿Chico? –Los ojos de Wendy se ensancharon.

–Sí, el chico que siempre dibujas… –Jordan se estiró y tomó un retazo de papel de la consola del auto–. Sí, ¡este chico! ¿Lo ves? –Lo extendió para que Wendy lo viera. Era el dibujo de un muchacho sentado en un árbol, una pierna se balanceaba sobre una rama, tenía un leve indicio de hoyuelos en sus mejillas. Su cabello despeinado caía sobre sus ojos y oscurecía algunos de sus rasgos faciales. En la esquina había un dibujo sin terminar de un viejo árbol con raíces retorcidas y sin hojas.

Una ola de calor cubrió las mejillas de Wendy.

–¡No es nadie! –Le arrebató el papel de las manos a Jordan y lo hizo una bolita.

–Oh, por Dios. –El rostro de Jordan se iluminó–. Wendy Darling, ¿estás sonrojándote ?

–¡No! –Wendy negó. Ahora su rostro estaba en llamas.

Jordan lanzó su cabeza hacia atrás con una carcajada.

–Okey, ¡ahora tienes que contarme! ¿Quién es el chico, Wendy? –Alzó un dedo–. ¡Y no te atrevas a mentirme!

Wendy dejó caer su cabeza contra el asiento y soltó un gruñido. Si mentía, Jordan se daría cuenta y seguiría insistiendo. Pero la verdad se sentía tan vergonzosa. Miró a su amiga, quien arqueó una ceja expectante.

–¡ Ugh ! –suspiró–. Es Peter Pan –murmuró por lo bajo.

–¿Peter Pan? –Jordan repitió frunciendo el ceño–. Peter… espera, ¿te refieres al tipo de los cuentos de tu madre?

–Sí –admitió Wendy.

Cuando Michael nació, John tenía tres años y Wendy cinco. Su madre les contaba cuentos sobre Peter Pan todas las noches antes de dormir. Sobre sus aventuras con piratas, sirenas y su pandilla de Niños Perdidos. Wendy, John y Michael pasaban sus días en el bosque detrás de su casa corriendo y pretendiendo que luchaban contra osos y lobos junto a Peter Pan; y sus noches amontonados debajo de una manta con una linterna mientras Wendy les contaba cuentos sobre hadas y Peter. Él era un chico mágico que vivía en una isla de fantasía en el cielo y, lo más importante, Peter Pan podía volar y nunca envejecía.

Cuando Wendy creció, ocupó el lugar de narradora de cuentos a la hora de dormir. Reciclaba las historias de su madre, pero también inventaba sus propias aventuras de Peter Pan para sus hermanos.

Después de lo que sucedió con John y Michael, Wendy solo hablaba de Peter cuando contaba cuentos en el hospital. Cuando trabajaban como voluntarias con los niños, Jordan solía compartir juegos de mesa con los más grandes, pero a veces escuchaba los cuentos de Wendy.

–También he estado soñando con él –confesó Wendy y alisó el papel sobre el volante para estudiar el dibujo sin terminar–. O algo así. Siempre olvido los sueños cuando despierto, pero recuerdo algunas cosas como selvas húmedas, playas de arena blanca y bellotas. –Se movió en su lugar incómoda–. Y hace un par de noches comencé a dibujar cómo imagino que luciría.

–¿Y los árboles? –preguntó Jordan. Una intensidad silenciosa la envolvió mientras escuchaba a Wendy.

–No tengo idea. Supongo que solo son árboles.

Jordan se quedó callada por un momento. Wendy odiaba cuando hacía eso. Sentía que su amiga siempre podía darse cuenta cuando escondía algo. Pero, luego, Jordan encogió los hombros.

–Quizá te estás sintiendo vieja y solo quieres ser joven para siempre, como este Peter Pan –sugirió–. ¿Quizá quieres huir con él al país de Nunca Jamás?

Una sonrisa se asomó en sus labios. Wendy puso los ojos en blanco y rio.

De repente, Jordan se inclinó hacia la camioneta, envolvió un brazo alrededor de Wendy y le dio un fuerte abrazo. Antes de que pudiera hacer algo más que tensarse como respuesta, Jordan la soltó y dio un paso hacia atrás. Wendy no solía dar abrazos. Siempre los sentía extraños y forzados. En algún punto de los últimos cinco años, había olvidado cómo hacerlo. Se burlaban mucho de ella por eso. Era dolorosamente evidente cuán incómoda se sentía ante el contacto físico, pero Jordan nunca se rio de ella. Y si alguien iba a darle un abrazo, Wendy prefería que fuera su mejor amiga.

Jordan le dio un golpe al techo de la camioneta con su puño.

–¡Feliz cumpleaños, amiga! –gritó antes de dirigirse a su propio auto en la otra punta del estacionamiento. Wendy esperó hasta que se marchara y la saludó con la mano una vez más mientras doblaba en la esquina.

Wendy se desplomó en su asiento y soltó una exhalación prolongada. Sin nadie a su alrededor, se inclinó hacia adelante y apoyó el cuaderno de dibujo en el asiento del acompañante. Debajo de él, el suelo estaba repleto de retazos de papel. Algunos estaban doblados, otros arrugados, algunos hasta estaban rasgados. Sí, Wendy había comenzado a dibujar imágenes, pero era más que eso.

No podía detenerse.

Todo había empezado de manera inocente. Se distraía en el hospital y cuando miraba hacia abajo encontraba un par de ojos dibujado en la esquina de un archivo. A veces, Jordan y ella estaban almorzando y, cuando se concentraba en las conversaciones sobre el último chisme de sus amigos, de repente Wendy se daba cuenta de que había dibujado un árbol en el recibo que debería haber firmado. Estaba sucediendo con más frecuencia y Wendy nunca notaba que lo estaba haciendo hasta que bajaba la mirada y encontraba el rostro del chico mirándola.

El rostro de Peter. O algo parecido. Sabía que se suponía que era él, pero siempre había algo que no encajaba. Algo en sus ojos que no salía bien.

Y tampoco eran solo árboles. Era un árbol. Un árbol específico.

Wendy no sabía qué era. No recordaba haber visto algo así antes y lucía casi como de otro mundo. Mientras que los dibujos de Peter Pan eran bastante realistas –mucho más de lo que Wendy sabía que era capaz de dibujar–, había algo en el árbol que no encajaba. Algo imposible en la manera que se retorcía y en lo puntiagudo que era. Por algún motivo, le causaba escalofríos, pero no sabía por qué.

Y no podía explicar por qué seguía haciéndolo o cómo podía ser que nunca se diera cuenta de que lo estaba haciendo hasta que terminaba. Y ahora tenía montones de dibujos en servilletas, recibos y hasta en su correo basura. No quería que nadie los encontrara, así que los lanzaba en su cajuela, pero aparentemente Jordan los había visto.

El estómago de Wendy se retorció. No le gustaba que su cerebro y sus manos fueran capaces de conjurar cosas sin que ella lo notara. Tomó su sudadera y la lanzó sobre los dibujos para no tener que verlos de reojo. Cuando llegara a casa, los tiraría a la basura. Lo último que necesitaba era que la gente pensara que era extraña. Que ella era un mal presagio o que tenía una maldición.

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