Mientras corría, sus pies estaban listos para alejarla, para llevarla a cualquier lugar, para escapar, pero se guio a sí misma hasta un punto muerto.
Su impulso la llevó una corta distancia hasta que la cerca desteñida y destartalada la acorraló y se encontró frente al bosque. El sol acababa de ponerse y pintaba con un brillo naranja a los árboles verdes.
Si fuera más valiente, saltaría por encima de la pequeña cerca y seguiría corriendo. Pero no podía forzarse a entrar a ese bosque.
Wendy se dobló hacia adelante, apoyó los codos en los muslos mientras miraba sus pies descalzos sucios y respiraba con dificultad. El aroma a pino y a aire pesado de verano llenó sus pulmones. Tal vez solo debería regresar a la casa de Jordan. Dejarles una nota a sus padres y dormir en la casa de su amiga. Tal vez estar cerca de ella calmaría sus nervios y evitaría que sus recuerdos se asomaran por el bosque.
Tal vez, si podía soportarlo y recomponerse, sus pensamientos no se saldrían tanto de control. Podía sentir cómo se deterioraba por la sensación de destrucción inminente, de miedo inescapable, un cansancio que no podía ser reparado sin importar las horas de sueño.
Tal vez…
–¿Wendy?
Su cabeza salió disparada hacia arriba.
Estaba parado allí como si se hubiera materializado de las hojas caídas en la tierra.
Peter.
Era imposible evadir sus ojos y se sintió atrapada inmediatamente. Tenían un tono imposible de azul. Las manchitas cósmicas brillantes no eran un engaño de las luces fluorescentes del hospital. Ahora podía verlas tan claras como el día.
El chico se asomó sobre la cerca, con una pierna extendida. Su pie descalzo revoloteaba sobre el suelo. Era la postura de alguien que intentaba no ahuyentar a un ave.
–Wendy, ¿por qué estás llorando? –preguntó con gentileza. Esa voz era tan familiar como si la hubiera conocido toda su vida.
Quería creer que era él, pero su cuerpo reaccionó como si el chico fuera peligroso. Un animal salvaje, algo que le pertenecía al bosque que tanto temía.
Parpadeó para despejar su visión borrosa. Un grito de socorro se formó en sus pulmones, pero no pudo escapar. Sus brazos caían pesados e indefensos a su costado.
Peter saltó al suelo y aterrizó en la luz con tanta suavidad que ni siquiera lo escuchó, aunque un fuerte rugido se intensificaba en sus oídos. El chico tenía los brazos extendidos a su costado con las palmas hacia arriba rindiéndose.
–No –Wendy retrocedió un paso–. Detente. –Fue lo único que logró decir.
–¿Qué sucede? –le preguntó, sus ojos brillantes estudiaban el rostro de Wendy, el pliegue entre sus cejas había regresado.
Wendy emitió un sonido atragantado, una mezcla de risa y llanto. Esto no estaba sucediendo. Tenía que salir de allí. No podía ser Peter Pan. Era un extraño con demasiadas conexiones con sus pesadillas.
¿Y si los detectives tenían razón? ¿Y si había estado con ella durante esos seis meses perdidos?
El chico se acercó.
–Por favor, no –Wendy sintió a sus pies trastabillar cuando intentó retroceder otro paso. Ahora el chico estaba justo delante de ella. Wendy giró para salir corriendo, pero impactó contra algo duro. Lo último que notó antes de que todo se tornara negro fue el chillido de los columpios y unos brazos que detuvieron su caída.
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